Mientras el Gobierno insiste en vender la Cárcel del Encuentro como la prisión más moderna y equipada del país y como un supuesto referente regional la realidad en el terreno vuelve a desmentir la propaganda oficial. Los militares encargados de la seguridad de este centro penitenciario estarían trabajando en condiciones indignas, alojados en carpas improvisadas, afectadas por el agua, sin la infraestructura mínima que garantice descanso, salubridad y seguridad. Una situación que resulta inadmisible en una obra presentada como símbolo de eficiencia estatal.
“Así viven nuestros soldados en la Cárcel del Encuentro”.
La denuncia deja en evidencia el abismo entre el relato gubernamental y la realidad, donde la modernidad parece limitarse a los discursos y anuncios oficiales, mientras quienes sostienen la seguridad del país enfrentan precariedad y abandono. Se califica al actual Gobierno como inútil, indolente, corrupto y ausente, señalando que su incapacidad para planificar y gestionar solo produce “mal vivir”. Además, nuestra solidaridad con los soldados y sus familias, subrayando que lo que atraviesan es absolutamente innecesario y evitable.
La situación reabre un debate incómodo: ¿cómo puede un Estado que presume cárceles “modelo” ser incapaz de garantizar condiciones mínimas para sus propios militares? La respuesta, para muchos, confirma que la crisis no es sólo de seguridad, sino de gestión, prioridades y responsabilidad política.
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