Publicaciones de Miguel Angel Rojas Pizarro (78)

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31079179852?profile=RESIZE_710xMemoria obrera frente a una izquierda institucionalizada 

La historia oficial chilena ha sido selectiva con sus héroes. Nos enseñó desde niños a venerar a al comandante naval Arturo Prat y a al Guerrillero Manuel Rodríguez, figuras fundamentales, sin duda, pero inscritas en un panteón construido desde el Estado, las élites y el relato del orden. Sin embargo, esa misma historia ha olvidado sistemáticamente a sus héroes populares, a quienes no murieron por la patria abstracta, sino por la justicia concreta. Entre ellos, Ramona Parra, una muchacha de apenas 19 años, cuya vida y muerte entregaron una lección ética y política que incomoda hasta hoy.

Cada 28 de enero, se recuerda aunque no siempre con la profundidad que merece la muerte de Ramona Parra, joven militante comunista asesinada en 1946 durante la represión policial a una manifestación obrera en Santiago, en lo que la historia registra como la Masacre de la Plaza Bulnes. No se trata únicamente de una efeméride ni de un acto ritual: es una fecha incómoda, porque recuerda hasta dónde puede llegar el Estado cuando el pueblo organizado desafía el orden social existente.

Ramona Parra no fue una víctima circunstancial ni un “error policial”. Fue una joven trabajadora, militante consciente y organizada, cuya muerte expresa con crudeza una época en la que la política se vivía con una mística de compromiso total, donde la coherencia entre palabra y acción implicaba riesgos reales. Su figura no admite lecturas neutras ni tibias: Ramona representa denuncia social, sacrificio y consecuencia histórica. No murió en un campo de batalla extranjero ni en una gesta épica narrada por manuales escolares; murió en una calle de Santiago, exigiendo dignidad para los trabajadores.

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Esa densidad ética es la que recoge el premio nobel de literatura Pablo Neruda en el poema que le dedica, transformando el asesinato en memoria viva y en mandato colectivo: 

Ramona Parra, joven
estrella iluminada,
Ramona Parra, frágil heroína,
Ramona Parra, flor ensangrentada,
amiga nuestra, corazón valiente,
niña ejemplar, guerrillera dorada:
juramos en tu nombre continuar esta lucha
para que así florezca tu sangre derramada.

El poema no busca consolar ni estetizar la tragedia. Busca comprometer. Neruda politiza el duelo y convierte la muerte de Ramona en una obligación moral para las generaciones posteriores. La sangre derramada no clausura una historia: la abre. Allí reside una mística profundamente distinta a la del heroísmo oficial: una mística obrera, juvenil y colectiva, que hoy parece ausente o, al menos, gravemente debilitada.

A casi ocho décadas de su asesinato, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué han hecho con ese legado las fuerzas que hoy se reconocen como herederas de la izquierda chilena? En particular, los partidos políticos oficialistas, protagonistas centrales del último ciclo político, no pueden eludir esta interpelación.

El Frente Amplio irrumpió en la política chilena con un relato potente de impugnación moral: crítica al neoliberalismo, denuncia de los abusos, promesa de dignidad y justicia social. Sin embargo, su rápido tránsito desde la protesta a la administración del poder reveló una institucionalización acelerada, donde la épica fue reemplazada por la gestión y el conflicto estructural por la prudencia. Ramona Parra aparece en su discurso como símbolo respetado, pero no como práctica encarnada. No hay mística posible sin costo, y el Frente Amplio pareció optar tempranamente por evitarlos.

El Partido Comunista enfrenta una tensión distinta, pero igualmente profunda. Su vínculo con Ramona Parra no es simbólico: es histórico y orgánico. Su nombre, su iconografía y su relato forman parte del ADN del partido. Sin embargo, la participación prolongada en la administración del Estado y la lógica de la gobernabilidad han ido domesticando la radicalidad de su mística. El riesgo no es el olvido, sino algo más peligroso: la ritualización de la memoria, donde recordar reemplaza a practicar y conmemorar sustituye a incomodar.

A esta distancia ética no solo contribuyen el Frente Amplio y el Partido Comunista. Los partidos tradicionales del oficialismo el Partido Socialista de Chile, el Partido por la Democracia y el Partido Radical de Chile arrastran desde hace décadas un proceso de aburguesamiento político, donde la preocupación central dejó de ser el proyecto país y pasó a ser la administración de cargos, cupos y cuotas de poder. Su respaldo a iniciativas como el TPP-11, ampliamente cuestionado por movimientos sociales y sindicales, y la continuidad del modelo de explotación del litio cuya expresión más simbólica ha sido la permanencia de actores ligados a la familia del yerno de Pinochet en el corazón del negocio refuerzan la percepción de una izquierda institucional desconectada del espíritu ciudadano. El caso del Partido Radical es particularmente ilustrativo: de ser una fuerza histórica, terminó perdiendo representación y peso electoral, hasta rozar la irrelevancia política, al punto de que hoy resulta plausible ver a uno de sus dirigentes históricos proyectado como eventual ministro del futuro gobierno de José Antonio Kast. No es una anécdota: es el síntoma de una izquierda que, al renunciar a su mística, terminó disponible para cualquier administración del orden.

Durante el gobierno de Gabriel Boric, ambas fuerzas optaron mayoritariamente por la moderación, el orden y la estabilidad institucional. No gobernaron como derecha, pero administraron un marco que la derecha considera aceptable. En materia de seguridad, economía y relación con la protesta social, el giro fue evidente. Esa decisión puede explicarse políticamente, pero no puede presentarse como continuidad del espíritu de Ramona Parra.

Porque Ramona no representa consenso: representa conflicto. No representa cálculo: representa convicción. No representa comodidad: representa riesgo. Su figura incomoda precisamente porque exige coherencia, porque recuerda que hubo una izquierda que entendía la política como una práctica ética radical, no como una carrera institucional ni como mera administración del poder.

Hoy, más que declaraciones, la izquierda chilena necesita una catarsis profunda y honesta. Una revisión ética que no se resuelva en congresos partidarios ni en documentos estratégicos, sino en una pregunta simple y brutal: ¿en qué momento se volvió aceptable transar las convicciones por conveniencia? La memoria de Ramona Parra, asesinada a los 19 años por exigir dignidad para los trabajadores, y la de Comandante Tamara, que eligió el camino más duro sin renunciar jamás a lo que creía justo, no están ahí para ser administradas simbólicamente. Están para incomodar, para interpelar a una izquierda que hoy gobierna, negocia y calcula, pero que parece haber olvidado el valor del compromiso sin atajos.

Como ellas, tantas mujeres y hombres entregaron su vida convencidos de que la política no era una carrera, sino una opción moral. No buscaron cargos, no aseguraron futuros personales, no se refugiaron en la comodidad del poder. Creyeron con una radicalidad que hoy parece incomprensible que la dignidad no se negocia. Inspirarse en Ramona Parra, en la Comandante Tamara y en tantos otros y otras no implica repetir sus caminos ni romantizar la violencia. Implica algo más exigente: recuperar la coherencia, asumir costos, decir verdades incómodas y volver a poner el proyecto colectivo por sobre la supervivencia individual y partidaria.

Si la izquierda chilena quiere volver a tener sentido histórico, deberá atreverse a mirarse sin indulgencia, reconocer sus renuncias y reconstruir una mística que no se compre con marketing ni se administre desde el poder. Porque sin catarsis no hay proyecto, y sin convicciones no hay izquierda. 

Ramona Parra no pidió homenajes.

Exige desde la historia coherencia, consecuencia y dignidad. 

Ramona Parra (1926–1946) fue una joven trabajadora y militante de las Juventudes Comunistas, convertida en símbolo de la lucha social y de la represión estatal en el Chile de mediados del siglo XX. Nacida en un contexto de precariedad y organización obrera, Ramona se integró tempranamente a la militancia política, destacando por su compromiso, disciplina y conciencia social. A los 19 años, el 28 de enero de 1946, fue asesinada por fuerzas policiales durante una manifestación de trabajadores en Santiago, hecho conocido como la Masacre de la Plaza Bulnes. 

31065548488?profile=RESIZE_710xDel Autor: Miguel Angel Rojas Pizarro. (Chile) Papá. Psicólogo Educacional, Profesor de Historia y Psicopedagogo. Académico Universitario y Libre Pensador.  Columnista y escritor chileno en medios de prensa. Desde una mirada humanista y latinoamericana, aborda temas de educación, justicia social, memoria y política contemporánea. Sus columnas se caracterizan por un enfoque crítico, reflexivo y profundamente humano, combinando análisis histórico con sensibilidad social.

psmiguel.rojas@hotmail.com

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Hey, joven: Cuando detenerse es avanzar (Chile)

El año sabático como búsqueda de sentido y decisión vocacional en un mundo que cambia. 

Cada año, tras la rendición de la PAES, miles de jóvenes enfrentan una pregunta que parece simple, pero que en realidad es profundamente compleja: ¿qué voy a estudiar? La presión social, familiar y económica empuja a responder rápido, como si postergar la decisión fuese sinónimo de fracaso o flojera. Sin embargo, en un mundo marcado por la aceleración tecnológica, la automatización y la inteligencia artificial, quizás la verdadera irresponsabilidad no sea detenerse un año, sino avanzar sin sentido hacia un futuro que ya está cambiando.

Tomarse un año sabático después de la PAES, cuando no existe claridad vocacional, sigue siendo visto con desconfianza. Se le asocia al atraso, a la pérdida de ritmo o al riesgo de “no volver a estudiar”. Pero esta mirada responde a una lógica antigua, propia de un mundo más estable, donde las profesiones se heredaban casi intactas y el futuro era relativamente predecible. Hoy ese mundo ya no existe.

Aquí resulta especialmente iluminador analizar el libro. En busca de sentido. Frankl, psiquiatra y sobreviviente de los campos de concentración, sostuvo que el motor fundamental del ser humano no es el éxito ni el placer, sino la búsqueda de sentido. Cuando ese sentido falta, aparece el vacío existencial: una vida funcional por fuera, pero vacía por dentro. Elegir una carrera sólo por puntaje, prestigio o presión externa puede llevar precisamente a ese escenario: trayectorias académicas aparentemente exitosas, pero profundamente desconectadas del propósito personal.

Desde esta perspectiva, un año sabático no es una huida, sino una pausa reflexiva necesaria. Es el espacio donde la pregunta correcta deja de ser “¿qué carrera da más dinero?” y pasa a ser “¿para qué quiero estudiar?, ¿qué problema humano quiero abordar con mi trabajo?”. Frankl fue claro: el sentido no se inventa, se descubre en la vida concreta, en la experiencia y en la responsabilidad asumida frente al mundo.

Ahora bien, esta afirmación exige una precisión fundamental: un año sabático sólo tiene valor si está estructurado. No es un año para permanecer acostado, levantarse al mediodía y dejar que el tiempo pase sin dirección. Un año vivido así no es búsqueda, es evasión. El año sabático, para cumplir su función formativa, debe tener plan, hábitos y exigencia personal.

Eso implica establecer rutinas claras: horarios, responsabilidades, metas mensuales. Implica trabajo, aunque no sea el trabajo de medio tiempo; el trabajo enseña límites, esfuerzo, trato con otros y valoración del tiempo. Implica también actividad física o deporte, no como adorno, sino como disciplina del cuerpo y la mente. El hábito del movimiento estructura la jornada, fortalece la voluntad y ordena la vida cotidiana. Sin hábitos, no hay reflexión profunda; solo deriva.

Este énfasis en el camino vivido dialoga de manera notable con El Alquimista. En la novela de Coelho, el protagonista, Santiago comprende que su tesoro no se encuentra solo al final del viaje, sino en todo lo que aprende mientras camina. Trabaja, se equivoca, pierde dinero, se adapta y persevera. Nada le llega por quedarse inmóvil. El mensaje es claro: no hay vocación sin recorrido, ni identidad sin esfuerzo sostenido.

Esto invita a replantear la idea de “perder un año”. Trabajar, asumir rutinas, hacer deporte, equivocarse y conocer realidades distintas aporta muchas veces más madurez vocacional que entrar apresuradamente a una carrera que luego se abandona. Descubrir lo que no se quiere, en un contexto de disciplina y acción, es parte central del aprendizaje.

Pero hay un elemento nuevo que vuelve esta reflexión aún más urgente: la inteligencia artificial. Pensar la vocación hoy sin proyectar el mundo a 10 o 15 años es una forma de negación. La IA no es una moda pasajera; es una transformación estructural del trabajo. Tareas administrativas repetitivas, análisis básicos, traducciones literales, diseño genérico, programación rutinaria e incluso ciertos modelos de docencia centrados solo en la transmisión de contenidos están siendo automatizados o profundamente redefinidos.

Esto no significa que las profesiones desaparezcan, sino que cambian. En este escenario, estudiar varios años una carrera sin diferenciar el aporte humano que se ofrecerá es un riesgo real. La pregunta vocacional ya no puede limitarse a “¿qué me gusta?”, sino que debe ampliarse a “¿qué valor humano aportaré que no pueda ser reemplazado por una máquina?”.

Aquí el año sabático cumple una función decisiva: permite observar el mundo real, no el folleto universitario. Ver qué trabajos resisten, cuáles se precarizan y dónde el factor humano sigue siendo central. Profesiones vinculadas a la salud mental, la educación crítica, el liderazgo ético, la creatividad profunda, la mediación y el trabajo con otros seres humanos tienden a fortalecerse, no porque ignoren la tecnología, sino porque la integran sin perder su núcleo humano.

Tomarse un año sabático, entonces, no es quedarse fuera del sistema, sino mirarlo con mayor lucidez. Es comprender que la PAES mide rendimientos, pero no mide sentido; que el éxito académico sin propósito es frágil; y que elegir carrera hoy exige más reflexión que nunca.

Quizás el mayor error educativo de nuestro tiempo sea empujar a los jóvenes a decidir rápido en un mundo que cambia aceleradamente. Detenerse un año con plan, hábitos, trabajo y movimiento no es atraso: es madurez. Como diría Frankl, quien tiene un “para qué” puede soportar casi cualquier “cómo”. Y como enseña El Alquimista, el camino solo se revela cuando uno se atreve a caminarlo, despierto y en acción.

En tiempos de incertidumbre, elegir con sentido no es un lujo. Es una necesidad. 

31065548488?profile=RESIZE_710xMiguel Ángel Rojas Pizarro: Es columnista y escritor, Psicólogo educacional, profesor de Historia y Geografía. Psicopedagogo. Postítulo en Orientación Vocacional. Con estudios de doctorado en educación y magíster en educación. Académico universitario, coach educacional y supervisor técnico-pedagógico, reflexiona habitualmente sobre educación, vocación, sentido y transformaciones sociales en tiempos de incertidumbre, articulando experiencia profesional, mirada humanista y análisis del presente. 

Psmiguel.rojas@hotmail.com

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31061990885?profile=RESIZE_710xPor Miguel Ángel Rojas Pizarro / Profesor de Historia – Psicólogo Educacional – Psicopedagogo. / psmiguel.rojas@hotmail.com   

        Las vacaciones no son sólo un descanso del calendario escolar; son, sobre todo, una oportunidad para reencontrarnos con la familia o con nosotros mismos. La lectura ocupa un lugar privilegiado. Leer en vacaciones no responde a una exigencia académica, sino a una necesidad profunda: la de volver a narrarnos el mundo con calma, sin prisa y sin evaluaciones. En ese contexto, pocos libros resultan tan pertinentes para lectores adultos, niños y jóvenes como Miguel Strogoff, la inolvidable novela de aventuras de Jules Verne.

Publicada en 1876, Miguel Strogoff es, en apariencia, un relato épico clásico: un correo del zar debe atravesar la inmensa Rusia para cumplir una misión decisiva en medio de una rebelión que amenaza la unidad del imperio. Sin embargo, reducirla a una historia de acción sería injusto. Verne construye una novela donde la aventura funciona como soporte para valores universales: la lealtad, el coraje, la disciplina interior, el sacrificio y la fidelidad a la palabra dada. Valores que, en tiempos marcados por la inmediatez, la fragmentación y la sobreestimulación digital, resultan especialmente necesarios tanto para adultos como para niños.

Para el lector adulto, Miguel Strogoff ofrece mucho más que entretenimiento. La travesía del protagonista puede leerse como una metáfora de la resistencia ética. Strogoff no es un héroe grandilocuente ni un personaje extraordinario; es un hombre común enfrentado a circunstancias extremas, obligado a sostener su misión incluso cuando todo parece perdido. En ese sentido, la novela dialoga con nuestra experiencia contemporánea: la necesidad de perseverar, de mantener convicciones en contextos adversos y de avanzar aun cuando el camino se vuelve incierto. Leer esta obra en vacaciones permite, paradójicamente, detenerse a pensar en el sentido del deber, del compromiso y de la dignidad personal.

Para niños y jóvenes, en cambio, Miguel Strogoff funciona como una puerta de entrada privilegiada al mundo de los clásicos. Su estructura clara, su ritmo narrativo ágil y sus paisajes exóticos capturan la imaginación sin necesidad de artificios modernos. Existen además ediciones adaptadas que respetan el espíritu del texto original, facilitando la comprensión sin empobrecer la historia. A través de Strogoff, los lectores jóvenes descubren que la lectura puede ser una aventura tan intensa como cualquier serie o videojuego, pero con una diferencia esencial: aquí la imaginación trabaja activamente, construyendo mundos propios, personajes y emociones que no vienen prefabricados.

