Autor: Miguel Angel Rojas Pizarro / Psicólogo Educacional, Profesor de Historia, Psicopedagogo
Cada enero, Chile repite el mismo ritual. Se publican los resultados de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), los medios difunden rankings de colegios, y el debate público se reactiva con idénticos argumentos: que la educación pública está en crisis, que los colegios privados “lo hacen mejor”, que el mérito explica los resultados. Sin embargo, año tras año, la evidencia confirma lo mismo: la brecha persiste, la segregación se mantiene y el sistema educativo reproduce con notable eficiencia las desigualdades sociales de origen.
El problema no es nuevo. Lo verdaderamente inquietante es que Chile sabe cuál es la causa, pero insiste en discutir los efectos. En términos filosóficos, esta reiteración infructuosa remite a lo que Albert Camus denominó lo absurdo: el choque entre el deseo humano de sentido y la obstinada irracionalidad del mundo.
La PAES no mide talento puro ni inteligencia abstracta. Evalúa, fundamentalmente, capital cultural acumulado: Dominio del lenguaje académico, familiaridad con formatos evaluativos, entrenamiento previo y estabilidad emocional. Estos factores no se adquieren de manera homogénea en la sociedad chilena. Por el contrario, están profundamente mediados por el nivel socioeconómico, el tipo de establecimiento educacional y el capital cultural, geográfico comunal, familiar y social.
Que 99 de los 100 mejores colegios del ranking PAES 2025 sean particulares pagados no demuestra que esos establecimientos enseñen mejor. Demuestra, más bien, que concentran estudiantes que ya vienen mejor preparados por la estructura social. Confundir resultados con mérito es una falacia que permite legitimar la desigualdad bajo un lenguaje aparentemente neutral y técnico.
Este fenómeno no es accidental. Desde las reformas educacionales de la década de 1980, Chile organizó su sistema escolar como un mercado educativo, basado en la competencia, la segregación y la selección. En ese contexto, la educación pública quedó a cargo de la tarea más compleja: Educar en condiciones de vulnerabilidad estructural, conteniendo desigualdades que el sistema económico produce y profundiza.
La narrativa meritocrática cumple aquí una función ideológica central. Como advirtió tempranamente Michael Young, quien acuñó el término meritocracia en clave satírica, una sociedad organizada exclusivamente en torno al mérito no elimina las clases sociales, sino que las moraliza. Quienes triunfan se sienten plenamente merecedores; quienes fracasan, responsables de su propio destino.
En el ámbito educativo, esta lógica tiene consecuencias devastadoras. El bajo rendimiento deja de ser un problema social y se transforma en una falla individual. La desigualdad estructural se traduce en vergüenza personal. Como plantea Michael Sandel, en una sociedad meritocrática los ganadores desarrollan arrogancia y los perdedores internalizan la humillación.
La PAES, en este marco, opera como un dispositivo de consagración simbólica: ordena, clasifica y jerarquiza trayectorias que ya estaban desigualmente condicionadas desde el inicio.
Camus describe la condena de empujar eternamente una roca cuesta arriba, solo para verla caer una y otra vez. El castigo no reside en el esfuerzo, sino en su inutilidad reiterada. La educación chilena parece atrapada en una lógica similar.
Cada año se exige más a profesores, estudiantes y escuelas públicas. Se introducen ajustes técnicos, nuevas pruebas, nuevos discursos. Pero la roca siempre vuelve a caer, porque la montaña la estructura social y educativa permanece intacta. Seguimos discutiendo rankings, sin cuestionar la segregación; debatimos resultados, sin intervenir el origen.
Lo absurdo no es que existan brechas. Lo absurdo es persistir durante décadas en debates políticos estériles, sabiendo que el problema no es pedagógico ni moral, sino estructural y estatal.
