TALAMANCA COSTA RICA.- En las cumbres húmedas y silenciosas de la cordillera de Talamanca, donde la neblina se descuelga cada mañana como un telón espeso y la selva impone su ley verde e indómita, el tiempo transcurre con una lógica distinta. Allí, en el sur profundo de Costa Rica, sobreviven comunidades que no conocen el zumbido de la electricidad ni el murmullo constante del agua potable corriendo por tuberías. No hay vitrinas iluminadas, ni restaurantes, ni autobuses marcando horarios; no existen torres de telefonía ni escuelas formales que ordenen el calendario con campanas.
COMUNIDADES ATENDIDAS
En ese territorio apartado, donde la geografía es obstáculo y refugio al mismo tiempo, el personal médico del Área de Salud de Talamanca emprendió esta semana un operativo que trasciende la práctica clínica. Fue, en esencia, una travesía humana.
Sepecue Coroma, Oro Chico, Alto Coen, Sibodi, Barrio Escalante, San José Cabécar. Nombres que no figuran en los circuitos turísticos ni en los mapas del comercio, pero que guardan historias ancestrales y una dignidad silenciosa. Hasta allí llegaron los profesionales de la salud, sorteando distancias que no se miden en kilómetros sino en horas de vuelo y caminata, con el respaldo logístico de Aerodiva Costa Rica, cuyos servicios aéreos permiten que la medicina cruce montañas y ríos imposibles.
La jornada incluyó monitoreo a pacientes con diversas morbilidades. No se detectaron enfermedades crónicas en la zona, un dato clínico que reconforta, pero que no agota el significado de la visita. Porque lo que ocurre en estas alturas no es únicamente una revisión de signos vitales o la entrega de medicamentos: es la confirmación tangible de que el Estado no los ha olvidado.
UN EQUIPO DE LUJO
El equipo estuvo integrado por el médico general Efraín Retana Álvarez, un farmacéutico, un técnico en farmacia, personal de Redes, especialistas en Enfermería y un Asistente Técnico de Atención Primaria (ATAP). Profesionales que, más allá de sus credenciales, llevaron consigo algo menos cuantificable: presencia.
LA LLEGADA
Niños descalzos que observan con curiosidad; madres que esperan con paciencia ser escuchadas; adultos mayores cuyo rostro curtido se ilumina ante la llegada de visitantes. Mujeres embarazadas que reciben control y consejo en medio de un entorno donde la distancia puede convertirse en riesgo. Las sonrisas no fueron protocolares: fueron genuinas, amplias, casi celebratorias.
UNA MIRADA HUMANA
Para estas comunidades indígenas, la visita médica no sólo garantiza continuidad en la atención sanitaria que el Ministerio de Salud sostiene desde hace años. Representa, en muchos casos, el único contacto periódico con personas ajenas a su círculo comunitario. Es un puente invisible que los conecta con la nación y, más allá de ella, con la humanidad entera.
VIVEN EN AISLAMIENTO
En territorios donde no hay señal telefónica que confirme la existencia del mundo exterior, la llegada de la comitiva médica es un recordatorio poderoso: forman parte de un tejido social más amplio. No están solos. No son una periferia olvidada, sino un núcleo cultural vivo al que se le reconoce su valor. Así, en medio de la selva que respira y la montaña que impone respeto, la medicina se transforma en gesto. En palabra compartida. En apretón de manos. En mirada sostenida.
Porque en las alturas de Talamanca, esta semana, no sólo se atendieron pacientes. Se sostuvo —con discreción y con humanidad— el delicado hilo que los une al resto del país.
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