Un aspecto especialmente valioso de esta novela es su potencial como lectura compartida. Leer Miguel Strogoff en familia —padres, madres, hijos— abre espacios de conversación intergeneracional que hoy no siempre resultan fáciles de generar. La historia permite hablar de historia, geografía, ética, emociones y decisiones morales sin que el diálogo se sienta forzado. Preguntas como “¿qué habrías hecho tú en su lugar?” o “¿por qué siguió adelante a pesar de todo?” surgen de manera natural, y con ellas aparece la reflexión, el intercambio de miradas y el aprendizaje mutuo.

En un tiempo donde la lectura suele asociarse al rendimiento escolar, a la productividad o al cumplimiento de objetivos, las vacaciones nos recuerdan que leer también es un acto de placer. Miguel Strogoff no exige conocimientos previos ni interpretaciones complejas; se deja leer con gusto, con curiosidad y con asombro. Esa es una de sus grandes virtudes: demuestra que la buena literatura puede ser profunda sin ser inaccesible, formativa sin ser moralizante y entretenida sin ser superficial.

Cerrar esta recomendación implica subrayar una idea central: Miguel Strogoff no es una excepción, sino un excelente ejemplo de un tipo de lectura que hoy sigue siendo plenamente vigente. Las novelas clásicas de aventuras, lejos de ser textos “antiguos” o superados, continúan ofreciendo relatos sólidos, personajes memorables y conflictos humanos que dialogan con lectores de todas las edades. Leer clásicos en vacaciones no es un gesto nostálgico, sino una elección consciente por historias que resisten el paso del tiempo y que siguen formando imaginación, criterio y sensibilidad.

Como Miguel Strogoff, existen muchas otras obras que cumplen esta doble función: entretener y formar, acompañar tanto a adultos como a niños y jóvenes, y permitir lecturas compartidas. A modo de invitación final, aquí van cinco clásicos universales especialmente recomendables para el período de vacaciones: La isla del tesoro, una historia de piratas, mapas y traiciones que despierta el gusto por la aventura y el descubrimiento. Las aventuras de Tom Sawyer, donde el humor y la infancia se combinan con una mirada crítica y entrañable sobre crecer. Veinte mil leguas de viaje submarino, una obra que une ciencia, imaginación y reflexión ética bajo el mar. El llamado de la selva, un relato breve e intenso sobre supervivencia, instinto y adaptación.

Estas obras, como Miguel Strogoff, nos recuerdan que la buena literatura no caduca. En vacaciones, cuando el tiempo se expande y la mente se aquieta, los clásicos vuelven a ocupar su lugar natural: el de ser compañía, refugio y viaje compartido. Leerlos es, en definitiva, regalarse y regalar a otros una experiencia que permanece mucho más allá del verano. 

Quien no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido cinco mil”. Umberto Eco.

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31053614455?profile=RESIZE_710xAutor: Miguel Angel Rojas Pizarro / Psicólogo Educacional, Profesor de Historia, Psicopedagogo

Psmiguel.rojas@hotmail.com 

Cada enero, Chile repite el mismo ritual. Se publican los resultados de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), los medios difunden rankings de colegios, y el debate público se reactiva con idénticos argumentos: que la educación pública está en crisis, que los colegios privados “lo hacen mejor”, que el mérito explica los resultados. Sin embargo, año tras año, la evidencia confirma lo mismo: la brecha persiste, la segregación se mantiene y el sistema educativo reproduce con notable eficiencia las desigualdades sociales de origen.

El problema no es nuevo. Lo verdaderamente inquietante es que Chile sabe cuál es la causa, pero insiste en discutir los efectos. En términos filosóficos, esta reiteración infructuosa remite a lo que Albert Camus denominó lo absurdo: el choque entre el deseo humano de sentido y la obstinada irracionalidad del mundo.

La PAES no mide talento puro ni inteligencia abstracta. Evalúa, fundamentalmente, capital cultural acumulado: Dominio del lenguaje académico, familiaridad con formatos evaluativos, entrenamiento previo y estabilidad emocional. Estos factores no se adquieren de manera homogénea en la sociedad chilena. Por el contrario, están profundamente mediados por el nivel socioeconómico, el tipo de establecimiento educacional y el capital cultural, geográfico comunal, familiar y social.

Que 99 de los 100 mejores colegios del ranking PAES 2025 sean particulares pagados no demuestra que esos establecimientos enseñen mejor. Demuestra, más bien, que concentran estudiantes que ya vienen mejor preparados por la estructura social. Confundir resultados con mérito es una falacia que permite legitimar la desigualdad bajo un lenguaje aparentemente neutral y técnico.

Este fenómeno no es accidental. Desde las reformas educacionales de la década de 1980, Chile organizó su sistema escolar como un mercado educativo, basado en la competencia, la segregación y la selección. En ese contexto, la educación pública quedó a cargo de la tarea más compleja: Educar en condiciones de vulnerabilidad estructural, conteniendo desigualdades que el sistema económico produce y profundiza.

La narrativa meritocrática cumple aquí una función ideológica central. Como advirtió tempranamente Michael Young, quien acuñó el término meritocracia en clave satírica, una sociedad organizada exclusivamente en torno al mérito no elimina las clases sociales, sino que las moraliza. Quienes triunfan se sienten plenamente merecedores; quienes fracasan, responsables de su propio destino.

En el ámbito educativo, esta lógica tiene consecuencias devastadoras. El bajo rendimiento deja de ser un problema social y se transforma en una falla individual. La desigualdad estructural se traduce en vergüenza personal. Como plantea Michael Sandel, en una sociedad meritocrática los ganadores desarrollan arrogancia y los perdedores internalizan la humillación.

La PAES, en este marco, opera como un dispositivo de consagración simbólica: ordena, clasifica y jerarquiza trayectorias que ya estaban desigualmente condicionadas desde el inicio.

Camus describe la condena de empujar eternamente una roca cuesta arriba, solo para verla caer una y otra vez. El castigo no reside en el esfuerzo, sino en su inutilidad reiterada. La educación chilena parece atrapada en una lógica similar.

Cada año se exige más a profesores, estudiantes y escuelas públicas. Se introducen ajustes técnicos, nuevas pruebas, nuevos discursos. Pero la roca siempre vuelve a caer, porque la montaña la estructura social y educativa permanece intacta. Seguimos discutiendo rankings, sin cuestionar la segregación; debatimos resultados, sin intervenir el origen.

Lo absurdo no es que existan brechas. Lo absurdo es persistir durante décadas en debates políticos estériles, sabiendo que el problema no es pedagógico ni moral, sino estructural y estatal.

Romper el castigo de Sísifo exige un cambio de nivel. No se trata de empujar la roca con mayor esfuerzo, sino de terminar con la condena. Tratar la educación como un problema de Estado implica abandonar la lógica de mercado, reducir la segregación escolar, invertir decididamente en primera infancia y evaluar el sistema por su capacidad de generar igualdad real, no por rankings que celebran privilegios heredados.

Mientras Chile siga confundiendo mérito con punto de llegada y calidad con selección social, la PAES seguirá funcionando como un espejo cruel de la desigualdad. Y cada enero, como Sísifo, volveremos a empujar la misma piedra, sorprendidos por su inevitable caída. El verdadero absurdo no es el esfuerzo de quienes educan en condiciones adversas. El verdadero absurdo es que el Estado, con pleno conocimiento de causa, siga evitando cambiar la montaña.

Reconocer el carácter absurdo del debate educativo no implica resignación. En Albert Camus, la lucidez frente al absurdo es precisamente el punto de partida para una rebelión responsable. En educación, esa rebelión no pasa por negar la evidencia de la PAES, sino por dejar de usarla como coartada ideológica y comenzar a tratar el problema como lo que es: una tarea estructural del Estado.

En este escenario, Chile cuenta hoy con una ventana de oportunidad inédita, que no debiera ser desperdiciada por maximalismos ni refundacionalismos malentendidos.

Los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) no debieran limitarse a corregir las falencias de la municipalización. Su desafío histórico es mayor: convertirse en verdaderos dispositivos de justicia educativa territorial. Esto implica: pasar de una lógica de control administrativo a una de acompañamiento pedagógico profundo; invertir prioritariamente en primera infancia, trayectorias educativas continuas y apoyo socioemocional; evaluar el desempeño de los establecimientos por valor agregado y progreso, no solo por resultados finales en pruebas estandarizadas; fortalecer proyectos educativos públicos de excelencia sin selección social. Si los SLEP replican la lógica del mercado bajo administración estatal, la roca seguirá cayendo.

Chile no necesita más diagnósticos ni nuevas disputas estériles cada enero. Necesita una decisión política madura: dejar de administrar el absurdo y comenzar a desmontarlo. La PAES seguirá mostrando desigualdad mientras la educación siga organizada como mercado. Pero si el Estado asume su rol estructural, si los SLEP se consolidan como garantes de justicia educativa y si el profesorado recupera su voz pública, la condena de Sísifo puede, finalmente, llegar a su fin.

Finalmente, es necesario despejar una confusión recurrente en el debate educativo chileno: este no es, en lo sustantivo, un problema de falta de recursos. Existen escuelas y liceos públicos que han recibido durante años financiamiento significativo a través de subvención escolar, SEP, programas ministeriales y proyectos especiales, sin que ello se traduzca necesariamente en mejoras sostenidas de aprendizaje o reducción de brechas. El nudo crítico no está solo en cuánto se invierte, sino en cómo se concibe estratégicamente el uso del recurso. Sin una visión pedagógica clara, sin prioridades bien definidas, sin articulación entre inversión, proyecto educativo y trayectorias reales de los estudiantes, el financiamiento termina fragmentándose en acciones aisladas, de bajo impacto estructural. Invertir sin dirección no rompe la desigualdad: solo la administra. El desafío del Estado no es seguir inyectando recursos sin sentido estratégico, sino orientarlos deliberadamente hacia la justicia educativa, el fortalecimiento de capacidades pedagógicas y la construcción de proyectos públicos coherentes y sostenibles en el tiempo. 

No se trata de negar la roca. Se trata, por primera vez en décadas, de atreverse a cambiar la montaña. 

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Referencias

  • Camus, A. (2013). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza. (Obra original publicada en 1942).
  • Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común? Barcelona: Debate.
  • Young, M. (1958). The rise of the meritocracy. London: Thames & Hudson.
  • Rosas, R., & Santa Cruz, C. (2013). Dime en qué colegio estudiaste y te diré qué CI tienes: Radiografía al desigual acceso al capital cognitivo en Chile. Santiago de Chile.
  • (2025). Resultados Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES). Universidad de Chile.
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31038084486?profile=RESIZE_710xHay derechos que hoy se nombran con una liviandad inquietante, como si hubieran existido desde siempre. El derecho a descansar, a organizarse, a atenderse en salud, a jubilar, a vivir sin miedo. Pero rara vez se dice lo esencial: cada uno de esos derechos costó vidas humanas. No metáforas. No discursos. Vidas reales.

La historia social de Chile y de América Latina no está escrita solo en leyes ni en constituciones, sino en sangre. En cuerpos castigados, en nombres que incomodan. Obreros fusilados, mujeres reprimidas, trabajadores perseguidos, pueblos completos declarados prescindibles cuando se atrevieron a exigir dignidad. La Matanza de la Escuela Santa María de Iquique, en diciembre de 1907, no fue un exceso ni un error: fue una decisión política. Miles de trabajadores del salitre, junto a sus familias, fueron asesinados por pedir lo mínimo. No querían privilegios. Querían vivir un poco mejor que la miseria impuesta por un sistema que los necesitaba obedientes y silenciosos.

El historiador Alberto Edwards, desde una mirada conservadora y elitista, describió tempranamente un rasgo estructural de nuestra historia política: la existencia de una fronda aristocrática, una élite chilena que, más que gobernar en función del bien común, ha oscilado históricamente entre el control del poder y la desconfianza permanente hacia el pueblo cuando este intenta organizarse o intervenir en la vida pública. La fronda aristocrática en palabras simples ha preferido el orden antes que la justicia, la estabilidad antes que la dignidad, la paz social antes que la igualdad real.

En ese contexto histórico nació algo que hoy parece difuso, incluso incómodo de nombrar: La conciencia de clase. No como consigna ideológica, sino como experiencia vital compartida. Los trabajadores sabían quiénes eran, quiénes mandaban y por qué su pobreza no era culpa individual, sino resultado de una estructura injusta. Esa conciencia no se aprendía en libros: se forjaba en el hambre, en el campamento, en la huelga y en la represión.

La conciencia de clase fue, en el fondo, la respuesta popular a la fronda aristocrática. Frente a una élite que se organizaba para conservar privilegios, el pueblo aprendió a reconocerse como sujeto histórico. Por eso la violencia del Estado no fue accidental ni desmedida: fue preventiva. Buscaba quebrar no solo cuerpos, sino también vínculos, memoria y organización.

Años después, figuras como Antonio Ramón Ramón hermano de una de las víctimas de Santa María encarnaron esa fractura irreparable entre pueblo y poder. Su atentado contra el general Silva Renard, responsable de los asesinatos de los obreros, no fue solo venganza personal: fue la expresión desesperada de alguien que entendió que la institucionalidad no haría justicia por los suyos. Cuando el Estado protege a la élite y abandona al pueblo, la desesperación ocupa el lugar de la política.

Algo similar ocurrió en la Patagonia argentina en 1922. Mientras el ejército fusilaba a miles de obreros rurales, cinco trabajadoras sexuales del prostíbulo La Catalana, en Puerto San Julián, dijeron “no a sus clientes”. No a los soldados. No a los asesinos. No a celebrar la muerte obrera. Desde el lugar más despreciado por la moral conservadora, esas mujeres dieron una lección que aún incomoda: la dignidad no depende del cargo, del oficio ni del reconocimiento social. Su gesto fue profundamente político, porque reconocieron que ellas también eran parte del mismo pueblo explotado.

Gracias a esas luchas dolorosas, riesgosas, muchas veces solitarias el siglo XX conoció avances reales: derechos laborales, seguridad social, educación pública, salud entendida como derecho y no como negocio. Pero la historia no avanza en línea recta. Hoy asistimos a un retroceso silencioso y peligroso: la pérdida de la conciencia de clase, justo cuando las desigualdades vuelven a profundizarse.

El neoliberalismo no solo precarizó salarios y pensiones. Hizo algo más profundo: nos convenció de que estamos solos. De que ya no existen clases sociales, sino individuos que “lo lograron” y otros que “no se esforzaron lo suficiente”. La palabra “trabajador” fue reemplazada por “emprendedor”. La explotación por “oportunidad”. La desigualdad por “mérito”. La fronda aristocrática ya no necesita fusiles: le basta con el relato.

El resultado es una sociedad fragmentada, donde el sufrimiento se vive en silencio. Adultos mayores que no sobreviven con sus pensiones. Personas que mueren esperando atención médica. Trabajadores enfermos por condiciones laborales indignas. Casos como el de Eduardo Miño, que se inmoló frente a La Moneda en 2001 denunciando el asbesto, no son anomalías: son síntomas de un sistema que volvió a naturalizar el sacrificio humano en nombre del mercado.

Cuando la conciencia de clase se diluye, la injusticia se vuelve invisible. Ya no hay un “nosotros” que se reconozca explotado, sino millones de biografías aisladas intentando sobrevivir. Y cuando la política deja de canalizar ese malestar colectivo, reaparecen respuestas desesperadas, individuales, muchas veces autodestructivas.

Recordar las matanzas, las rebeliones olvidadas, los cuerpos que pagaron el precio de los derechos no es un ejercicio ideológico. Es una urgencia ética. Porque cada vez que se relativiza un derecho social, se traiciona una historia escrita con sangre. Porque los derechos no son naturales ni eternos: se conquistan, se defienden o se pierden.

Tal vez la gran tarea de nuestro tiempo no sea inventar nuevas consignas, sino recuperar la memoria. Volver a entender que lo que hoy parece normal fue impensable alguna vez. Que hubo personas que murieron para que otros vivieran con un poco más de dignidad. Y que mientras la fronda aristocrática conserve el control del relato, la conciencia de clase seguirá siendo una amenaza. La historia ya nos mostró el costo de aprender tarde. Ojalá no tengamos que volver a escribirla con nuevos muertos. 

Miguel Ángel Rojas Pizarro Profesor de Historia – Psicólogo Educacional – Psicopedagogo psmiguel.rojas@hotmail.com

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31017481457?profile=RESIZE_710xMiguel Ángel Rojas Pizarro
Profesor de Historia – Psicólogo Educacional – Psicopedagogo.
psmiguel.rojas@hotmail.com 

                    En Chile todavía quedan temas que se hablan en voz baja. Uno de ellos probablemente el más sensible es el sistema previsional de las Fuerzas Armadas. Mientras el país discute reforma tras reforma para mejorar pensiones civiles que en promedio apenas superan los $400 mil, existe un régimen paralelo, silencioso y protegido, donde miles de personas se jubilan a los 45 o 50 años con ingresos que duplican o triplican los del resto de la población. Y lo más grave: muchas de esas personas siguen trabajando, a veces nuevamente en el Estado, mientras reciben su pensión completa.

