Memoria obrera frente a una izquierda institucionalizada
La historia oficial chilena ha sido selectiva con sus héroes. Nos enseñó desde niños a venerar a al comandante naval Arturo Prat y a al Guerrillero Manuel Rodríguez, figuras fundamentales, sin duda, pero inscritas en un panteón construido desde el Estado, las élites y el relato del orden. Sin embargo, esa misma historia ha olvidado sistemáticamente a sus héroes populares, a quienes no murieron por la patria abstracta, sino por la justicia concreta. Entre ellos, Ramona Parra, una muchacha de apenas 19 años, cuya vida y muerte entregaron una lección ética y política que incomoda hasta hoy.
Cada 28 de enero, se recuerda aunque no siempre con la profundidad que merece la muerte de Ramona Parra, joven militante comunista asesinada en 1946 durante la represión policial a una manifestación obrera en Santiago, en lo que la historia registra como la Masacre de la Plaza Bulnes. No se trata únicamente de una efeméride ni de un acto ritual: es una fecha incómoda, porque recuerda hasta dónde puede llegar el Estado cuando el pueblo organizado desafía el orden social existente.
Ramona Parra no fue una víctima circunstancial ni un “error policial”. Fue una joven trabajadora, militante consciente y organizada, cuya muerte expresa con crudeza una época en la que la política se vivía con una mística de compromiso total, donde la coherencia entre palabra y acción implicaba riesgos reales. Su figura no admite lecturas neutras ni tibias: Ramona representa denuncia social, sacrificio y consecuencia histórica. No murió en un campo de batalla extranjero ni en una gesta épica narrada por manuales escolares; murió en una calle de Santiago, exigiendo dignidad para los trabajadores.
Esa densidad ética es la que recoge el premio nobel de literatura Pablo Neruda en el poema que le dedica, transformando el asesinato en memoria viva y en mandato colectivo:
Ramona Parra, joven
estrella iluminada,
Ramona Parra, frágil heroína,
Ramona Parra, flor ensangrentada,
amiga nuestra, corazón valiente,
niña ejemplar, guerrillera dorada:
juramos en tu nombre continuar esta lucha
para que así florezca tu sangre derramada.
El poema no busca consolar ni estetizar la tragedia. Busca comprometer. Neruda politiza el duelo y convierte la muerte de Ramona en una obligación moral para las generaciones posteriores. La sangre derramada no clausura una historia: la abre. Allí reside una mística profundamente distinta a la del heroísmo oficial: una mística obrera, juvenil y colectiva, que hoy parece ausente o, al menos, gravemente debilitada.
A casi ocho décadas de su asesinato, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué han hecho con ese legado las fuerzas que hoy se reconocen como herederas de la izquierda chilena? En particular, los partidos políticos oficialistas, protagonistas centrales del último ciclo político, no pueden eludir esta interpelación.
El Frente Amplio irrumpió en la política chilena con un relato potente de impugnación moral: crítica al neoliberalismo, denuncia de los abusos, promesa de dignidad y justicia social. Sin embargo, su rápido tránsito desde la protesta a la administración del poder reveló una institucionalización acelerada, donde la épica fue reemplazada por la gestión y el conflicto estructural por la prudencia. Ramona Parra aparece en su discurso como símbolo respetado, pero no como práctica encarnada. No hay mística posible sin costo, y el Frente Amplio pareció optar tempranamente por evitarlos.
El Partido Comunista enfrenta una tensión distinta, pero igualmente profunda. Su vínculo con Ramona Parra no es simbólico: es histórico y orgánico. Su nombre, su iconografía y su relato forman parte del ADN del partido. Sin embargo, la participación prolongada en la administración del Estado y la lógica de la gobernabilidad han ido domesticando la radicalidad de su mística. El riesgo no es el olvido, sino algo más peligroso: la ritualización de la memoria, donde recordar reemplaza a practicar y conmemorar sustituye a incomodar.
