*Crónica desde los hospitales del IESS*
*Por Marcelo Pérez Albán*,un jubilado
PRENSAMERICA ECUADOR.-Hoy me dieron diez minutos.
Diez minutos para contarle al médico que no duermo bien.
Diez minutos para explicarle que el dolor en el pecho aparece cuando camino apenas una cuadra.
Diez minutos para recordar —con la delicadeza de quien no quiere incomodar— que llevo meses esperando esta cita en el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social.
Cuando uno es joven, diez minutos parecen nada.
Cuando uno es jubilado, diez minutos pueden ser la frontera entre la tranquilidad y el presentimiento final.
Llegué al hospital antes de las seis de la mañana. Había fila. Siempre hay fila. No importa si amanece con lluvia o con ese sol frío de Quito que engaña al cuerpo. La fila es puntual, disciplinada, casi patriótica. Rostros conocidos, cabellos blancos, manos temblorosas sosteniendo carpetas gruesas como expedientes judiciales.
Todos cargamos algo más que papeles.
Cargamos décadas de trabajo.
Aportes descontados con puntualidad matemática.
Madrugadas, turnos extras, feriados trabajados.
Cargamos la esperanza —quizá ingenua— de que el sistema que sostuvimos durante muchas décadas nos sostenga ahora a nosotros.
En la sala de espera nadie protesta en voz alta. Hemos aprendido el arte nacional de esperar en silencio. Esperamos el turno, la pastilla, el resultado, la próxima cita. El silencio pesa más que la tos que retumba en el pasillo. Pesa cuando el nombre de uno suena por el altavoz y empieza la cuenta regresiva invisible: diez minutos.
Diez minutos cronometrados por la presión del sistema, no por la complejidad del cuerpo humano.
Entro al consultorio. El médico hace lo que puede. Es otra víctima del engranaje de esta maquinaria fatigada. Mira la pantalla, revisa resultados, escribe con rapidez casi administrativa. Me pregunta lo esencial.
Y entonces surge el dilema íntimo:
¿Le hablo del mareo?
¿Le cuento que se me hinchan los pies al atardecer?
¿Le digo que a veces me despierta un dolor que parece un recordatorio del tiempo?
¿Le confieso que tengo miedo, angustia, soledad?
El miedo no cabe en diez minutos.
La angustia no está codificada en el sistema informático.
La soledad no figura en los exámenes de laboratorio.
Salgo con una receta —que tal vez no esté disponible en farmacia institucional— y con otra cita para dentro de tres meses, como si el cuerpo pudiera ponerse en pausa hasta entonces. Camino por el pasillo largo, donde se cruzan historias que no se conocen pero se reconocen: jubilados que fueron maestros, choferes, obreros, enfermeras, empleados públicos y privados.
Personas que no piden privilegios.
Piden tiempo.
Tiempo para explicar.
Tiempo para preguntar.
Tiempo para que el médico le mire a los ojos sin la prisa de quien ya piensa en el siguiente paciente.
No es un reclamo contra un médico exhausto ni contra una enfermera que corre. Es una pregunta dirigida al modelo. ¿En qué momento la salud empezó a medirse con cronómetro? ¿Cuándo decidimos que una vida humana puede comprimirse en un intervalo que no alcanza ni para hervir un café?
Diez minutos alcanzan para firmar una receta.
Alcanzan quizá para registrar un síntoma.
Alcanzan para mantener funcionando la estadística.
Pero no alcanzan para cuidar una vida.
Y sin embargo, aquí estamos. Volviendo cada mes, cada trimestre, cada año. Con la misma carpeta y la misma esperanza necia. Porque creemos —quizá por terquedad o por memoria— que la Seguridad Social no es caridad: es un derecho universal que nos están violentando.
Mientras salgo del hospital pienso en la paradoja: durante décadas entregamos tiempo al país. Tiempo productivo, tiempo útil, vigoroso.
Pero los dueños del IESS piensan que la enfermedad debe tener horarios.
Que la vejez se agenda por turnos.
En fin, la pregunta no es cuánto tiempo dura la consulta.
La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse un sistema que mide la salud con reloj y la deuda con sus jubilados con olvido…
HOY ME ENTREGARON DIEZ MINUTOS.
YO ENTREGUÉ TODA UNA VIDA!!!
Quito, 3 de marzo de 2026
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