El reciente caso del senador Jorge Vial volvió a iluminar este tabú. La polémica no se centra solo en él como individuo, sino en lo que simboliza: Un sistema que permite acumular una pensión militar cercana a los $5 millones y, al mismo tiempo, recibir la dieta parlamentaria y asignaciones que superan los $30 millones mensuales. Todo en plena edad productiva.

La pregunta es obvia y profundamente incómoda: ¿Por qué el Estado chileno jubila a personas jóvenes, sanas y plenamente capaces de continuar trabajando, pagándoles durante 20 o 30 años por una supuesta “inactividad” que en realidad no existe?

El absurdo de jubilar a los 45 en un país sin guerras. Chile no ha tenido una guerra en más de 150 años. No vivimos bajo amenaza militar constante ni enfrentamos riesgos que justifiquen esquemas de retiro temprano propios de países en conflicto permanente. Sin embargo, mantenemos reglas previsionales diseñadas para ejércitos de otra época.

Un suboficial se jubila en promedio con un millón de pesos a los 50 años. Un coronel o general, con más de tres millones a los 45 o 48. En contraste, un profesor o profesora se jubila a los 65 años con $400 mil después de 40 años de servicio. ¿Dónde está la justicia en eso? ¿Y dónde la racionalidad fiscal?

Mientras el país reclama hospitales, escuelas, psicólogos para los estudiantes, médicos especialistas para regiones, salas cuna y un sistema de salud digno, miles de millones de pesos se van cada mes a financiar pensiones completas de personas que siguen trabajando, muchas veces dentro del mismo sector público o recontratadas por la misma institución que los jubilo meses atrás.

El caso  del general (r) Vial es solo un espejo. Refleja un sistema que permite que alguien en plena capacidad laboral reciba una pensión destinada, en teoría, a compensar la “pérdida de ingresos” por el retiro, pero que en la práctica se transforma en un bono vitalicio acumulable con otros sueldos estatales. Y no es un caso aislado: es una práctica extendida.

El Estado pierde así décadas de trabajo calificado y, simultáneamente, paga por una pensión que no responde a ninguna pérdida real de ingresos. Es un absurdo desde toda perspectiva: humana, económica y ética.

¿Por qué no hablamos de esto? Porque existe un temor cultural a cuestionar privilegios militares. Porque las FF.AA. gozan de legitimidad histórica. Porque la clase política, de izquierda y derecha, no quiere enfrentarse a un grupo que ha sido considerado “intocable”. Pero la democracia madura cuando toca sus temas incómodos.

No se trata de atacar a las Fuerzas Armadas. Se trata de reconocer que en una sociedad que exige equidad, transparencia y responsabilidad fiscal, no pueden existir grupos de ciudadanos con beneficios desproporcionados financiados por todos.

Ningún candidato presidencial ni de gobierno ni de oposición ha puesto este tema sobre la mesa. Y, sin embargo, pocas áreas ofrecen un potencial tan grande de ahorro fiscal sin sacrificar derechos básicos.

Revisar la edad de retiro militar, regular la acumulación de pensión y sueldo estatal, imponer topes, garantizar transparencia y permitir permanencia laboral hasta edades equivalentes al sector civil no es un ataque: es un acto de justicia y sentido común.

Chile necesita recursos y los tiene, pero los usa mal. El país no puede seguir financiando pensiones millonarias a los 45 años mientras sus profesores, asistentes, enfermeras y trabajadores se jubilan con montos que no alcanzan para vivir.

Incorporar este debate en la campaña presidencial sería, más que un gesto de valentía, una señal de respeto hacia la ciudadanía que lleva años esperando cambios que nunca llegan. Sería también una oportunidad de verdad: La oportunidad de decir que el Estado no puede seguir siendo un administrador de privilegios heredados, sino un garante de derechos equitativos.

Al final, lo que está en juego no es el general Vial ni un grupo de militares. Lo que se discute es qué país queremos construir. Uno donde algunos pueden jubilar a los 45 con tres o cinco millones mientras otros trabajan hasta los 67 para recibir $400 mil. O uno donde la equidad y la responsabilidad fiscal se aplican a todos por igual. Chile necesita esta conversación. Y la necesita ahora en este debate presidencial. 

Un país muestra su alma en cómo distribuye sus recursos.

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31003279058?profile=RESIZE_584xCómo las ideas del ‘fascismo eterno’ de Umberto Eco dialogan inquietantemente con los discursos políticos actuales. 

ADVERTENCIA

Antes de comenzar este ensayo, siento la obligación moral como ciudadano de ofrecer una advertencia. Lo que están por leer no es un análisis tibio ni un comentario anecdótico. Es una reflexión sobre un fenómeno que regresa como sombra: El fascismo eterno del que hablaba Umberto Eco. Un fascismo que ya no requiere camisas negras ni marchas de antorchas. Hoy aparece en documentos de política pública, en discursos que parecen razonables, y en programas presidenciales que prometen salvación.

Quizás, mientras avancen por estas páginas, experimenten incomodidad. Quizás, incluso, un estremecimiento. Porque hablar de fascismo en Chile después de nuestra historia reciente es hablar de heridas que aún duelen, de memorias que aún arden, y de sueños democráticos que aún no terminan de consolidarse. Si sienten que esta lectura puede remover su tranquilidad, están advertidos. Pero si deciden continuar, les aseguro algo: la lucidez también es una forma de resistencia. 

Por Miguel Ángel Rojas Pizarro

Psicólogo Educacion – Profesor de Historia – Psicopedagogo.

psmiguel.rojas@hotmail.com 

En 1995, Umberto Eco presentó en la Universidad de Columbia su célebre conferencia “Ur-Fascismo” o “El fascismo eterno”—donde enumeró catorce rasgos que permiten identificar las formas contemporáneas del fascismo, aun cuando estas no adopten abiertamente los símbolos, estilos o totalitarismos del pasado. Eco no buscaba reconstruir el fascismo histórico, sino advertir sobre estructuras culturales, discursivas y afectivas que pueden reaparecer en democracias aparentemente estables.

Hoy, en Chile, los programas presidenciales de José Antonio Kast (Atrévete Chile, 2022–2026 y 2026 - 2030) y Johannes Kaiser (Defiende la Verdad, 2026–2030) reactivan elementos que Eco describió con claridad. Ninguno de estos documentos proclama un fascismo clásico; sin embargo, ambos exhiben rasgos consistentes con el neofascismo democrático, la derecha radical populista y la ingeniería emocional del miedo, características que la literatura politológica contemporánea identifica como señales de alarma (Stanley, 2018; Mudde, 2019).

Este ensayo analiza cada uno de los 14 puntos de Eco y los relaciona con contenidos explícitos de ambos programas, con el fin de examinar la deriva autoritaria que amenaza los avances democráticos, culturales y de derechos humanos logrados en Chile desde 1990.

Hay un momento, como ciudadano, en que uno siente la necesidad de detenerse, respirar profundo y mirar con honestidad el paisaje político que nos rodea. No para vigilar desde la distancia, sino para comprender desde la humanidad; desde ese lugar donde se mezclan la historia, la memoria y la responsabilidad por las generaciones que vienen.

Fue desde esa inquietud que volví a releer el texto de mis días de estudiante universitario de Umberto Eco, Ur-Fascismo, no como un ejercicio académico distante, sino como quien abre un cuaderno antiguo para entender en qué parte del camino comenzamos a extraviarnos. Eco no define el fascismo como un fenómeno del pasado, sino como una forma de sombra moral que puede reaparecer cuando la sociedad baja la guardia (Eco, 1995).

Hoy, cuando reviso los programas presidenciales de José Antonio Kast (Atrévete Chile: Programa de Gobierno 2022–2026, 2026-2030) y Johannes Kaiser (Programa de Gobierno 2026–2030: Defiende la Verdad, 2025), me preocupa la cantidad de resonancias que encuentro con los catorce signos de alerta que Eco dejó para el mundo. No es un juicio emocional ni un slogan fácil. Es una lectura desde la experiencia, la historia y la ética, apoyada además en los análisis contemporáneos del neofascismo democrático (Mudde, 2019; Stanley, 2018; Eatwell & Goodwin, 2018).

Quisiera compartir esa lectura, no para imponer una verdad, sino para abrir una conversación y debate necesario.

  1. El pasado como refugio: Eco sostiene que el fascismo eterno recupera un pasado dorado y purificado (Eco, 1995). Lo veo cuando el programa de Kast afirma que Chile vivió “las décadas más exitosas de su historia” hasta que las reformas progresistas “debilitaron los cimientos del país” (Kast, 2021). Enfatiza el retorno al “Chile que fuimos”, orden, familia tradicional, autoridad, y restaura valores conservadores como esencia nacional. (kast,2025). Kaiser también habla de valores “permanentes y eternos” que deben ser recuperados para salvar a la nación (Kaiser, 2025).
  2. Rechazo a la complejidad: Los discursos autoritarios suelen simplificar el mundo, convirtiendo los matices en amenazas. Kast denuncia la “deconstrucción”, las teorías críticas y las transformaciones culturales como intentos de destruir la civilización occidental (Kast, 2021). Crítica a movimientos feministas, enfoque de género, educación sexual integral, multiculturalismo y nueva constitucionalidad. Defiende una visión pre-moderna de la familia y la moral. (Kast, 2025). Kaiser enmarca la cultura válida únicamente en “la verdad, el bien, la belleza y la libertad”, categorías que excluyen expresiones consideradas “degeneradas” o “pseudoartísticas” (Kaiser, 2025). Eco advierte que esta aversión a la modernidad crítica constituye un rasgo esencial del Ur-Fascismo (Eco, 1995).
  3. Sospecha hacia el pensamiento: Cuando se acusa a las universidades y al mundo académico de manipulación ideológica, se erosiona el corazón mismo del pensamiento crítico. Kast responsabiliza a los “círculos académicos” de influir negativamente en la juventud (Kast, 2021), Deslegitima universidades, organismos técnicos, organismos de DD.HH., expertos en educación, y promueve soluciones simples a problemas complejos (“mano dura”, “cero tolerancias”). (Kast, 2025). mientras Kaiser acusa un “marxismo cultural” que habría penetrado la cultura y las instituciones (Kaiser, 2025). Este antiintelectualismo es el tercer punto clave del fascismo eterno (Eco, 1995).
  4. Quien disiente es traidor Eco afirma que para el fascismo, disentir equivale a traicionar (1995). Kast describe una amplia conspiración progresista nacional e internacional (Kast, 2021). Retórica de “decisión”, “firmeza”, “acción inmediata”, militarización y uso de fuerza sin matices. Se presenta como “hombre de acción”. (Kast, 2025). Kaiser sostiene que Chile vive bajo una “guerra cultural” infiltrada por un “marxismo del siglo XXI” (Kaiser, 2025). La crítica, lejos de ser un ejercicio democrático, es presentada como una amenaza al país.
  5. El miedo a los otros: La construcción del “otro” como peligro es una constante histórica. En ambos programas, la diversidad sexual, la migración, el feminismo y las minorías aparecen como agentes de desorden o erosión social (Kast, 2021; Kaiser, 2025). Quien disiente es catalogado como “ideologizado”, “extrema izquierda”, “antichileno”, “enemigo del orden”. (Kast, 2025). Esto coincide con la advertencia de Eco sobre la necesidad fascista de un enemigo interno (1995).
  6. Usar la frustración como arma. El malestar social se transforma en combustible político. Kast habla del estancamiento desde 2014 y del colapso tras el 18-O (2021). Narrativas fuertes contra migrantes, pueblos originarios, disidencias sexuales, agendas de género; uso del miedo al “otro” como recurso político. (Kast,2025. Kaiser describe un país “desmoronado” en términos morales y políticos (2025). Eco explica que el fascismo se alimenta precisamente del resentimiento social canalizado emocionalmente (1995).
  1. La patria como templo: El nacionalismo no es problema en sí; lo es cuando se convierte en un dogma excluyente. Kast vincula el ser chileno con valores cristianos y occidentales (2021), mientras Kaiser utiliza un tono épico y sacrificial hacia la patria (“juré lealtad a la bandera”) (2025). Eco llama a esto “la nación como entidad mística”.
  2. El enemigo omnipresente: Para el fascismo eterno, el enemigo está en todas partes: afuera y adentro. Kast lo expresa al señalar amenazas provenientes de la izquierda, ONGs, universidades, burocracias y empresas tecnológicas (2021). “Zurdos”, “anarcos”, “narcoterrorismo”, “delincuentes migrantes”, profesorado ideologizado, organismos de DD.HH. críticos. (kast,2025)Kaiser suma al “Estado global” y al “marxismo mundial” (2025). Eco advierte que esta nebulosa del enemigo es un mecanismo esencial para justificar el autoritarismo (1995).
  3. Heridas transformadas en resentimiento: Ambos discursos recurren al agravio moral como motor político. Kast habla del “castigo social” hacia quienes defienden la libertad (2021). Retórica de cruzada: “recuperar Chile”, “ganar la batalla cultural”, “ordenar la casa”, “derrotar el terrorismo y narcotráfico”. (kast,2015). Kaiser describe una élite corrupta que habría traicionado al país (2025). Eco sostiene que este pathos emocional es uno de los cimientos del fascismo (1995).
  4. Desprecio a los vulnerables: Las políticas sociales son interpretadas como debilidad o dependencia. Kast promueve una meritocracia estricta (2021). Defensa de jerarquías tradicionales (familia, iglesia, Fuerzas Armadas) y desconfianza hacia movimientos sociales, sindicatos o minorías vulneradas. (Kast,2025). Kaiser propone una reducción drástica del Estado social (2025). Eco recuerda que el fascismo desprecia lo que percibe como debilidad.
  5. El héroe y la épica: La retórica heroica aparece tanto en la seguridad interna de Kast (“derrotar con toda la fuerza del Estado”) (2021) como en el tono sacrificial de Kaiser (2025). El heroísmo viril es un rasgo explícito del Ur-Fascismo (Eco, 1995).
  6. Control sobre los cuerpos: Los discursos que restringen la diversidad sexual y refuerzan la familia tradicional. Como única forma legítima apuntan a un control moral del cuerpo (Kast, 2021; Kaiser, 2025). Familia heterosexual como único modelo legítimo. Rechazo a políticas LGBTI+, educación sexual integral, y enfoque de género. Retórica de “crisis de masculinidad” y “restauración del padre”. Eco vincula esto con el machismo estructural del fascismo.
  7. “El pueblo” como masa uniforme: Kast habla de “los chilenos que defienden la libertad”; Kaiser, de “los que aman la patria”. Ambos construyen un pueblo homogéneo y moralmente puro. Gente de bien”, “chilenos de verdad”, “los que trabajan”, excluyendo al “otro interno” (migrantes, izquierdas, disidencias). Eco advierte que esta simplificación destruye la democracia pluralista (1995).
  8. Palabras que no permiten pensar: Cuando el lenguaje se vuelve una serie de dicotomías morales marxistas vs. patriotas, libertad vs. caos ya no permite reflexionar. Eco dice que el fascismo necesita vocablos simples porque su objetivo es impedir el pensamiento (1995).

No escribo esta columna desde el miedo ni desde la rabia, sino desde la responsabilidad ética y pedagógica. Los programas de Kast (2021 y 2025) y Kaiser (2025) no instauran un fascismo clásico; sin embargo, sí activan varios de los mecanismos simbólicos, emocionales y discursivos del neofascismo democrático, estudiado ampliamente por autores como Eco (1995), Mudde (2019), Stanley (2018) y Eatwell & Goodwin (2018).

Decir que Kast y Kaiser “son fascistas” en sentido histórico sería impreciso. Sin embargo, sí es correcto con base en Eco, Mudde y Stanley afirmar que sus programas políticos contienen elementos estructurales del neofascismo contemporáneo, especialmente en sus dimensiones culturales, afectivas y discursivas.

Ambos proyectos comparten una visión de mundo donde: la pluralidad es fragmentación, el disenso es traición, la diversidad es amenaza, la historia es un arma, la identidad nacional es esencia, y la política es una cruzada moral.

El fascismo como bien sabía Eco crece cuando la gente común se retira y deja todo en manos de líderes fuertes. La ciudadanía no puede replegarse: debe fortalecer organizaciones sociales, comunidades educativas, sindicatos, colectivos culturales, juntas vecinales y redes de apoyo mutuo. Un pueblo desorganizado es la presa favorita de cualquier proyecto autoritario.

 Finalmente, la defensa democrática es un acto cotidiano, no un ritual electoral cada cuatro años. Es una práctica ética: leer críticamente, discutir con respeto, proteger a quienes son tratados como “otros”, no normalizar el odio, y exigir políticas públicas basadas en evidencia y derechos humanos.

 Si Chile aprendió algo de su propia historia, es que el autoritarismo avanza cuando creemos que “no puede volver a pasar”. La democracia, en cambio, avanza cuando la defendemos todos los días, con memoria, con dignidad, con humanidad y con la convicción profunda de que ningún proyecto político vale más que la vida, la libertad y la diversidad de su pueblo. 