A esta distancia ética no solo contribuyen el Frente Amplio y el Partido Comunista. Los partidos tradicionales del oficialismo el Partido Socialista de Chile, el Partido por la Democracia y el Partido Radical de Chile arrastran desde hace décadas un proceso de aburguesamiento político, donde la preocupación central dejó de ser el proyecto país y pasó a ser la administración de cargos, cupos y cuotas de poder. Su respaldo a iniciativas como el TPP-11, ampliamente cuestionado por movimientos sociales y sindicales, y la continuidad del modelo de explotación del litio cuya expresión más simbólica ha sido la permanencia de actores ligados a la familia del yerno de Pinochet en el corazón del negocio refuerzan la percepción de una izquierda institucional desconectada del espíritu ciudadano. El caso del Partido Radical es particularmente ilustrativo: de ser una fuerza histórica, terminó perdiendo representación y peso electoral, hasta rozar la irrelevancia política, al punto de que hoy resulta plausible ver a uno de sus dirigentes históricos proyectado como eventual ministro del futuro gobierno de José Antonio Kast. No es una anécdota: es el síntoma de una izquierda que, al renunciar a su mística, terminó disponible para cualquier administración del orden.
Durante el gobierno de Gabriel Boric, ambas fuerzas optaron mayoritariamente por la moderación, el orden y la estabilidad institucional. No gobernaron como derecha, pero administraron un marco que la derecha considera aceptable. En materia de seguridad, economía y relación con la protesta social, el giro fue evidente. Esa decisión puede explicarse políticamente, pero no puede presentarse como continuidad del espíritu de Ramona Parra.
Porque Ramona no representa consenso: representa conflicto. No representa cálculo: representa convicción. No representa comodidad: representa riesgo. Su figura incomoda precisamente porque exige coherencia, porque recuerda que hubo una izquierda que entendía la política como una práctica ética radical, no como una carrera institucional ni como mera administración del poder.
Hoy, más que declaraciones, la izquierda chilena necesita una catarsis profunda y honesta. Una revisión ética que no se resuelva en congresos partidarios ni en documentos estratégicos, sino en una pregunta simple y brutal: ¿en qué momento se volvió aceptable transar las convicciones por conveniencia?
La memoria de Ramona Parra, asesinada a los 19 años por exigir dignidad para los trabajadores, y la de Comandante Tamara, que eligió el camino más duro sin renunciar jamás a lo que creía justo, no están ahí para ser administradas simbólicamente. Están para incomodar, para interpelar a una izquierda que hoy gobierna, negocia y calcula, pero que parece haber olvidado el valor del compromiso sin atajos.
Como ellas, tantas mujeres y hombres entregaron su vida convencidos de que la política no era una carrera, sino una opción moral. No buscaron cargos, no aseguraron futuros personales, no se refugiaron en la comodidad del poder. Creyeron con una radicalidad que hoy parece incomprensible que la dignidad no se negocia.
Inspirarse en Ramona Parra, en la Comandante Tamara y en tantos otros y otras no implica repetir sus caminos ni romantizar la violencia. Implica algo más exigente: recuperar la coherencia, asumir costos, decir verdades incómodas y volver a poner el proyecto colectivo por sobre la supervivencia individual y partidaria.
Si la izquierda chilena quiere volver a tener sentido histórico, deberá atreverse a mirarse sin indulgencia, reconocer sus renuncias y reconstruir una mística que no se compre con marketing ni se administre desde el poder. Porque sin catarsis no hay proyecto, y sin convicciones no hay izquierda.
Ramona Parra no pidió homenajes.
Exige desde la historia coherencia, consecuencia y dignidad.
Ramona Parra (1926–1946) fue una joven trabajadora y militante de las Juventudes Comunistas, convertida en símbolo de la lucha social y de la represión estatal en el Chile de mediados del siglo XX. Nacida en un contexto de precariedad y organización obrera, Ramona se integró tempranamente a la militancia política, destacando por su compromiso, disciplina y conciencia social. A los 19 años, el 28 de enero de 1946, fue asesinada por fuerzas policiales durante una manifestación de trabajadores en Santiago, hecho conocido como la Masacre de la Plaza Bulnes.
Del Autor:
Miguel Angel Rojas Pizarro. (Chile) Papá. Psicólogo Educacional, Profesor de Historia y Psicopedagogo. Académico Universitario y Libre Pensador. Columnista y escritor chileno en medios de prensa. Desde una mirada humanista y latinoamericana, aborda temas de educación, justicia social, memoria y política contemporánea. Sus columnas se caracterizan por un enfoque crítico, reflexivo y profundamente humano, combinando análisis histórico con sensibilidad social.
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