Teresa Valdés Betancourt
En la mesa contigua a la nuestra, en un popular restaurante de Colima, Mexico, no hubo gritos ni alteración del orden público. La muchacha con lágrimas en sus ojos le reclama con voz baja a su acompañante, que no revise su celular. El joven, la ignora mientras manipula el equipo borrando mensajes ajenos. Concluida su acción devuelve el aparato y le habla como en un susurro para argumentar sus motivos. Ella escucha y calla mientras aprieta sus labios rojos, porque ese control de celos, lo confunde con amor.
En México, la violencia en el noviazgo afecta a miles de mujeres jóvenes y adolescentes que, en muchos casos, confunden esas acciones de violencia, materializadas en esas conductas de manipulación que con frecuencia, aparecen como normales.
La violencia no es normal, se define jurídicamente como: “Cualquier acción u omisión, basada en el género, que cause daño o sufrimiento psicológico, físico, patrimonial, económico, sexual o la muerte a las mujeres, tanto en el ámbito privado como en el público.
Esta figura delictiva de la violencia además de las agresiones físicas, incluye también otras formas de afectación que limitan la libertad, la dignidad y los derechos de las mujeres. Por supuesto, implica al lenguaje que condiciona nuestra manera de ver el mundo y también, nuestra manera de comportarnos.
La violencia en el noviazgo no es un problema privado entre jóvenes es considerada como el primer eslabón de la violencia estructural que enfrentan las mujeres desde los primeros años de su vida. Y quizás quiero pensar, puede ser el embrión de la violencia social que padecemos en la sociedad actual.
Estudios señalan que entre 20% y 30% de las adolescentes presentan relaciones con algún nivel de violencia de pareja en el noviazgo no es un hecho aislado que, si no se detiene a tiempo, puede escalar hacia formas más graves de agresión feminicida.
Entre algunas de sus características que se dice, no siempre deja marcas visibles, pero sí emocionales. Especialistas y datos de instituciones como el INEGI advierten que este tipo de violencia va en aumento y, en muchos casos, permanece oculta por ese miedo, la supuesta normalización y por falta de información.
Estos estudios aportan porcentaje aproximado por cada tipo:
Violencia psicológica o emocional 70% – 76%, se manifiesta a través de celos excesivos, insultos, manipulación, humillaciones que disminuye la autoestima de la víctima.
Control y vigilancia digital 25% – 30%, cuando la pareja revisa el celular, pide contraseñas, controla redes sociales lo que afecta la seguridad personal y sus derechos individuales.
Violencia física 15% – 20%, asciende cuando aparecen empujones, bofetadas, golpes inicialmente en privado.
Violencia sexual 10% – 15%, cuando la joven se siente obligada a mantener relaciones sexuales o prácticas no deseadas.
¿POR QUÉ LAS JOVENES NO DENUNCIAN?
Las experiencias feministas argumentan que las jóvenes no denuncian porque no puedan, sino porque el entorno social, emocional e institucional está diseñado para que callen. Entre las causas que provocan este silencio se considera la combinación de factores personales, sociales e institucionales. No es falta de voluntad: es miedo y barreras culturales muy interiorizadas.
Asumen la normalización de la violencia, con la fantasía que los celos como muestra de amor. También puede asociarse a cierta experiencia acumulada en la familia, la valoración de tener una pareja, miedo a perderla y la falsa creencia que, el agresor con el tiempo “va a cambiar” Obvio, no se puede olvidar que también el miedo a la represalia, a ciertas agresiones más graves, y la persecución con peligro a la vida.
En el siglo XXI la violencia digital adquiere dimensiones omnipresentes como otro protagonista en los contextos juveniles y sociales, con la difusión de manera pública de fotos, mensajes por la trascendencia de las redes sociales en sus grupos juveniles o estudiantiles. Aparece un terror a la difusión de contenido íntimo, a un hackeo o sentirse vigilada en las redes.
Resulta alarmante que estas jóvenes y adolescentes, con acceso a la internet, demuestran desinformación acerca de las verdaderas tipos y modalidades de las violencias. No la identifican desde los primeros momentos, ignoran como denunciar ni a dónde acudir, lo que se agrava por la falta de confianza en las autoridades.
Estas causales permiten comprender que ese silencio de no denuncia, no es una acción individual sino resultado de la violencia estructural fundamentada por la desigualdad de género, cultura de la violencia y la flagrante impunidad.
La sociedad debe asumir su responsabilidad ante la violencia en el noviazgo, pasar de acciones aisladas con adolescentes y jóvenes para ejercer una política pública articulada, obligatoria y medible mediante la prevención, detección temprana y atención integral para prevenir la violencia con perspectiva de género y Derechos Humanos.
@Letra Clara
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