"El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos". Gramsci. 

 Referencias

  • Eatwell, R., & Goodwin, M. (2018). National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy. Penguin.
  • Eco, U. (1995). Ur-Fascism. The New York Review of Books.
  • https://www.nybooks.com/articles/1995/06/22/ur-fascism/
  • Kaiser Barents von Hohenhagen, J. (2025). Programa de Gobierno 2026–2030: Defiende la Verdad. Partido Nacional Libertario. Documento PDF aportado por el usuario.
    Ruta local: /mnt/data/202509251166.pdf
  • Kast Rist, J. A., & Partido Republicano. (2021). Atrévete Chile: Programa de Gobierno 2022–2026. Instituto Ideas Republicanas. Documento PDF aportado por el usuario.
    Ruta local: /mnt/data/Jose-Antonio-Kast-Programa-de-gobierno-2022-2026.pdf
  • Kast Rist, J. A., & Partido Republicano. (2025). La Fuerza del Cambio: Programa de Gobierno 2026–2030.
  • Mudde, C. (2019). The Far Right Today. Polity Press.
  • Stanley, J. (2018). How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Random House.
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30991818057?profile=RESIZE_400xAutor: Miguel Angel Rojas Pizarro* 

Cada año que recordamos el nacimiento de Pedro Lemebel (1952 – 2015), algo se mueve dentro de Chile. No es solo la memoria de un escritor, profesor y artista; es el eco de una voz que sigue pidiendo algo tan simple y difícil: Mirarnos sin hipocresía, sin miedo, resentimiento y sin odio. Lemebel no nació para ser símbolo. Nació para vivir, para resistir, para escribir desde un mundo y sociedad que casi nunca lo abrazó. Y sin embargo, ese mismo mundo —la noche, la población, la calle rota, el barrio que lo vio crecer terminó convirtiéndolo en una de las conciencias más profundas de los últimos años en este país.

Hablar de él hoy no es un gesto literario. Es un gesto humano. Porque Chile todavía carga heridas que él mismo describió con una lucidez dolorosa hace décadas atrás y aún se encuentran vigentes. El miedo a la diferencia, el castigo a los cuerpos que se salen de la norma, la homofobia escondida en el chiste fácil, en la broma de pasillo, en la mirada que condena sin decir palabras. 

30991484656?profile=RESIZE_710xLemebel lo vivió todo: El rechazo familiar, la precariedad económica, la violencia policial, la exclusión escolar, la burla constante, la dictadura en sus momentos más oscuros. Y aun así, eligió enfrentarlo con belleza, con palabras, con arte. Con esa ternura, pero a la vez una fuerza feroz que tanto incomodaba.

En dictadura, cuando pensar distinto podía costar la vida, las disidencias sexuales sobrevivieron como pudieron. Algunas desde la clandestinidad; otras desde la noche, desde el deseo, desde el humor, desde el cuerpo. Muchxs nunca aparecieron en los registros oficiales. Nunca tuvieron tumba. Nunca se les dio las gracias. Y sin embargo, fueron parte de la resistencia que ayudó a abrir camino a la libertad que hoy damos por sentada.

Es duro decirlo, pero es verdad: sin ellas, sin esas locas valientes, este país sería mucho más pequeño y mucho más triste. Por eso duele ver que hoy, mientras recordamos a Pedro Lemebel, haya discursos que vuelven a instalar el odio, la sospecha, la idea en las escuelas de que las diversidades son un problema que corregir y no personas con derecho a vivir en paz.

Un gobierno de ultraderecha no solo cuestiona leyes. Cuestiona afectos, ética y moral.  Cuestiona libertades que costaron vidas. Cuestiona la posibilidad de que un niño o una niña disidente pueda crecer sin vergüenza. Cuestiona el derecho a ser. Y no se trata de política partidista; se trata de humanidad y dignidad.

De entender que cuando un país retrocede en derechos sociales y de género, no retrocede en abstracto: retrocede sobre cuerpos concretos. Sobre cuerpos como el de Lemebel, expulsado de la educación como profesor de liceo por ser quien era. Sobre los cuerpos de jóvenes que hoy caminan en ciudades más pequeñas con miedo de tomarse la mano. 

Sobre las identidades de quienes siguen escondiéndose para no romper el equilibrio frágil de su familia, su barrio o su trabajo. Por eso hoy, más que un homenaje, necesitamos un gesto de honestidad colectiva: hay que reconocer que no podemos permitir que el país vuelva a ese lugar oscuro donde amar diferente era motivo de cárcel, silencio o burla. Hoy cuesta imaginarlo, pero en este mismo país, en este mismo territorio que recorre nuestra biografía, la homosexualidad fue delito hasta 1998. Sí, hace apenas un cuarto de siglo.

Mientras muchos celebraban el retorno de la democracia, todavía había jóvenes escondiéndose para no ser detenidos, golpeados o humillados por ser quienes eran. Todavía existía el Artículo 365 del Código Penal que criminalizaba la sodomía. Todavía el Estado decía: amar distinto es un crimen.

Hoy, al recordar el nacimiento de Pedro Lemebel, algo se aprieta en el pecho. No es solo la memoria de un escritor: es la sensación de que todavía le debemos demasiado y el estado está en deuda con un nombre. Le debemos un país más tierno, más justo, más capaz de abrazar a quienes caminan siendo apuntados. Le debemos un Chile donde nadie tenga que esconder su manera de amar o su forma de existir. Lo que hemos avanzado en derechos, en visibilidad, en dignidad, ha costado años de lucha, de dolor, de noches largas para tantas personas que resistieron en silencio. Nada de esto fue un regalo. Nada vino fácil. Y por lo mismo, nada de esto podemos darlo por seguro. Por eso, hoy más que nunca, cuidar lo que hemos construido es un acto de amor para las nuevas generaciones. 

“Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota,

y nuestro deber es que puedan volar….. Pedro Lemebel. 

30991484476?profile=RESIZE_710x

Pedro Lemebel (1952 – 2015).  MANIFIESTO: HABLO POR MI DIFERENCIA. Fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile. Lemebel, Pedro, Loco Afán, Crónicas de sidario, Santiago: Lom Ediciones, 1997. 

30991484687?profile=RESIZE_710xMiguel Angel Rojas Pizarro:

Psicólogo Educacional, Profesor de Historia, Psicopedagogo

psmiguel.rojas@hotmail.com 

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13739288272?profile=RESIZE_710xUna lectura entre el pensamiento del Che, y la Cantata Santa María de Iquique: el amor como fundamento ético de la conciencia latinoamericana.

*Miguel Ángel Rojas Pizarro: es Profesor de Historia y Geografía, Psicólogo Educacional y Psicopedagogo. Libre Pensador. Escritor y columnista, ha dedicado su trabajo a reflexionar sobre educación, salud mental y justicia social en Chile y América Latina, siempre con un enfoque crítico y humanizado. psmiguel.rojas@hotmail.com 

Cada 8 de octubre el calendario vuelve a estremecerse recordando el asesinato de Ernesto Guevara (El Che) en Bolivia. No es una fecha cualquiera: es el día en que la historia recordó que matar un hombre no basta para callar una idea. No importa el mensajero, sino el mensaje. En una escuela boliviana de La Higuera, El Che Guevara fue ejecutado, pero su palabra, su sueño, valores y su ética de la entrega absoluta a la libertad siguieron su viaje por los ríos del continente.

Años después, su espíritu sigue sonando en las guitarras del Grupo Quilapayún, en la Cantata Santa María de Iquique (1970), esa obra que todavía nos sacude el alma. Si El Che hubiera escuchado esa canción, seguramente habría sentido que hablaba de él, de su propia lucha: Una revolución nacida no del odio, sino del amor. Amor por los niños que no conoció, por los obreros sin nombre, por las mujeres que el sistema sigue empujando al silencio, por la justicia que todavía se nos escapa entre los dedos. El Che entendió que la miseria y la enajenación son hermanas, y que pelear contra una sin enfrentar la otra es sólo cambiar de amo.

13739261456?profile=RESIZE_710xLa cantata nació en el corazón de un tiempo donde el canto se volvió bandera. Era 1970, y en Chile germinaba la esperanza popular que acompañaría la llegada de la Unidad Popular y de Salvador Allende. En ese contexto, la Nueva Canción Chilena no fue sólo un movimiento artístico, sino una respuesta cultural al silencio impuesto por siglos. Grupos como Quilapayún, Inti-Illimani y figuras como Víctor Jara o Violeta Parra levantaron la voz de los obreros, campesinos y estudiantes, transformando la música en conciencia. La Cantata Santa María de Iquique fue una de sus cumbres: un poema del pueblo, donde la historia y el dolor se unieron para no ser olvidados jamás.

Hoy, mientras América sigue herida por la desigualdad y el olvido, el mensaje resuena con una claridad dolorosa: No basta con el recuerdo, ni con los homenajes que se pierden entre discursos y populismo individuales en campañas políticas. Hoy, la revolución de la conciencia sigue pendiente. En el Chile de hoy y en este periodo electoral. Recordar al Che no es repetir su nombre, es preguntarnos cuánta injusticia somos capaces de tolerar antes de convertirnos en cómplices.

El Che no sólo está en las camisetas ni en los muros; está en el aula donde un profesor/a enseña a pensar críticamente, en la madre que se organiza por una vida digna, en el joven que se niega a aceptar la miseria como destino.

Eduardo Galeano escribió que “la división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”. Y América Latina ha perdido tanto: su oro, su cobre, su litio, su selva, su voz. El imperialismo no sólo saqueó nuestros recursos, sino también nuestras esperanzas. Nos enseñó a admirar al opresor y a desconfiar del hermano. Pero el Che, como Galeano, entendió que resistir también es una forma de amar.

Y mientras la Cantata Santa María de Iquique siga sonando en cada escuela, sede social y marcha popular, el Che seguirá vivo. Porque esa obra no es sólo una canción: es una herida abierta en Chile. Su letra nos recuerda a los miles de obreros salitreros que fueron asesinados por el Ejército con la aprobación de un Estado indiferente, que prefirió defender los intereses del poder antes que el hambre de su pueblo. Esa masacre fue un espejo de lo que somos y de lo que seguimos siendo: Una sociedad capaz de justificar la injusticia cuando le conviene, de mirar hacia otro lado mientras el trabajador sigue pagando el precio de la historia.

Han pasado más de 100 años, y seguimos igual: los obreros siguen siendo explotados, los pueblos originarios invisibilizados, los pobres culpados de su pobreza. La Cantata no pasa de moda porque la miseria tampoco ha pasado. Mientras haya desigualdad, seguirá siendo actual; mientras haya silencio, seguirá siendo necesaria.

13739261473?profile=RESIZE_400xEl Che Guevara y la Cantata Santa María de Iquique de Quilapayún comparten una misma raíz: la denuncia de la injusticia y la defensa del amor como fuerza revolucionaria. Ambos nacen del dolor del pueblo latinoamericano, de la explotación del trabajador y del olvido impuesto por los poderosos. El Ché convirtió el amor por los oprimidos en acción política; Quilapayún lo transformó en arte y memoria. Por medio de su música, Quilapayún mantiene vivo ese sentimiento de amor revolucionario que El Ché encarnó en su vida: un amor que no se conforma con compadecer, sino que impulsa a transformar. Mientras el Che luchó contra el imperialismo que desangraba a América, la Cantata dio voz a los obreros chilenos masacrados en Iquique, víctimas de ese mismo sistema.

No hay bala que mate una idea, ni olvido que borre una canción que nació del dolor del pueblo. Mientras exista una injusticia en América Latina, el Che vivirá. Y cada vez que alguien escuche la Cantata Santa María de Iquique y sienta un nudo en la garganta, sabrá que la historia no ha terminado. Cada 8 de octubre en América latina ilumina la misma pregunta: ¿Seguiremos sentados pensando que ya pasó, o tendremos el valor de amar con la misma intensidad con que otros se atrevieron a luchar?

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13727788891?profile=RESIZE_710x*Miguel Ángel Rojas Pizarro: es Profesor de Historia y Geografía, Psicólogo Educacional y Psicopedagogo. Libre Pensador. Escritor y columnista, ha dedicado su trabajo a reflexionar sobre educación, salud mental y justicia social en Chile y América Latina, siempre con un enfoque crítico y humanizado. psmiguel.rojas@hotmail.com 

Cada 1 de octubre se conmemora en Chile, el Día de los Asistentes de la Educación, instaurado en 1993 como un reconocimiento a la labor de inspectores, paradocentes, auxiliares, administrativos y técnicos que hacen posible el funcionamiento de las comunidades escolares. Esta fecha busca visibilizar su rol imprescindible, muchas veces invisibilizado, en la formación integral de los estudiantes y en el sostenimiento de los climas de convivencia escolar (Ministerio de Educación de Chile, 2007). Conmemorar este día es, por tanto, un acto de justicia simbólica que pone en el centro a quienes, sin estar siempre frente al aula, contribuyen decisivamente al bienestar de niñas, niños y adolescentes.

Los Asistentes de la Educación cumplen un papel fundamental en el sistema escolar chileno, no solo en el plano administrativo o de apoyo logístico, sino también como actores centrales en la construcción de climas escolares saludables y protectores. Según la Ley N° 20.244, que regula su función en Chile, estos profesionales y técnicos forman parte del personal educativo y contribuyen directamente al desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes.

En el plano de la convivencia escolar, los asistentes actúan como mediadores en la interacción diaria con estudiantes, acompañando a quienes presentan dificultades conductuales, sociales o emocionales. Diversos estudios han señalado que la presencia de adultos significativos en los espacios escolares constituye un factor protector frente a la deserción y el riesgo psicosocial (Unesco, 2019). En este sentido, inspectores, paradocentes y auxiliares suelen ser los primeros en detectar señales de malestar, problemas de adaptación escolar o situaciones de violencia, convirtiéndose en referentes de confianza para los estudiantes.

La literatura en salud mental escolar enfatiza que la prevención primaria de problemas psicológicos se sustenta en un entorno escolar seguro y cohesionado (Murillo & Duk, 2018). Aquí, los asistentes de la educación cumplen un rol invisible pero esencial: desde garantizar rutinas estables y normativas claras hasta brindar escucha activa y contención emocional en momentos críticos. Su cercanía cotidiana les permite identificar signos tempranos de ansiedad, depresión o victimización por bullying, derivando oportunamente a los equipos psicosociales o directivos.

Asimismo, la nueva Ley Karin (Ley N° 21.643) sobre prevención del acoso laboral y escolar, refuerza la necesidad de contar con comunidades educativas sensibilizadas y con protocolos claros de actuación. Los asistentes de la educación son, en este marco, un eslabón clave en la implementación de dichas políticas, al estar presentes en los recreos, pasillos y espacios comunes donde suelen ocurrir interacciones significativas.

En conclusión, reconocer a los asistentes de la educación implica valorar su aporte no solo al funcionamiento operativo de las escuelas, sino también a la salud mental y bienestar de los estudiantes. Cualquier política pública orientada al fortalecimiento del sistema escolar debe considerar la capacitación, reconocimiento y estabilidad laboral de este estamento, pues su rol constituye un factor protector psicosocial de primera línea.

Finalmente, como sistema educativo estamos en deuda con nuestros Asistentes de la Educación. La falta de recursos, de estabilidad contractual y de reconocimiento social invisibiliza la trascendencia de su labor. Relevar y dignificar su trabajo cotidiano es un imperativo ético y político si queremos avanzar hacia escuelas más justas, inclusivas y saludables.
A esta deuda histórica se suma la exclusión de los Asistentes de la Educación del bono de zona extrema, beneficio que sí reciben otros estamentos y que es vital en regiones apartadas como Aysén, Magallanes o Arica y Parinacota. Reconocer su derecho a condiciones laborales equitativas no es solo un acto administrativo, sino una forma concreta de valorar a quienes día a día, en lugares lejanos y con mayores dificultades, siguen haciendo patria desde las escuelas.

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13708857276?profile=RESIZE_710xEl ajedrez desenmascara la impostura: las piezas mal puestas no construyen estrategia, sólo espectáculo. 

Señor Jose Antonio Kast

Candidato Presidencial de la República de Chile  

He visto su fotografía en sus redes sociales frente a un tablero de ajedrez. Lo que pretendía ser un gesto de inteligencia y estrategia terminó revelando lo contrario: Un tablero mal orientado, piezas colocadas al azar, un conjunto incoherente que no resiste ni siquiera la mirada de un aficionado. No es casualidad. El ajedrez, como la política, desenmascara cuando se juega con impostura. Yo prefiero ser un peón antes que un falso rey.

En el ámbito del ajedrez y la vida. El peón avanza con humildad, paso a paso, aceptando su condición sin soberbia. No necesita simular grandezas: Su fuerza radica en la dignidad del esfuerzo, en el mérito silencioso de avanzar sin retroceder. Su poder no está en aparentar, sino en transformar cuando llega al final del camino.