Romper el castigo de Sísifo exige un cambio de nivel. No se trata de empujar la roca con mayor esfuerzo, sino de terminar con la condena. Tratar la educación como un problema de Estado implica abandonar la lógica de mercado, reducir la segregación escolar, invertir decididamente en primera infancia y evaluar el sistema por su capacidad de generar igualdad real, no por rankings que celebran privilegios heredados.
Mientras Chile siga confundiendo mérito con punto de llegada y calidad con selección social, la PAES seguirá funcionando como un espejo cruel de la desigualdad. Y cada enero, como Sísifo, volveremos a empujar la misma piedra, sorprendidos por su inevitable caída. El verdadero absurdo no es el esfuerzo de quienes educan en condiciones adversas. El verdadero absurdo es que el Estado, con pleno conocimiento de causa, siga evitando cambiar la montaña.
Reconocer el carácter absurdo del debate educativo no implica resignación. En Albert Camus, la lucidez frente al absurdo es precisamente el punto de partida para una rebelión responsable. En educación, esa rebelión no pasa por negar la evidencia de la PAES, sino por dejar de usarla como coartada ideológica y comenzar a tratar el problema como lo que es: una tarea estructural del Estado.
En este escenario, Chile cuenta hoy con una ventana de oportunidad inédita, que no debiera ser desperdiciada por maximalismos ni refundacionalismos malentendidos.
Los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) no debieran limitarse a corregir las falencias de la municipalización. Su desafío histórico es mayor: convertirse en verdaderos dispositivos de justicia educativa territorial. Esto implica: pasar de una lógica de control administrativo a una de acompañamiento pedagógico profundo; invertir prioritariamente en primera infancia, trayectorias educativas continuas y apoyo socioemocional; evaluar el desempeño de los establecimientos por valor agregado y progreso, no solo por resultados finales en pruebas estandarizadas; fortalecer proyectos educativos públicos de excelencia sin selección social. Si los SLEP replican la lógica del mercado bajo administración estatal, la roca seguirá cayendo.
Chile no necesita más diagnósticos ni nuevas disputas estériles cada enero. Necesita una decisión política madura: dejar de administrar el absurdo y comenzar a desmontarlo. La PAES seguirá mostrando desigualdad mientras la educación siga organizada como mercado. Pero si el Estado asume su rol estructural, si los SLEP se consolidan como garantes de justicia educativa y si el profesorado recupera su voz pública, la condena de Sísifo puede, finalmente, llegar a su fin.
Finalmente, es necesario despejar una confusión recurrente en el debate educativo chileno: este no es, en lo sustantivo, un problema de falta de recursos. Existen escuelas y liceos públicos que han recibido durante años financiamiento significativo a través de subvención escolar, SEP, programas ministeriales y proyectos especiales, sin que ello se traduzca necesariamente en mejoras sostenidas de aprendizaje o reducción de brechas. El nudo crítico no está solo en cuánto se invierte, sino en cómo se concibe estratégicamente el uso del recurso. Sin una visión pedagógica clara, sin prioridades bien definidas, sin articulación entre inversión, proyecto educativo y trayectorias reales de los estudiantes, el financiamiento termina fragmentándose en acciones aisladas, de bajo impacto estructural. Invertir sin dirección no rompe la desigualdad: solo la administra. El desafío del Estado no es seguir inyectando recursos sin sentido estratégico, sino orientarlos deliberadamente hacia la justicia educativa, el fortalecimiento de capacidades pedagógicas y la construcción de proyectos públicos coherentes y sostenibles en el tiempo.
No se trata de negar la roca. Se trata, por primera vez en décadas, de atreverse a cambiar la montaña.
Referencias
- Camus, A. (2013). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza. (Obra original publicada en 1942).
- Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común? Barcelona: Debate.
- Young, M. (1958). The rise of the meritocracy. London: Thames & Hudson.
- Rosas, R., & Santa Cruz, C. (2013). Dime en qué colegio estudiaste y te diré qué CI tienes: Radiografía al desigual acceso al capital cognitivo en Chile. Santiago de Chile.
- (2025). Resultados Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES). Universidad de Chile.
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