La ambición del Tío Sam, Estados Unidos sobre Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa y miembro indirecto del paraguas de la OTAN, ha dejado de ser una excentricidad diplomática para convertirse en un factor de inestabilidad estratégica. Lo que comenzó como un gesto retórico de Donald Trump se ha transformado en una crisis de fondo que tensiona a la Alianza Atlántica, obliga a la Unión Europea a replantearse su autonomía defensiva y añade una capa de incertidumbre al conflicto en Ucrania.
En el corazón del problema yace una fractura política: ¿hasta qué punto los aliados europeos pueden seguir confiando en un socio transatlántico que coquetea con el expansionismo territorial? Para el almirante retirado Juan Rodríguez Garat, la situación es especialmente delicada porque impacta directamente en la guerra de Ucrania. “La defensa de Kiev depende de la cohesión aliada. Si esa solidaridad se resquebraja, Europa queda aún más expuesta”, advierte. El mensaje es claro: cualquier fisura interna en la OTAN beneficia indirectamente a Moscú.
La incertidumbre no sólo es militar, también es diplomática. Europa observa con inquietud cómo Washington introduce un nuevo frente de tensión mientras el conflicto ucraniano sigue sin una salida clara. Para Domènec Ruiz, investigador del CIDOB en Bruselas, el efecto es doble. Primero, se dispersa la atención estratégica: “Europa se ve obligada a gestionar simultáneamente dos crisis de alto riesgo”. Segundo, emerge un factor de presión política: “Trump podría utilizar su postura sobre Groenlandia como palanca para condicionar el apoyo estadounidense a Ucrania”.
En otras palabras, la defensa del territorio ártico podría convertirse en moneda de cambio geopolítica. Y es ahí donde surge la pregunta que recorre las cancillerías europeas desde la cumbre entre Trump y Putin en Alaska: ¿existió algún tipo de entendimiento tácito? ¿Un acuerdo no declarado donde Ucrania y Groenlandia entren en una lógica de intercambio?
Rodríguez Garat descarta esa posibilidad. “Un canje de ese calibre sería imposible de ocultar. Acabaría saliendo a la luz y dañaría gravemente la credibilidad de ambas potencias”. Sin embargo, reconoce que el Ártico estuvo sobre la mesa. Desde una perspectiva estratégica, el interés estadounidense no es caprichoso. El deshielo abre nuevas rutas comerciales y áreas de explotación de recursos. Mientras Rusia controla casi la mitad del círculo polar, Estados Unidos sólo cuenta con Alaska como ventana al norte. Groenlandia aparece entonces como una pieza clave en el tablero.
Pero comprender la lógica geoestratégica no equivale a legitimarla. “Entender no significa justificar”, recalca el almirante. “Nadie puede apropiarse de lo que no le pertenece”. El dilema europeo es profundo: ¿defender sin matices el orden internacional basado en reglas o aceptar una nueva realpolitik marcada por las ambiciones territoriales de las grandes potencias?
La crisis de Groenlandia no es solo un conflicto sobre soberanía. Es un síntoma de algo mayor: el debilitamiento del consenso occidental, el cuestionamiento del liderazgo estadounidense y el temor europeo a quedar atrapado entre intereses ajenos. Mientras tanto, Ucrania sigue en guerra, y cada gesto de división en Occidente se traduce en ventaja estratégica para Rusia.
¿Estamos ante el inicio de una OTAN fragmentada por intereses divergentes?
¿Puede Europa sostener su política exterior sin depender del vaivén político de Washington?
¿Se convertirá Groenlandia en el primer gran pulso territorial del siglo XXI entre aliados históricos?
¿Y qué precio real tendrá para Ucrania esta nueva partida geopolítica en el Ártico?
Las respuestas aún no existen. Pero el tablero ya está en movimiento.
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