Recuerdo aquí una jugada inmortal: la llamada “Inmortal de Anderssen” (Londres, 1851). En ella, el maestro sacrificó sus piezas más poderosas torres, alfiles, incluso la dama hasta quedar con lo mínimo. Y fue precisamente un peón avanzado el que selló la victoria, demostrando que la grandeza no depende del título de la pieza, sino de la claridad con que se juega cada movimiento.

También saco a la palestra la obra maestra del cine El séptimo sello de Ingmar Bergman. Allí, el caballero Antonius Block desafía a la Muerte en una partida de ajedrez, buscando un respiro frente a lo inevitable. El tablero se convierte en un espejo de la verdad: no hay espacio para la mentira, porque tarde o temprano la Muerte cobra su precio. Y en política ocurre lo mismo: la impostura o las promesas de campaña al viento siempre encuentra su límite.

Usted, señor Kast, parece jugar una partida falsa, con un tablero torcido y piezas al azar. Pretende mostrarse como estratega, pero su montaje carece de sustancia. Un falso rey que ignora las reglas más básicas de la partida que dice conducir. Y me inquieta que también ignore las reglas sociales básicas de una sociedad como los DDHH.

La diferencia es clara: El peón nunca miente sobre su lugar, nunca se disfraza de lo que no es. En su sencillez hay autenticidad. Y en esa discreción habita la verdadera grandeza.

La historia, como la Muerte en Bergman, no perdona las imposturas. Los falsos reyes siempre caen, y caen rápido. Los peones y el pueblo, en cambio, permanecen en la memoria porque representan el valor de lo pequeño, lo constante y lo verdadero.

13708850460?profile=RESIZE_710xPor eso, prefiero ser peón. Porque el mérito está en el camino recorrido, no en la apariencia fabricada. Y a usted, querido/a lector, le dejo la pregunta abierta: ¿Estamos frente a un estratega que entiende la profundidad del juego, o solo ante un oportunista que acomoda las piezas para la foto, sin comprender nunca la partida real?

Porque si su futuro gobierno se parece a esa partida que vimos en la imagen. Un tablero mal puesto, piezas fuera de lugar y movimientos incoherentes, lo único que nos espera es el caos de jugadas improvisadas, condenadas desde el inicio al jaque mate de la historia y del pueblo. “El ajedrez nos enseña que cada pieza cuenta. El futuro no depende de un rey impostor, sino de la lucidez de los peones que decidan no prestarse a una farsa”.

Porque la historia y los procesos sociales no se escribe con fotos montadas, sino con movimientos reales. Y ahí, señor Kast, es donde se verá quién juega y quién solo posa. 

Miguel Angel Rojas Pizarro / Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogía / psmiguel.rojas@hotmail.com 

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13704125274?profile=RESIZE_710xDe la emancipación inconclusa a la mediocridad social: ¿Qué celebramos realmente cada 18 de septiembre? 

Por Miguel Ángel Rojas Pizarro:. Profesor de Historia, Psicólogo Educacional y Psicopedagogo. @Soy_profe_feliz – psmiguel.rojas@hotmail.com 

Fiestas, promesas presidenciales y postverdad: Un espejo de la sociedad chilena actual. Llega septiembre y Chile se transforma. Las banderas aparecen en los balcones, la cueca se escucha en las radios, y el olor a empanada y asado se mezcla con la alegría de reencontrarse con la familia. Para muchos, estas son las fiestas más esperadas del año, un paréntesis de descanso y de identidad compartida. Sin embargo, no puedo dejar de hacerme la misma pregunta que hace más de cien años formuló Luis Emilio Recabarren: ¿Qué celebra realmente el pueblo en Fiestas Patrias?

Luis Emilio Recabarren. el primer pensador y organizador marxista en Chile y uno de los primeros en América Latina en 1905 escribía desde Tocopilla con la crudeza de un obrero que conocía en carne propia la miseria y la explotación. Para él, la independencia proclamada en 1810 no había significado ninguna libertad para los trabajadores. Los pobres seguían pobres, los ricos se habían emancipado de los españoles para convertirse en los nuevos dominadores, y el pueblo era invitado a celebrar cadenas pintadas de tricolor. Su texto no es solo historia: es un espejo que todavía hoy refleja desigualdades.

Más de un siglo ha pasado. Es cierto: Chile ya no es aquel país de analfabetismo masivo, jornadas laborales de 14 horas y mortalidad infantil desbordada. Tenemos voto universal, escuelas abiertas para todos, universidades a las que acceden jóvenes de primera generación, y un sistema de salud que, aunque imperfecto, salva vidas. La jornada de 40 horas aprobada en 2024 es prueba de que la lucha de los trabajadores dejó huellas.

Y sin embargo, el eco de Recabarren no se apaga. Chile sigue estando entre los países más desiguales de la OCDE (OECD, 2023). El acceso a educación, vivienda y salud de calidad sigue marcado por el bolsillo. Las protestas de 2019 lo gritaron fuerte: había un malestar profundo bajo la superficie. El fracaso del proceso constituyente dejó a muchos con la sensación de que los sueños colectivos se desmoronan frente a los intereses de unos pocos (PNUD, 2022).

 En las salas de clases: estudiantes que aman bailar cueca y armar ramadas, pero que también preguntan por qué sus familias viven con incertidumbre económica, o por qué la salud mental se ha vuelto un tema urgente. sé que estas preguntas no son simples; son la evidencia de que las nuevas generaciones no quieren conformarse con relatos vacíos.

Aquí aparece la voz de José Ingenieros, médico, psiquiatra, psicólogo, criminólogo, farmacéutico, sociólogo, filósofo, masón, teósofo​​escritor y docente ítalo argentino.  Quien en una de sus principales obras. El hombre mediocre (1913) advertía que los pueblos se estancan cuando se conforman con lo poco. La mediocridad, decía, no es falta de talento, sino falta de ideales. ¿No es acaso lo que nos ocurre cuando celebramos el 18 de septiembre sin cuestionar sus contradicciones?

No se trata de negar la fiesta porque celebrar también es parte de la vida y de nuestra cultura popular, sino de dotarla de sentido. ¿Qué independencia celebramos si miles esperan meses por una atención de salud, si la educación pública aún lucha por recursos dignos, o si la vejez se vive con pensiones que no alcanzan? Ingenieros nos empuja a preguntarnos: ¿somos un pueblo que se contenta con banderas, discursos y desfiles, o un pueblo capaz de levantar ideales de justicia y dignidad?

Si a esta lectura sumamos el concepto contemporáneo de postverdad, el panorama se complejiza. En tiempos donde las emociones pesan más que los hechos, y donde la información circula fragmentada por redes sociales, muchas veces celebramos relatos oficiales sin detenernos a pensar en su veracidad o en sus silencios (Keyes, 2004; Oxford Dictionaries, 2016).

La postverdad no solo afecta a la política electoral —donde candidatos pueden manipular cifras o apelar al miedo—, también toca la manera en que entendemos la historia. ¿No vivimos acaso una suerte de “postverdad patriótica” cuando repetimos símbolos de unidad nacional, aun sabiendo que las brechas sociales siguen marcando nuestra convivencia?

Ingenieros sería implacable en este punto: un pueblo que se contenta con apariencias, que acepta sin crítica relatos manipulados, es un pueblo mediocre. La verdadera independencia no se alcanza con discursos o banderas, sino con ideales vivos que encarnen justicia y dignidad.

Este año las Fiestas Patrias ocurren en medio de una nueva campaña presidencial. Cada candidato promete interpretar al “Chile real”, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma que en tiempos de Recabarren: ¿quién se beneficia de la patria que celebramos? Unos ofrecen orden y seguridad, apelando al miedo y al cansancio ciudadano. Otros hablan de un nuevo pacto social, de derechos garantizados y de justicia redistributiva. Entre medio, la ciudadanía observa con escepticismo, cansada de promesas incumplidas.

 La escuela, otra vez, aparece como metáfora. Allí se enseña cada septiembre que en 1810 nació la patria. Pero rara vez se invita a los niños y niñas a pensar qué significa ser libres hoy. Quizás, si nos atreviéramos a abrir esa conversación, estaríamos formando ciudadanos menos conformistas y más conscientes de que la independencia aún es un camino por recorrer.

A más de un siglo del escrito de Recabarren, Chile ha cambiado en derechos, educación y condiciones materiales. Pero en lo esencial, la desigualdad persiste como una herida abierta. La vigencia de las ideas de Jose Ingenieros es innegable: Un pueblo que se conforma con lo poco, que celebra símbolos sin transformarlos en ideales, es un pueblo que se resigna a la mediocridad.

La pregunta entonces queda abierta para este septiembre y para las elecciones que vienen: ¿Queremos seguir siendo una sociedad mediocre que se conforma con lo poco, o estamos dispuestos a construir una patria digna, justa y verdaderamente libre? Celebrar no está mal; lo pernicioso es celebrar sin pensar. Tal vez el verdadero patriotismo consista en eso: en atrevernos a imaginar y luchar por un Chile que, por fin, pueda ser celebrado por todos.

 

“Los pueblos mediocres celebran sus cadenas como si fueran victorias; los pueblos libres celebran sus ideales como conquistas.”

 

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Referencias

 

  • Ingenieros, J. (2007). El hombre mediocre. Buenos Aires: Losada. (Trabajo original publicado en 1913).
  • Keyes, R. (2004). The post-truth era: Dishonesty and deception in contemporary life. New York: St. Martin’s Press.
  • (2023). Income inequality (indicator). OECD Data.
  • Oxford Dictionaries. (2016). Word of the Year 2016 is... Oxford Languages.
  • (2022). Informe sobre Desarrollo Humano en Chile 2022: Desigualdades y cohesión social. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
  • Recabarren, L. E. (1971). Escritos de Luis Emilio Recabarren. Santiago: Editorial Quimantú. (Trabajo original publicado en 1905).

 

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13698392096?profile=RESIZE_400x“El fascismo se instala cuando la violencia se normaliza en lo cotidiano y se convierte en un lenguaje político”.
(Arendt, 1951, p. 36)
 

Hoy, más allá de las camisetas, todos los equipos de fútbol del continente estamos con la Universidad de Chile. 

El pasado 20 de agosto, la Universidad de Chile vivió una de sus jornadas más amargas fuera de la cancha. Durante su visita a Argentina, específicamente en Buenos Aires  para disputar la Copa Sudamericana versus Independiente de Avellaneda, hinchas azules fueron víctimas de una brutal represión policial en las tribunas, en medio de un clima hostil marcado por insultos, golpes y un trato desmedido por parte de la barra del equipo de Avellaneda y la seguridad local. Las imágenes de familias y jóvenes intentando resguardarse del gas y los bastonazos dieron la vuelta al continente, despertando solidaridad en todo Chile y evidenciando que lo ocurrido no puede explicarse como un hecho aislado, sino como un síntoma de algo más profundo: La violencia normalizada en el fútbol y en nuestra vida cotidiana en nuestro contitente.

Aunque soy hincha de Colo Colo y vibro cada vez que la pelota rueda sobre el césped, quiero comenzar diciendo desde el corazón: todos los amantes del fútbol, más allá de los colores de la camiseta, somos una sola familia. Una familia atravesada por la pasión, la historia y la cultura popular. Y por eso mismo, lo que ocurrió en Argentina con los hinchas de la Universidad de Chile no puede ser entendido como un hecho aislado ni reducido a una pelea de barras. Fue un episodio de violencia que refleja cómo los discursos nacionalistas y autoritarios resurgen en nuestra región bajo nuevas formas, expresando lo que en palabras simples podemos llamar fascismo.

El fascismo no es teoría: es violencia cotidiana. Cuando hablamos de fascismo, no nos referimos únicamente a un concepto filosófico encerrado en una cátedra universitaria. No es un ejercicio teórico ni una palabra lejana. El fascismo se expresa en lo concreto: En la violencia ejercida contra el otro, en la brutalidad policial justificada por la bandera o bajo la frase “Por la Patria”, en el rival deportivo convertido en enemigo. Lo que vimos en el estadio argentino fue eso: Nacionalismo exacerbado traducido en golpes, insultos y barbarie.

Como advertía Arendt (1951), el totalitarismo nace en sociedades fragmentadas, donde los individuos se sienten aislados y sin comunidad. La violencia, entonces, se convierte en un lenguaje político aceptado. En el mismo sentido, Gramsci (1971) planteaba que en tiempos de crisis las élites buscan mantener la hegemonía alimentando divisiones y generando consensos a través del miedo. Lo ocurrido en Argentina responde a esa lógica: mientras dirigentes y autoridades miraban hacia otro lado, lo que importaba no eran las personas, sino los puntos en la tabla.

 13698141677?profile=RESIZE_710xEduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina, nos recordaba que este continente siempre ha cargado con una herida abierta: la de la explotación, la desigualdad y la represión contra los sectores populares (Galeano, 1971). El fútbol, como parte de la cultura del pueblo, no escapa a esas dinámicas. Lo que pasó en Argentina no es distinto de lo que vemos en Chile, Brasil o Colombia: la represión se dirige casi siempre contra los jóvenes, los pobres, los hinchas que encarnan la pasión de las mayorías.

No olvidemos que en Chile la violencia policial ya ha costado vidas. El caso de Jorge Mora, atropellado por Carabineros en 2020 a la salida del Estadio Monumental, es una herida aún abierta (Cooperativa, 2020). Y su nombre se suma a otros episodios en los últimos diez años donde la represión estatal encontró en el fútbol un terreno de castigo y muerte. Cuando el Estado actúa así, el fascismo avanza disfrazado de orden.

Diego Armando Maradona, con toda su historia de luces y sombras, dejó una frase inmortal en su partido homenaje: “La pelota no se mancha”. Esa afirmación sigue vigente porque recuerda que el fútbol no pertenece a los burócratas, ni a los gobiernos, ni a los empresarios. El fútbol es del pueblo. Y cuando la violencia, el mercado o la represión lo manchan, lo que se pierde es mucho más que un partido: se pierde parte de nuestra identidad colectiva. 

Históricamente, el fútbol nació en los barrios obreros y en los puertos. Fue un refugio y un lenguaje de resistencia frente a las élites. Estudios como los de Archetti (1999) y Giulianotti (2002) muestran cómo el fútbol en América Latina se convirtió en un espacio de identidad popular y de construcción comunitaria. Sin embargo, en Chile ese espíritu fue muriendo lentamente con la llegada de las sociedades anónimas deportivas (SADP).

En nombre de la modernización, se privatizó a los clubes, se borró la memoria de las instituciones y se transformó a los hinchas en clientes. Colo Colo, la U, la UC y tantos otros equipos dejaron de ser de los socios y de los barrios para pasar a ser manejados como empresas. Esa lógica mercantil también es una forma de violencia, porque despoja al pueblo de su patrimonio cultural. Allí, en ese despojo, también anida el fascismo: en el vaciamiento de sentido, en la expulsión de la comunidad de su propio lugar de encuentro.

Frente a todo esto, la respuesta no puede ser el silencio ni la normalización. Debemos educar sin nacionalismos, sin odios, sin convertir al rival en enemigo, porque lo que está en juego no es solo un deporte, sino la convivencia democrática de nuestros pueblos. Lo que ocurrió en Argentina nos muestra que el fascismo no llega vestido de camisas negras, ni con discursos académicos: llega en forma de insulto, de golpe, de un joven caído en el estadio.

Por eso, como diría Galeano (1971), la memoria es un acto de resistencia. Recordar que el fútbol es patrimonio del pueblo, que la pelota no se mancha, es una forma de defender no sólo el deporte, sino también la dignidad de nuestras sociedades.

 El verdadero adversario en la cancha de la historia no es Colo Colo, la U, Alianza de Lima, Bolívar, River o Boca Juniors. El único rival que debemos enfrentar como familia futbolera es. el fascismo y la violencia organizada que se infiltra en algunas barras bravas y con ello no quiero generalizar a las hinchadas y su fervor popular que vibra toda la familia. A ese sí hay que marcarle goles, golearlo con solidaridad, derrotarlo con memoria, expulsarlo con dignidad. Porque sólo cuando entendamos que la pelota nos une y que “la pelota no se mancha” (Maradona, 2001), podremos decir que hemos jugado el partido más importante y lo hemos ganado como pueblos.

Pero no todo está perdido. Si el fútbol nació en los barrios obreros y en los puertos, también puede volver a ser espacio de encuentro, educación y comunidad. Las escuelas, los clubes de barrio, las hinchadas conscientes y los propios jugadores tienen la posibilidad de recuperar la esencia de este deporte: la fraternidad. Cuando el balón rueda en una pichanga improvisada en la tierra, entre niños que ríen sin importar la camiseta, recordamos que la pelota une más de lo que divide.

 La salida está en educar sin odio, construir memoria colectiva y devolver el fútbol al pueblo. Sólo así podremos decir, con Maradona, que “la pelota no se mancha”. Y entonces sí, habremos ganado el partido más importante: el de la dignidad y la esperanza compartida en nuestras canchas y en nuestras sociedades.

Por: Miguel Ángel Rojas Pizarro:. /  Psicólogo Educacional - Profesor de Historia - Psicopedagogo. /  @Soy_Profe_Feliz - www.miguelrojas.cl 

Referencias

  • Arendt, H. (1951). Los orígenes del totalitarismo. Nueva York: Harcourt Brace.
  • Archetti, E. (1999). Masculinities: Football, Polo and the Tango in Argentina. Oxford: Berg.
  • Cooperativa. (2020, 29 de enero). Hincha de Colo Colo murió atropellado por un carro de Carabineros tras partido en el Monumental. Radio Cooperativa. https://www.cooperativa.cl
  • Galeano, E. (1971). Las venas abiertas de América Latina. Montevideo: Siglo XXI Editores.
  • Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. Nueva York: International Publishers.
  • Giulianotti, R. (2002). Supporters, Followers, Fans, and Flâneurs: A Taxonomy of Spectator Identities in Football. Journal of Sport & Social Issues, 26(1), 25–46.
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13696923064?profile=RESIZE_710xLa novela Guerra y Paz como espejo de nuestras elecciones, entre promesas vacías y la fuerza silenciosa de la ciudadanía. 

Por: Miguel Ángel Rojas Pizarro:. / Psicólogo Educacional - Profesor de Historia - Psicopedagogo. / @Soy_Profe_Feliz - www.miguelrojas.cl 

León Tolstói, en su magna obra Guerra y Paz, nos enseñó que la historia no la escriben los grandes generales ni los héroes de mármol, sino millones de pequeñas voluntades humanas que se entrelazan en medio de la incertidumbre. Napoleón, en su relato, es apenas un actor más, inflado por la soberbia, mientras el verdadero drama ocurre en los campos helados, donde hombres y mujeres anónimos sufren, aman, resisten y mueren.

Hoy, en Chile, en medio de campañas presidenciales y parlamentarias, no cuesta ver el mismo teatro en los debates y la prensa. Los candidatos aparecen como nuevos Napoleones: Iluminados en la pantalla, rodeados de frases y promesas grandilocuentes, convencidos de que su figura será la que mueva los hilos de la historia. Pero como escribió Tolstói en Guerra y Paz: ‘Los grandes hombres son siempre esclavos de la historia’. Es decir, no son ellos quienes deciden el destino, sino los pueblos que laten bajo la superficie.

Pero fuera del set de televisión y giras por todo el país, la vida política se juega en otro lado: En la madre que no logra pagar el arriendo o llegar a final de mes, en el joven que estudia endeudado, en la profesora agotada que sigue sosteniendo a sus estudiantes a pesar del cansancio, en el obrero que vuelve tarde a su casa con un sueldo que apenas alcanza.

Esa es nuestra batalla diaria., recordándonos que la verdadera historia se escribe desde abajo, en la lucha de quienes producen y sostienen el país. En estas nuevas campañas nos recuerdan que ninguna esperanza puede descansar en los hombros de un caudillo o de alguien que nunca ha vivido nuestra realidad, porque los pueblos solo se liberan a sí mismos cuando se organizan, cuando rompen con la obediencia ciega. Y la psicología humanista nos recuerda que nada de esto tiene sentido si olvidamos la dignidad, la esperanza y la búsqueda de sentido en cada vida concreta.

Pero no basta con la crítica. Como ciudadanos tenemos un deber: Mirar más allá de la sonrisa del afiche o el jingle radial. Debemos saber de nuestros candidatos a parlamentarios: ¿Cómo votaron en su período legislativo? ¿Cuál fue su nivel de asistencia?, ¿cuántas veces se abstuvieron y, sobre todo, si su discurso se condice con sus votaciones. Eso es un aporte real al distrito donde vivo y donde vives tú. Y también debemos exigir transparencia mínima: que en su publicidad señalen con claridad de qué partido provienen. No es válido disfrazarse de “independientes” mientras se ocupa el cupo de un partido; esa es una falta de honestidad que erosiona la confianza ciudadana.

La política chilena se ha convertido en un escenario de guerra simbólica, pero la paz verdadera no llegará de discursos ni promesas. Vendrá de las calles, de los cabildos, de los abrazos que nos damos cuando todo se derrumba, de las redes de solidaridad que nacen en la adversidad. Tolstói decía que la trascendencia no estaba en las conquistas militares, sino en cómo enfrentamos la vida con amor y sencillez. Quizás el futuro de Chile no dependa de los nombres en la papeleta, sino de lo que somos capaces de construir juntos, en silencio, desde abajo. “El hombre vive consciente para sí, pero sirve inconscientemente de instrumento para los fines históricos de la humanidad” — Tolstói, Guerra y Paz.

La historia de este país no se escribe en los sets televisivos iluminados de los candidatos, sino en las cocinas encendidas al amanecer, en las manos cansadas que igual siembran, en los ojos que sueñan con un mañana más digno.

Algún día, cuando todo este ruido electoral se haya apagado, quedará en pie lo que siempre sostiene a los pueblos: su capacidad de organizarse, de resistir y de amar. Entonces, quizá, podamos decir que nuestra guerra terminó… y que, por fin, empieza la paz. Porque, como escribió Tolstói en Guerra y Paz: "La vida no se detiene ni un instante, y la razón del hombre se revela no en comprender la historia, sino en vivirla’. El futuro está en nuestras manos".

Por eso, más allá de colores políticos o banderas partidarias, la invitación es clara: infórmate, revisa, contrasta, exige. Está en nuestras manos el destino de este país. El futuro no se decide en un afiche ni en un discurso vacío, sino en el voto consciente de ciudadanos y vecinos que saben por quién y por qué votan. Infórmate: el país que soñamos depende de nosotros. 

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13676288499?profile=RESIZE_710xPor: Miguel Ángel Rojas Pizarro:. / Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo / @Soy_Profe_Feliz – psmiguel.rojas@hotmail.com 

"En un Chile silenciado por el miedo, Caszely pateaba el balón con la misma fuerza con la que pateaba la injusticia." — Crónica deportiva, 1988. 

Hace unos días, escuché a Francisco Orrego, panelista del programa Sin Filtros, referirse a Carlos Caszely como “ignorante”. Más allá de la discrepancia política o futbolística que cualquiera pueda tener, el calificativo no sólo es injusto: es históricamente miope. Porque la figura de Caszely no se entiende únicamente desde los números —aunque estos lo consagran como uno de los más grandes goleadores de nuestra historia—, sino desde el rol social y moral que encarnó en uno de los periodos más oscuros de Chile.

¿A quién le ha ganado Orrego? Esa pregunta que en el fútbol se lanza con ironía, aquí cobra un sentido literal: no basta con opinar desde la comodidad de un estudio y no ser reconocido por ninguna acción colectiva, como lo hizo Caszely que combatió desde su tribuna, a toda una dictadura militar en plena represión. No basta con sentenciar desde un silla de un live de internet sin haber arriesgado la carrera, la integridad personal y la seguridad de la propia familia por mantenerse fiel a las convicciones.

Y sí, Caszely era temperamental. Tenía esa picardía y desparpajo que enloquecía a los rivales y a veces a sus propios compañeros. Fue el hombre de los goles imposibles en Copa Libertadores, de las definiciones a un toque que levantaban estadios. Fue tricampeón de goleo en Chile, máximo artillero de la Libertadores 1973 y artífice de partidos que quedaron tatuados en la retina popular. Y, de paso, ostenta un récord único: fue el primer jugador expulsado en la historia de los mundiales bajo el sistema de tarjeta roja, en Alemania 1974. Un hito que sus detractores mencionan con sorna, pero que sus hinchas recuerdan como muestra de su carácter indomable: El mismo que le permitió no bajar la cabeza ante la injusticia, dentro y fuera de la cancha.

13676276867?profile=RESIZE_710xCarlos Humberto Caszely no sólo hizo historia por sus goles. Lo hizo por negarse a estrechar la mano del dictador Augusto Pinochet antes del Mundial de 1974, un gesto silencioso pero ensordecedor en un Chile donde el miedo era moneda del día a día. Lo hizo por denunciar públicamente la violencia que sufrió su madre a manos de agentes de la dictadura. Lo hizo por pararse, con voz clara, en la franja del “No” en 1988, cuando aún muchos dudaban en enfrentar al régimen.

En tiempos de censura, Caszely fue más que un delantero: fue una bandera de dignidad y resistencia. Mientras otros optaron por el silencio o la conveniencia, él se la jugó por sus ideales, y lo hizo sabiendo que eso podía costarle no sólo su carrera, sino su libertad. Por eso se ganó el clamor popular. No fue por carisma artificial ni por marketing: fue porque, en la cancha y fuera de ella, representó la alegría y el coraje de un pueblo herido.

Criticarlo hoy desde una comodidad televisiva, reduciéndolo a un adjetivo despectivo, es desconocer que su grandeza se mide en goles… pero sobre todo en gestos. Gestos que, en la memoria colectiva, pesan más que cualquier estadística: el gol que levantaba a un estadio entero, la sonrisa que devolvía esperanza en plena represión, la negativa a legitimar con un saludo a quien mantenía al país bajo el miedo.

Se puede discutir sobre jugadas, sobre estilos de juego, sobre el peso de sus participaciones en mundiales. Lo que no se puede hacer es borrar el valor histórico de un futbolista que se atrevió a poner sus principios por delante del poder. Esa valentía no se mide con el VAR ni con la tabla de posiciones; se mide con la memoria y el respeto.

Por eso, Sr. Orrego, la próxima vez que quiera evaluar a Caszely, recuerde que hay personas que han ganado algo mucho más importante que un debate televisivo: han ganado el derecho a ser recordadas como símbolos de coherencia, dignidad y alegría en un país que tantas veces ha carecido de ellas. Y, sobre todo, gracias, Don Carlos Humberto Caszely, por tantas alegrías en un Chile que sufría. Gracias por los goles que nos hicieron olvidar, aunque fuera por noventa minutos, el miedo y la oscuridad. Gracias por demostrar que, incluso en los tiempos más difíciles, todavía era posible sonreír.

Finalmente, y de forma amistosa, invito a Francisco Orrego a reflexionar y pedir disculpas a toda una generación que vivió junto a Caszely momentos imborrables. Porque nadie puede llamar ignorante a otro basándose en prejuicios o diferencias políticas. Más allá de los títulos que se cuelgan en una pared, un hombre se mide por sus acciones, y en ese terreno, Carlos Caszely ya ganó el partido hace mucho tiempo. 

Nunca fui un héroe, sólo un jugador que no quiso traicionarse a sí mismo." — Carlos Caszely. 

13676280077?profile=RESIZE_710xMiguel Ángel Rojas Pizarro Profesor de Historia, Psicólogo Educacional, Psicopedagogo, escritor chileno, columnista y académico universitario.

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Ya se ha hecho habitual en Chile que, en época electoral, algunos partidos apuesten por rostros faranduleros o vinculados al espectáculo y a otras áreas que poco tienen que ver con el ejercicio de un cargo público tan serio como es ser parlamentario representantes del pueblo. Y ahora, a pocos meses de renovar parte del Congreso, desde Chile Vamos han vuelto a dar una señal clara: insistirán en esta fórmula.

Si en su momento la UDI respaldó a Cathy Barriga para llegar a la alcaldía de Maipú con las consecuencias que todos conocemos, hoy Renovación Nacional (RN) apuesta por Marlen Olivarí actual participante del reality Mundos Opuestos y por Pablo Herrera, cantante devenido en comentarista político en programas como Sin Filtros. Ambos forman parte de la prenómina oficial que el partido, liderado por el senador Rodrigo Galilea, busca llevar a las elecciones parlamentarias del próximo 16 de noviembre.

El Parlamento no es un reality, es un trabajo con dedicación, con compromiso, que es pagado por todos los ciudadanos, la estrategia de RN es evidente: usar rostros con visibilidad para captar votos, sin una evaluación seria de competencias. Y advierte que este camino ya ha dejado malas experiencias —Pamela Jiles, María Luisa Cordero, Hotuiti— donde el resultado ha sido más daño que aporte a la política.

Aquí mi inquietud no es solo por quiénes se postulan, sino por el mensaje que se envía a las bases militantes. ¿Qué pensarán los miles de hombres y mujeres que llevan años trabajando por su partido, caminando bajo la lluvia para tocar puertas, organizando actividades comunitarias, defendiendo a sus vecinos sin cámaras ni micrófonos? ¿Qué sentirán al ver que la oportunidad de representar a su distrito se entrega a quienes jamás han participado en la vida partidaria ni en el que hacer público?

Y la pregunta de fondo de esta columna: ¿quién decide esto? ¿Se consultó a las bases o fue una decisión tomada en cuatro paredes? Porque cuando no hay democracia interna, la militancia se convierte en simple número para mantener la vigencia legal del partido ante el Servel, pero sin incidencia real en las decisiones.

Este fenómeno no es exclusivo de RN. Es transversal y revela una crisis política profunda en Chile. El Informe sobre desarrollo humano en Chile 2023 del PNUD advierte que la confianza en el Congreso y los partidos políticos está en mínimos históricos, con más de la mitad de la ciudadanía sintiéndose fuera del sistema (PNUD, 2023). Seguir apostando por la popularidad por sobre la coherencia no hará más que agrandar esa brecha.

Por eso, RN se transforma en un ejemplo claro de lo que no hay que hacer, y el mensaje debería ser escuchado por todos los partidos, sin importar su color. Si las cúpulas siguen imponiendo candidatos por visibilidad y no por mérito, compromiso o trayectoria, ¿para qué militar? ¿Para qué dedicar años a sostener una orgánica que, al final, no escucha a sus bases?

A los militantes de RN y de cualquier partido les digo: impónganse a sus parlamentarios y presidentes regionales, exijan respeto y participación real en las decisiones. No olviden que ustedes, las bases, son quienes sostienen el verdadero corazón de un partido. Sin su trabajo silencioso, sin su tiempo, sin su sacrificio personal y familiar, las cúpulas no serían nada más que un grupo reducido de personas hablando entre sí, sin legitimidad ni sustento. Ustedes son quienes levantan banderas, organizan reuniones, tocan puertas y defienden causas en la calle; son quienes transforman las ideas en acción y las promesas en trabajo real.

Si hoy no se hacen escuchar, si no ponen límites y condiciones, mañana verán cómo sus propios partidos se convierten en estructuras vacías, controladas por unos pocos que deciden a espaldas de todos. No permitan que los utilicen solo para engrosar padrones o cumplir con requisitos legales ante el Servel. La política, sin ustedes, pierde su alma. Impónganse ahora, porque si esperan demasiado, lo que estará en juego no será solo su tiempo o su energía… será la esencia misma de la militancia y, con ella, la fe en que la política puede servir para cambiar las cosas. Y si eso se pierde, entonces, todo estará perdido.

 

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Por: Miguel Ángel Rojas Pizarro Profesor de Historia, Psicólogo Educacional y Psicopedagogo.

@Soy_profe_feliz – psmiguel.rojas@hotmail.com

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Por Miguel Ángel Rojas Pizarro:. / Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo / @Soy_Profe_Feliz – psmiguel.rojas@hotmail.com 

En un país donde los profesores son empujados a sostener realidades imposibles, donde se les exige todo sin garantizar lo mínimo, lo ocurrido en la ciudad de Limache no puede abordarse únicamente desde la óptica del escándalo viral o la condena fácil. Sí, el grito fue desmedido. Sí, hay protocolos que proteger. Pero también hay una verdad más profunda que debemos sostener: ese profesor y colega no está solo.

De acuerdo con el Marco para la Buena Enseñanza (Mineduc, 2021), el docente tiene el deber profesional de “mantener un clima de aula respetuoso y seguro, regulando sus propias emociones para favorecer el aprendizaje”. Asimismo, el Reglamento Interno de Convivencia Escolar de cada establecimiento, en concordancia con el Decreto 67/2018, establece que las reacciones del adulto frente a conductas disruptivas deben ser formativas y proporcionales, evitando expresiones que puedan interpretarse como maltrato verbal. En este sentido, el grito emitido por el profesor de Limache, aunque comprensible desde un punto de vista humano, constituye una vulneración a estos principios normativos y exige un reconocimiento del error. Sin embargo, reconocer la falta no significa abandonar al docente: el mismo cuerpo normativo reconoce la importancia de resguardar su bienestar emocional y de proveerle apoyo para prevenir nuevas situaciones de desbordamiento.

La reacción visceral del docente que perdió la calma ante una defensa explícita de Augusto Pinochet por parte de una estudiante ha sido ampliamente condenada por autoridades, medios y redes sociales. Pero pocos han preguntado: ¿cómo está ese profesor? ¿Qué cargas emocionales llevaba acumuladas? ¿Qué apoyo recibió antes de ese día?

¿Una escuela que enferma a quienes la sostienen? Chile vive una crisis estructural de salud mental docente. El síndrome de agotamiento profesional (burnout) afecta a más del 50% de los profesores del sistema público, según datos del Colegio de Profesores y del Ministerio de Salud (Minsal, 2023). Las aulas se han transformado en espacios de tensión permanente, con episodios crecientes de violencia verbal, amenazas y desregulación emocional tanto de estudiantes como de adultos (Valdés & Hirmas, 2022).

El grito en Limache no es un acto heroico, el colega debe aprender de su error, pero tampoco es un crimen: es un síntoma. Como lo ha señalado la literatura internacional, cuando los profesionales de la educación no cuentan con espacios de autocuidado, apoyo psicológico ni reconocimiento social, es el cuerpo el que grita lo que la razón ya no puede sostener (Dubet, 2006).

¿Qué hacer? Soluciones reales desde el DSM-5, la APA y las normativas Mineduc

Este hecho no solo debe indignarnos o dividirnos: debe movilizarnos. Existen múltiples herramientas que permiten prevenir, contener y reparar este tipo de situaciones sin criminalizar a los docentes.

Desde la psicología clínica y educacional (APA y DSM-5):

  • El síndrome de burnout puede conceptualizarse como parte del Trastorno de adaptación (F43.2) según el DSM-5, que describe reacciones emocionales desproporcionadas frente a factores estresores laborales, con síntomas como irritabilidad, llanto fácil, ansiedad o estallidos de ira (APA, 2013).
  • En casos más agudos, puede derivar en un Trastorno de estrés agudo o Trastorno de estrés postraumático (TEPT) si el profesional ha sido víctima de hostigamiento, amenazas o violencia laboral, condiciones presentes en muchas escuelas del sistema.
  • La American Psychological Association (2019) recomienda intervenciones tempranas en contextos de riesgo psicosocial, promoviendo protocolos de autocuidado, espacios de supervisión emocional y acompañamiento terapéutico para prevenir desbordes y preservar la dignidad profesional.

Desde las normativas del Mineduc y políticas nacionales: 

  • Activar lo señalado en el Marco para la Buena Enseñanza (MBE, 2021), que exige generar climas de aula favorables, proteger el bienestar emocional del docente y gestionar los conflictos de forma pedagógica.
  • Fortalecer el rol del equipo de convivencia escolar, según lo establecido en el Decreto 67/2018, que propone medidas formativas ante hechos disruptivos, no sólo sancionadoras.
  • Incorporar el enfoque del Decreto 83/2015, que permite ajustes razonables en la práctica pedagógica, incluyendo apoyo emocional, adaptaciones en la jornada laboral y asesoramiento psicopedagógico para docentes bajo presión.
  • Activar estrategias del Plan Nacional de Salud Mental Escolar (Mineduc, 2021), priorizando la salud mental como un derecho para toda la comunidad educativa. 

13675349055?profile=RESIZE_710xEstos enfoques no sólo resguardan a los estudiantes: resguardan a quienes los educan.

¿Y qué hacemos con la Formación Cívica? Que un estudiante exprese una defensa acrítica al dictador Augusto Pinochet en un aula en 2025 también debe preocuparnos. Esto no es un “error adolescente” sin consecuencias: es una señal de alarma sobre el fracaso de nuestra formación ciudadana. Según el Estudio Nacional de Formación Cívica (Mineduc, 2022), más del 60% de los estudiantes no logra distinguir entre dictadura y democracia, y un 30% considera justificable la represión estatal “si es por el bien del país”. Por eso, como he sostenido en mi último libro: Aún Tenemos Pedagogía, Ciudadanos (Rojas Pizarro, 2023), el aula no puede ser un espacio neutro. La historia no puede enseñarse como un relato “objetivo” desprovisto de ética. El negacionismo no es una opinión: es una forma de violencia simbólica. 

Un llamado necesario a la Diputada Camila Flores. Frente a este hecho, la Diputada Camila Flores ha optado por el camino del populismo punitivo, exigiendo sanciones y querellas, posicionándose mediáticamente sin considerar el contexto ni la salud mental del docente.13675349073?profile=RESIZE_710x

En su ambición populista y desesperada búsqueda de visibilidad electoral, ha decidido intervenir en una situación educativa para revivir la figura de un dictador condenado por la historia y defender el negacionismo bajo el disfraz de la libertad de expresión. Me hubiese encantado verla, en su rol de parlamentaria, levantando proyectos de ley que fortalezcan la educación pública, que protejan la salud mental docente o que garanticen espacios reales de Formación Cívica crítica. Pero no. Ha preferido la tribuna fácil, el titular vacío y el oportunismo de la coyuntura.

No justifico el grito. Pero lo entiendo. Lo veo como síntoma de un sistema que no cuida a quienes cuidan, que no sostiene a quienes enseñan, y que pretende formar ciudadanos sin ofrecer condiciones mínimas de respeto a sus formadores.

Solo puedo decirle a ese profesor: Colega usted no está sólo. Porque si lo dejamos sólo a él, mañana cualquier otro de nosotros puede ser el siguiente en desbordarse, en gritar, en quebrarse. Y nadie debiera caer por atreverse a enseñar. 

Referencias

  • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5th ed.) – DSM-5. Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.
  • American Psychological Association. (2019). Stress in America: Stress and current events. https://www.apa.org/news/press/releases/stress
  • Dubet, F. (2006). El declive de la institución. Editorial Gedisa.
  • Hirmas, M., & Raczynski, D. (2021). Bienestar docente: una condición para el aprendizaje escolar. Unesco – OREALC.
  • Ministerio de Educación de Chile. (2021). Plan Nacional de Salud Mental Escolar. División de Educación General.
  • Ministerio de Educación de Chile. (2022). Informe Nacional sobre Formación Ciudadana. División de Educación General.
  • Ministerio de Educación de Chile. (2021). Marco para la Buena Enseñanza.
  • Rojas Pizarro, M. A. (2023). Aún Tenemos Pedagogía, Ciudadanos. Ediciones Tehuelche.
  • Valdés, A., & Hirmas, M. (2022). La escuela chilena en crisis: violencia, contención y convivencia. Revista Enfoques Educacionales, 24(1), 67-91.
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13674904681?profile=RESIZE_710xPor: Miguel Angel Rojas Pizarro / Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo. @Soy_Profe_Feliz 

El reciente accidente en la mina El Teniente, donde seis trabajadores fallecieron mientras desarrollaban labores subterráneas, representa mucho más que una tragedia puntual. Refleja un patrón histórico, social y estructural que sigue vigente en Chile: El sacrificio permanente del mundo del trabajo en beneficio del capital. En primer lugar, resulta imposible analizar esta tragedia sin recordar cómo se construyó el modelo extractivista chileno. El lujoso Palacio Cousiño, ícono de la aristocracia del siglo XIX fue financiado con las riquezas provenientes de la minería del carbón en Lota, donde miles de trabajadores vivieron y murieron en condiciones miserables. Mientras los propietarios dormían sobre terciopelo, los obreros, algunos niños, enfrentaban jornadas inhumanas, enfermedades respiratorias y muerte prematura.

Durante la denominada “cuestión social” de inicios del siglo XX, surgieron expresiones literarias como Subterra (1904) de Baldomero Lillo, que retratan la crudeza de la vida minera. Obras como El Chiflón del Diablo mostraron cómo el sufrimiento de los trabajadores era funcional al enriquecimiento de una élite económica, sin que existieran mecanismos reales de protección o reparación.

Hoy, más de un siglo después, se repiten las mismas estructuras bajo nuevos lenguajes. El uso de términos como “colaboradores” ha reemplazado al concepto clásico del trabajador, diluyendo la relación laboral y disfrazando las condiciones de subordinación. Esta semántica empresarial oculta la profunda desigualdad entre quienes están contratados directamente por empresas como Codelco y quienes lo están por vía de subcontratación. Los seis trabajadores fallecidos no eran parte de la planta de Codelco: eran contratistas, expuestos a mayores riesgos y condiciones laborales más precarias.

En este contexto, preocupa la manera en que ciertos sectores políticos, particularmente de la derecha, han intentado instrumentalizar esta tragedia para revivir figuras del pasado reciente, como la del presidente Sebastián Piñera durante el rescate de los 33 mineros en 2010. Este tipo de maniobras busca construir una narrativa épica, centrada en el "líder salvador", que apela más a la emocionalidad de la audiencia que a la verdad estructural del conflicto.

Desde la teoría de la comunicación, esta operación puede leerse como un ejemplo de agenda setting, donde los medios y actores políticos eligen deliberadamente qué aspectos enfatizar (el heroísmo del rescate) y cuáles omitir (la precariedad laboral estructural). Según McCombs y Shaw (1972), los medios no nos dicen qué pensar, pero sí sobre qué pensar. En este caso, la visibilización de un rescate exitoso pasado es utilizada para encubrir la negligencia del presente.

Hannah Arendt nos advierte que el peligro del poder moderno radica no solo en su capacidad para reprimir, sino en su habilidad para manipular la opinión pública mediante narrativas que vacían los hechos de contenido moral (Arendt, 1958). La política convertida en espectáculo genera una despolitización de la ciudadanía, anestesiada por imágenes y relatos emocionales que sustituyen el análisis por la sensación.

Esta instrumentalización del dolor, entonces, no solo es ofensiva para las víctimas y sus familias: es profundamente antidemocrática. Porque reemplaza el deber de justicia por la rentabilidad simbólica; y porque transforma la tragedia en una escena de marketing político, no en una lección ética ni en un punto de inflexión social. ¿Que Aprendimos del desastre minero del 2010? ¿Cuántas Leyes se han generado en el parlamento para colocar fin a esta problemática?

Desde la perspectiva del pensamiento crítico, el trabajador se encuentra alienado no solo del producto de su trabajo, sino también de sí mismo y de los otros. Esta alienación es patente cuando la vida y la muerte del trabajador son vistas como meros costos operativos. En El capital, Marx (1867) denuncia cómo la búsqueda incesante de plusvalía empuja al capital a precarizar al máximo las condiciones laborales. En este caso, la externalización del riesgo por medio de los contratistas es un claro ejemplo.

Desde una perspectiva marxista, el Estado capitalista no actúa como un ente neutral, sino como un aparato que garantiza las condiciones generales de reproducción del capital (Marx, 1867). En el caso chileno, esto se manifiesta crudamente en el sector minero, donde las políticas públicas han tendido a flexibilizar, en vez de fortalecer, la fiscalización y protección del trabajo. El resultado es un marco normativo que naturaliza la subcontratación y externaliza el riesgo humano.

¿Qué leyes han fallado o no se han actualizado? ¿Dónde está la omisión estructural del Estado? 

  • Ley de Subcontratación (Nº 20.123): Si bien esta ley fue un avance en su momento (2006), hoy resulta insuficiente frente al poder de grandes corporaciones. La ley permite que empresas principales se desentiendan de los riesgos laborales, delegándolos a empresas contratistas con menor fiscalización, escasa organización sindical y mayor precarización. No existe un sistema robusto de responsabilidad solidaria y directa en accidentes fatales. Se requiere actualizar la ley para prohibir la subcontratación en labores de alto riesgo o establecer una responsabilidad integral de la empresa mandante.
  • Código del Trabajo, Título I del Libro II (Condiciones de Higiene y Seguridad): El reglamento actual está disperso, poco actualizado y carece de protocolos obligatorios frente a faenas subterráneas de alta peligrosidad. La normativa depende excesivamente de reglamentos internos y de la voluntad empresarial, en lugar de tener estándares estatales mínimos universales que sean fiscalizados en terreno de forma permanente.
  • Ley 16.744 sobre Accidentes del Trabajo y Enfermedades Profesionales: Esta ley, promulgada en 1968, aún regula el seguro contra accidentes laborales. Si bien establece obligaciones de prevención y reparación, en la práctica muchas veces las mutuales operan como aseguradoras privadas más interesadas en limitar costos que en garantizar reparación integral, y el foco preventivo ha sido sustituido por la gestión del daño.
  • Falta de una Ley General de Minería que centre los derechos humanos y laborales. Chile aún no cuenta con una ley marco moderna que regule la minería desde una perspectiva que articule productividad con derechos laborales, protección ambiental y desarrollo territorial. El Estado opera más como un facilitador del negocio extractivista que como un garante del bienestar de sus trabajadores y comunidades. (Contraloría General de la República. (2022). Informe de fiscalización sobre cumplimiento de la Ley 16.744 en faenas subcontratadas del sector minero)
  • Débil implementación de los Convenios de la OIT ratificados por Chile: Pese a haber ratificado convenios clave como el n.º 176 sobre seguridad y salud en las minas, su aplicación efectiva ha sido mínima. No se exige su cumplimiento como condición para operar, y no hay sanciones proporcionales al incumplimiento sistemático. nforme Contraloría N.º 535-2023

En este informe se detectaron deficiencias graves en la fiscalización de las condiciones laborales en faenas mineras subcontratadas, especialmente en el uso de procedimientos de seguridad y en la validación de los registros de inducción y capacitación. (Contraloría General de la República. (2023). Informe de auditoría a fiscalizaciones laborales del sector minero. Santiago: (CGR) 

Desde el punto de vista marxista, esta ausencia de fortalecer el sistema de la subcontratación no es casual ni técnica: es funcional al sistema. Permite maximizar la plusvalía, mantener al trabajador desorganizado, y transferir los costos de seguridad al propio cuerpo del obrero. Como advertía Marx, el capital no puede existir sin desgastar simultáneamente las fuerzas físicas, mentales y morales de los trabajadores (Marx, 1867).

Así, el Estado chileno, lejos de cumplir un rol protector, se ha transformado en un gestor miserable del dolor laboral estructural, en donde la vida de un contratista vale menos que un informe técnico, y donde la muerte no genera reformas, sino comunicados de prensa.

No obstante, y pese a este panorama desolador, es fundamental avanzar hacia una conciencia de clase activa. Como señalaba Paulo Freire, “la verdadera educación se realiza en comunión, y nadie se libera solo” (Freire, 1970, p. 89). La división entre trabajadores directos y subcontratados solo beneficia a quienes controlan el poder económico. La organización, la articulación intersindical y la defensa colectiva de los derechos laborales son claves para revertir este escenario.

Albert Camus advertía que incluso en medio del absurdo, el ser humano tiene la capacidad de rebelarse éticamente (Camus, 1951). Esa rebelión debe tomar la forma de organización, exigencia política y resistencia cultural. No basta con indignarse; es necesario actuar, desde los territorios, los sindicatos y los espacios educativos.

Finalmente, no puedo terminar este texto sin expresar mis más sinceras condolencias a las familias de los seis trabajadores fallecidos. Su pérdida no puede ser reducida a una cifra en los informes técnicos. Cada uno de ellos representa una historia interrumpida, una comunidad afectada, una red de afectos y emociones rota. A sus hijos, a sus parejas, a sus colegas: toda mi solidaridad.

En memoria de ellos, es nuestra obligación moral exigir verdad, justicia y condiciones laborales dignas. Porque ningún país que pretenda llamarse democrático y desarrollado puede tolerar que su riqueza se siga construyendo sobre la precariedad y la muerte de su pueblo trabajador para beneficio de unos pocos capitales extranjeros y algunas familias herederas de la dictadura militar.

 Referencias

  • Baldomero Lillo. (1904). Subterra. Santiago: Editorial Universitaria.
  • Camus, A. (1951). El hombre rebelde. Editorial Losada.
  • Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
  • Marx, K. (2007). Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (J. L. López Aranguren, Trad.). Madrid: Alianza Editorial. (Original publicado en 1844)
  • Marx, K. (2013). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Fondo de Cultura Económica. (Original publicado en 1867)
  • (2025). Informe preliminar accidente mina El Teniente. Gobierno de Chile.}
  • Arendt, H. (1958). La condición humana. Barcelona: Paidós.
  • McCombs, M., & Shaw, D. L. (1972). The agenda-setting function of mass media. Public Opinion Quarterly, 36(2), 176–187.
  • Leiva Gómez, S. (2009). La subcontratación en la minería en Chile: elementos estructurales y conflictos laborales. Revista Polis, 8(3), 89–110.
  • Bustos Moya, S. A. (2024). Externalización de personal en proyectos de la gran minería. Tesis Universidad de Chile
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13672463675?profile=RESIZE_584xA 52 años del asesinato del comandante Arturo Araya Peeters.
No todos los héroes caen en Iquique. 

Por: Miguel Angel Rojas Pizarro:. Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo. @Soy_Profe_Feliz – www.miguelrojas.cl 

                                      En los libros de historia oficiales hay nombres que brillan por su ausencia. Nombres que incomodan, que no calzan con la narrativa del vencedor, que perturban el relato de quienes decidieron que patria y poder solo para algunos eran lo mismo. Uno de esos nombres es Arturo Araya Peeters, capitán de navío y edecán naval del presidente Salvador Allende.

A 52 años de su asesinato, ocurrido el 27 de julio de 1973, Araya sigue sin ser reconocido como corresponde por la institución a la que sirvió con lealtad: la Armada de Chile. Solo realizo un tibio homenaje en 2006. No hay salas con su nombre. No hay honores, ni gestos simbólicos. No hay cadetes o marineros que estudien su historia como parte de una ética militar comprometida con la República. Solo hay silencio. Un silencio espeso, incómodo, culpable.

13672002657?profile=RESIZE_710xPorque nombrar a Araya es también nombrar la posibilidad de otra historia. Una donde las armas no se vuelven contra el pueblo, donde la obediencia no reemplaza la conciencia, donde la lealtad a la Constitución vale más que las órdenes de un almirante o generales conspiradores.

Un marino leal en tiempos de traición. Arturo Araya no fue un revolucionario. No pegaba panfletos en las calles ni arengaba multitudes en sedes políticas. Era, como tantos otros, un hombre de uniforme que creía que su juramento era con el pueblo y la ley, no con la ideología ni con la ambición de poder personal, ni con la elite empresarial. Su rol como edecán naval lo colocaba en una posición estratégica: era el puente entre la Armada y el presidente Allende, un interlocutor respetado, sereno, capaz de mantener abiertas las vías de comunicación en un país que se deshacía por la desconfianza y el fanatismo político.

Pero su figura representaba un problema. No era golpista, pero tenía influencia. No era subversivo, pero tenía convicciones. No obedecía al miedo, sino a su deber de vencer o morir por su patria e institución. Por eso, para quienes tramaban el golpe, su sola existencia era una amenaza.

El 27 de julio de 1973 fue asesinado frente a su domicilio, a plena luz de la madrugada. Las primeras versiones culparon a extremistas de izquierda, pero las investigaciones de la periodista Mónica González y las pericias judiciales revelaron una verdad más incómoda: el crimen fue ejecutado por miembros de la ultraderecha, con apoyo desde dentro de la Armada (González, 1984; CIPER, 2023).

Su muerte fue política. Fue estratégica. Fue una advertencia para los oficiales que aún creían en la legalidad democrática. El mensaje era claro: “quien no se alinea con nosotros, será eliminado”.

La dictadura cívico-militar que se instauró semanas después borró cuidadosamente su nombre de los relatos oficiales. La Armada de Chile no reivindicó su figura. No solo no honró su memoria: la negó. Porque recordarlo implicaba aceptar que hubo oficiales leales a la democracia, y eso desmontaba el discurso fundacional de la “salvación nacional”.

A 52 años, ese silencio persiste. La Armada de Chile sigue sin pronunciar su nombre. Sin embargo, no hay olvido que dure más de cien años. Desde la sociedad civil, desde las aulas, desde la memoria popular, el comandante Arturo Araya empieza a ser recuperado como lo que fue: un mártir republicano. No murió por un partido político. No murió por una ideología. Murió por un principio. Y eso lo convierte en una figura profundamente ética y transversal. Un símbolo de lo que Chile pudo ser, y no fue.

La historia nos ha enseñado que las estructuras reproducen ideología, y que todas las sociedades hasta hoy son, en palabras de Marx, la historia de la lucha de clases. Esta lucha no se da solo en las fábricas o en los parlamentos, sino también en las instituciones armadas, donde la obediencia puede convertirse en una herramienta para consolidar el poder de una clase dominante sobre otra.

En ese marco, Arturo Araya representa una anomalía histórica. Era un oficial que se negó a actuar como un instrumento del poder de clase. No se subordinó al mandato de la oligarquía, ni obedeció ciegamente a los intereses de los sectores que veían en el gobierno de Allende una amenaza para sus privilegios económicos y políticos. Araya encarnó una lealtad superior: no hacia una persona o ideología, sino hacia el pueblo soberano y el marco constitucional.

Su asesinato fue, por tanto, más que un crimen político: fue un acto de disciplinamiento de clase dentro de las Fuerzas Armadas. Se eliminó a un símbolo que demostraba que era posible otra forma de ser militar, uno que no sirviera como brazo armado de la élite, sino como garante del orden democrático y la justicia republicana.

13671971884?profile=RESIZE_710xLa lucha de clases se expresó, en su caso, en forma de bala. Porque su sola existencia desmentía la narrativa que justificó el golpe como “necesario” para salvar a la patria. El comandante Araya era la prueba viviente de que dentro de la propia oficialidad naval existían voces comprometidas con la legalidad y la ética republicana. Y por eso fue silenciado.

Una figura pedagógica para Chile: en las aulas, en la historia, en las Fuerzas Armadas. La memoria de Arturo Araya no solo interpela al poder político o a la Armada de Chile; también representa una oportunidad pedagógica urgente. Su historia debería formar parte del currículo escolar, universitario y militar como ejemplo de ética pública, compromiso republicano y conciencia crítica frente a las estructuras de dominación.

En las aulas escolares, hablar del comandante Araya es formar en ciudadanía, en el valor de la conciencia frente a la obediencia ciega, y en la capacidad de resistir incluso desde dentro de los aparatos institucionales. Su figura permite enseñar que la historia no es solo una cronología de hechos, sino también un campo de disputa simbólica sobre lo justo, lo heroico y lo verdadero.

En la formación universitaria especialmente en pedagogía, ciencias sociales y derecho, el caso de Araya es un insumo valioso para comprender cómo los sujetos históricos encarnan dilemas morales complejos, y cómo las decisiones individuales pueden alterar, aunque sea mínimamente, el curso de los acontecimientos. Tal como señala Paulo Freire (1970), la educación auténtica es siempre una praxis liberadora, y solo es posible cuando el sujeto se reconoce como actor de su tiempo y no como objeto del discurso del poder.

Pero quizás donde más urge su enseñanza es dentro de las propias Fuerzas Armadas. Allí, la historia de Araya puede ser una guía para repensar el rol del militar no como ejecutor automático de órdenes, sino como ciudadano con derechos y deberes ante la Constitución y el pueblo. Tal como ha advertido Aguayo (2016), la formación ética en las instituciones armadas en América Latina sigue siendo una deuda pendiente, especialmente en contextos donde el autoritarismo aún deja huellas culturales profundas.

Recuperar a Arturo Araya como figura pedagógica es, en suma, sembrar valores de dignidad, coraje civil y lealtad democrática. Es enseñar que la conciencia de clase no es enemiga de la institucionalidad, sino su garantía más profunda cuando esta se pone al servicio del pueblo y no de las élites.

Un llamado a la Armada de Chile. En 2023, el presidente Gabriel Boric rindió un homenaje solemne a Arturo Araya en La Moneda, inaugurando una sala en su memoria. El gesto fue republicano, necesario, valiente. Pero también incompleto. Porque la Armada de Chile sigue pendiente de un acto de justicia interna, de un gesto institucional que no solo reconozca la figura del comandante Araya, sino que pida perdón por haber permitido por acción u omisión su asesinato.

Por ello, esta columna no busca solamente conmemorar, sino también reparar. Porque recordar al comandante Araya no es una tarea nostálgica, sino un deber político y pedagógico. Es una forma de contribuir a la construcción de una memoria republicana más íntegra; una que no seleccione a sus héroes según el bando que venció, sino según la dignidad de sus acciones.

Esta columna es, por tanto, un homenaje explícito al comandante Arturo Araya y a todos los marinos que, enfrentados a la tentación del poder absoluto, dijeron NO.  No al golpe. No al terror. No a la traición del juramento institucional. 

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Referencias / Aguayo, S. (2016). Militares y democracia en América Latina: desafíos para una ética institucional. FLACSO-Chile.

  • CIPER. (2023, julio 28). A 50 años del asesinato de Arturo Araya. https://www.ciperchile.cl
  • Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
  • González, M. (1984). Los secretos del Comando Conjunto. Editorial Emisión.
  • Magasich J. 2008. Los que dijeron que “No”: Historia del movimiento de los marinos antigolpistas de 1973. Volúmenes 1 y 2.
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¿Soldado, Mercenario o Traidor?

13660870679?profile=RESIZE_710x¿Por qué traicionaste al pueblo por dinero? ¿Qué más necesitabas si lo tenías todo? Cuando el uniforme sirve al narco y no al pueblo, la patria ya no se defiende: Se vende. 

Por: Miguel Angel Rojas Pizarro. Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo. Ex Cadete Naval. @Soy_profe_feliz - miguelrojas.cl 

Hay momentos en que no basta con desfilar, jurar a la bandera y obedecer. Necesitamos momentos en que la patria exige más que sumisión y obediencia: Exige conciencia. El ingreso del narcotráfico a las filas de nuestras Fuerzas Armadas no es sólo un escándalo: Es una fractura ética, una herida al alma institucional y al contrato firmado con el pueblo.

En la última década, Chile ha visto cómo esta amenaza avanza, con cifras tan frías como alarmantes: Entre 2015 y 2019, más de 1.000 uniformados (FFAA y policías) dieron positivo a consumo de drogas (CIPER, 2020). Junio 2025: seis suboficiales del Ejército son detenidos por transportar 192 kg de cocaína (equivalente a 500.000 dosis). Julio 2025: cinco suboficiales de la Fuerza Aérea son formalizados por intentar trasladar 4 kg de ketamina en un vuelo institucional.

Estos no son sólo casos aislados. Son grietas profundas que reflejan algo más que corrupción individual: Una estructura debilitada desde su moral, su falta de sentido de justicia y su desconexión con el pueblo.

Las Fuerzas Armadas como única vía de ascenso social. Durante décadas, las Fuerzas Armadas han sido una de las pocas vías reales de movilidad social vertical para sectores populares en Chile (Cadem, 2018; Mönckeberg, 2001). Muchos jóvenes sin acceso a la educación superior, especialmente en zonas extremas, ven en el uniforme una promesa: sueldo estable, salud, previsión y respeto social.

Sin embargo, como advierte Garretón (2003), cuando las estructuras de ascenso están rígidamente jerarquizadas y el mérito no basta, la desigualdad al interior de la institución se vuelve una trampa. El riesgo es enorme: si se vulnera el sentido de pertenencia, los soldados no defienden a la patria, sino al sistema que los oprime o los margina. 

¿Por qué lo hiciste? ¿Qué más necesitabas?

Tienes una pensión privilegiada a partir de tan sólo 20 años de servicio.
El mejor sistema de salud del país.
El Estado te viste, alimenta y cuida a tu familia.
Tienes un sueldo vital estable y altísimo en comparación con la mayoría de los trabajadores.
En un país que no ha tenido guerra en más de 100 años…
¿Qué más querías? ¿Por qué lo hiciste?
¿Por qué vendiste tu juramento por unos billetes manchados con la sangre de niños envenenados por pasta base?
¿Por qué traicionaste al pueblo por plata?
¿Por qué te convertiste en chofer de los narcos, en custodio armado de un crimen que no respeta ni a tus propios hijos?

Tú que marchaste con la bandera.
Tú que gritaste “vencer o morir”.
Tú que llevaste el uniforme como símbolo de honor.
¿En qué momento cruzaste la línea y decidiste no proteger, sino aprovecharte?

¿Qué te faltó que no se te dio?
No luchaste en ninguna guerra.
Nunca te faltó un techo ni una ración.
Tu hija pudo ir al hospital militar cuando la de otra espera meses en un consultorio.
Tu hijo estudió con beca o considerables descuentos gracias al sistema que tú ayudaste a sostener.

*

¿Fue codicia? ¿Fue desesperanza? ¿Fue desarraigo?
O simplemente te cansaste de creer, y te dejaste arrastrar por lo que tanto decías combatir.

Pero hay algo más doloroso aún: Traicionaste a tus propios compañeros y a la gente bajo tu mando. A ese conscripto que sí cree en el valor de la palabra empeñada. A ese cabo que limpia su fusil cada mañana, no para delinquir, sino para servir.

A ese sargento que viene de la tierra, de la pobreza, y que aún enseña con orgullo que la lealtad al pueblo está por encima del miedo o del dinero. Traicionaste a tu historia, a tu abuelo obrero o campesino, a tu madre que te veía desfilar desde la vereda con lágrimas de orgullo. Y traicionaste a todos los niños que aún creen que el soldado cuida, que el militar es un héroe, que el uniforme es un abrigo y no una amenaza.

Has cambiado la espada del líder por el maletín de billete, la defensa de la patria por el negocio privado, el honor por la ganancia. Has dejado de ser soldado. Eres solo un mercenario. Y no cualquier mercenario: Uno que porta los símbolos de la nación mientras sirve al crimen organizado. Han dejado de ser soldados. Se han convertido además en mercenarios del narco y guardianes armados de las élites.

Y lo que es peor: Históricamente se ha tolerado un sistema de castas silencioso al interior de las propias FFAA. Un caso brutalmente revelador es el de los Oficiales de Mar en la Armada: marineros destacados que, tras una durísima selección, ascienden a un rango que los ubica por encima de sus compañeros… pero jamás al nivel de los oficiales de la Escuela Naval. Un nombre distinto, una jerarquía aparte. Siempre cerca, pero nunca iguales. 

Es un clasismo institucionalizado. Un recordatorio cruel de que puedes tener mérito, pero nunca pertenencia. Que, aunque seas mejor, siempre habrá uno por linaje que estará por encima. No olvidemos que Arturo Prat fue un joven de origen humilde, becado por el Estado, no hijo de la aristocracia. Y, sin embargo, es el símbolo máximo del honor militar. Esta fractura moral no es espontánea: nace de un sistema desigual que recompensa la cuna más que el mérito".

13660863897?profile=RESIZE_710xLa oficialidad de las Fuerzas Armadas debería estar formadas por los mejores chilenos, no solo por quienes pueden pagar. Si los verdaderos líderes naturales del pueblo son marginados, no será raro que muchos caigan en la frustración, en el abandono moral, o en la tentación del dinero fácil.

Alejandro Jodorowsky lo resumió con poesía: “La verdadera patria no es un territorio, sino un estado del alma”. Desde la psicología humanista, Carl Rogers, Maslow y Víctor Frankl coinciden: todo ser humano necesita sentido, pertenencia y coherencia vital. La patria, entonces, no es un lugar que se defiende porque lo ordena un superior, sino porque se ama, se comprende y se construye.

Y si el alma del soldado se quiebra, si su misión se desvía de la justicia hacia la obediencia ciega o la codicia, la patria misma se convierte en una tierra vacía.

No necesitamos repetir consignas o himnos de glorias pasadas. Necesitamos recuperar el alma de esos cantos, hacerlo carne con nuestras acciones diarias. Que la carrera militar vuelva a ser dignidad del país de todos. Que la lealtad se dirija al pueblo, no a los privilegios.

A los nuevos oficiales y soldados: rompan filas. Con la históricas de traiciones al pueblo como la matanza de santa maría, seguro obrero entre tantas masacres que han manchado nuestra historia con sangre.

A ustedes, nuevas generaciones de soldados y oficiales, les hablo con respeto y esperanza: No están condenados a repetir la historia. Pueden romper con la lógica de las masacres, con la subordinación ciega, con el elitismo que ha corrompido la esencia de las Fuerzas Armadas como fue en la Guerra Civil 1891, en la que falleció más gente que en la guerra del Pacifico. El uniforme no los separa del pueblo: los compromete más con él. 

No más fusiles contra estudiantes.
No más tanquetas en poblaciones.
No más lealtad al capital y el poder.

Sean soldados del pueblo, no sus carceleros.
Sean guardianes de la justicia, no de los privilegios.
Sean el comienzo de una nueva historia: Una donde el uniforme no dé miedo, sino un faro de esperanza.

Chile está cruzando un umbral. Si no se detiene la infiltración narco, si no se combate el clasismo interno, si no se restituye el vínculo moral con el pueblo, la institucionalidad caerá, no por balas enemigas y naciones extranjeras, sino por pudrición interna. Pero aún hay tiempo. Con coraje, ética, conciencia de clases y compromiso, podemos recuperar la esencia de lo militar como servicio, no como poder.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Qué hacemos con los traidores? ¿Abrimos el debate sobre la pena de muerte? ¿O basta con condenarlos a prisión? Los traidores ya están muertos en vida. Han perdido lo único que da sentido al uniforme: el respeto del pueblo y de sus propios compañeros.

Han quedado fuera de la historia, expulsados del legado de los verdaderos héroes. Han sido despojados del honor por los mismos nombres que alguna vez gritaron con orgullo. Y en cada cuartel, en cada ceremonia, en cada aula donde se forma un nuevo soldado, su nombre será el que no se debe pronunciar, porque representa lo que no se debe ser.

No estarán muertos por un fusilamiento.
Están muertos por vergüenza.
Y el desprecio del pueblo será su verdadera condena, además de la cárcel.
 

 

Referencias 

  • (2018). Confianza en las instituciones en Chile. Estudio de Opinión Pública.
  • (2020). Radiografía al consumo de drogas en las Fuerzas Armadas y las Policías. Recuperado de
  • Garretón, M. A. (2003). Incompletas transiciones: política y sociedad en Chile. Santiago: LOM Ediciones.
  • Jodorowsky, A. (s.f.). Frases y reflexiones
  • Mönckeberg, M. O. (2001). El negocio de las Fuerzas Armadas en democracia. Santiago: Ediciones B.
  • Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Boston: Houghton Mifflin.
  • Maslow, A. H. (1943). A theory of human motivation. Psychological Review, 50(4), 370–396.
  • Frankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.

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Del Autor: Miguel Angel Rojas Pizarro:. 

Papá, Psicólogo Educacional, Profesor de Historia y Ciencias Políticas, y Psicopedagogo. Posee un Postítulo en Orientación Vocacional, estudios de Doctorado, y un Magíster en Educación y Convivencia Escolar. Es además Bombero e Instructor de la ANB, y se desempeña como Académico Colaborativo en la Escuela de Psicología de la Universidad de Aysén. Columnista en diversos medios chilenos, articula su quehacer profesional con una mirada crítica, humanista y comprometida con el bienestar de las comunidades educativas y sociales. Libre pensador, integra sus saberes desde la pedagogía, la psicología y la historia para contribuir a una sociedad más justa y consciente.

 

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