BARCELONA/ESP.- Este domingo 31 de agosto, ha partido desde Barcelona la Flotilla Global Sumud, la mayor operación civil de ayuda humanitaria anunciada hasta la fecha: más de 20 embarcaciones y unos 500 tripulantes de 44 países, cargadas de alimentos, agua y medicinas rumbo a Gaza.
En la tripulación viajan el activista y político sudafricano Mandla Mandela, nieto de Nelson Mandela; la diputada portuguesa Mariana Mortágua; del mundo del cine y la cultura están la actriz Susan Sarandon y el actor Mark Ruffalo de Estados Unidos, el actor británico Liam Cunningham y el sueco Gustaf Skarsgård. También el dibujante Zerocalcare, el historiador Alessandro Barbero y la cantante Fiorella Mannoia. Desde España, artistas como Luis Tosar, Carolina Yuste, Carlos Bardem, Juan Diego Botto, Vicky Luengo y el periodista Jordi Évole han respaldado públicamente la campaña, a la que también se unieron personalidades de la música como Macaco, Lluís Llach, Clara Peya, Sama Abdulhadi, Tribade o Muerdo, que participaron en actos solidarios antes de la partida. Junto a este colectivo, la exalcaldesa de Barcelona, Ada Colau, encabeza uno de los barcos, y entre la juventud activista destaca Greta Thunberg, cuya voz ha sido clave para movilizar apoyos internacionales y visibilizar la dimensión global de esta acción civil frente a la pasividad de los gobiernos.
La alarmante inacción oficial e institucional
Mientras Gaza se desangra, las instituciones internacionales y los gobiernos que deberían velar por los derechos humanos permanecen paralizados, atrapados entre intereses geopolíticos, vetos diplomáticos y una alarmante indiferencia. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que ha reconocido oficialmente la existencia de hambruna en Gaza, en teoría dispone de mecanismos para intervenir: resoluciones vinculantes, despliegue de fuerzas de paz (cascos azules) y coordinación de ayuda humanitaria.
Sin embargo, su capacidad de acción se ve gravemente limitada por el poder de veto que ejerció uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad: Estados Unidos, bloqueando las resoluciones que exigían un alto el fuego. Por su parte, Rusia, China, Francia y Reino Unido, que también conforman este Consejo, en las últimas sesiones de junio de 2025 votaron a favor de la resolución aprobada por mayoría en la Asamblea General, la cual instaba al cese de hostilidades y al ingreso urgente de ayuda humanitaria. Aún así, no fue vinculante, es decir, no tuvo carácter obligatorio para los Estados, lo que anuló cualquier posibilidad de ejecución efectiva.
Esta falta de fuerza jurídica se debe a la omisión del Capítulo VII de la Carta de la ONU, uno de los instrumentos más potentes del derecho internacional. Dicho capítulo autoriza al Consejo de Seguridad a tomar medidas reales, incluido el uso de la fuerza, cuando hay una amenaza grave a la paz. No obstante, aunque de todas maneras Estados Unidos podría haber bloqueado la resolución por su derecho de veto, hacerlo habría sido más difícil de justificar. Vetar una acción legal y urgente deja en evidencia a quienes impiden que se actúe frente a un crimen de lesa humanidad como el de Gaza.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué no se incluyó el Capítulo VII en la resolución si quienes la redactaron son juristas y diplomáticos con profundo conocimiento del derecho internacional? ¿Fue una omisión estratégica, una concesión política o simplemente una renuncia anticipada ante el poder de veto?
Lo cierto es que la dimensión humanitaria del conflicto es devastadora. En 22 meses, más de 62.800 personas de nacionalidad palestina han muerto, de las cuales al menos el 83 % son civiles, incluyendo 18.430 infantes. Organizaciones como Save the Children alertan que 14.000 bebés están en riesgo inminente de morir de hambre. El bombardeo al Hospital Nasser el 25 de agosto mató a 20 personas, incluidos cinco periodistas, y ha sido condenado como crimen de guerra.
La vergüenza no reside solo en la violencia, sino en la indiferencia institucional que la permite. Mientras los Estados callan, la ciudadanía se organiza, denuncia y actúa dentro de sus limitaciones. Porque ante el genocidio, el silencio no es una opción.
Diplomacia en ruinas: cuando las alianzas callan y el genocidio avanza
La parálisis de la diplomacia internacional frente a la tragedia en Gaza no es fruto de la incompetencia, sino de una red de intereses geoestratégicos que blinda a Israel ante cualquier condena efectiva. Incluso países árabes como Egipto o Emiratos Árabes Unidos mantienen una neutralidad estratégica que refuerza el aislamiento diplomático de Gaza. Estados Unidos y Alemania, sus principales aliados, sostienen militar y financieramente al ejército israelí con miles de millones en ayuda y ventas de armamento. A pesar de las críticas públicas y algunas suspensiones puntuales de exportaciones, ningún país ha impuesto un embargo integral ni ha frenado de forma significativa el flujo de armas hacia Israel. El miedo a una escalada regional y la disuasión nuclear no reconocida de Israel consolidan su impunidad.
Lo más perturbador es que esta impunidad no se esconde: se exhibe. A diferencia de genocidios pasados, como Ruanda, Srebrenica o la Segunda Guerra Mundial, hoy el horror se transmite en directo. Las imágenes de infantes en estado crítico, hospitales bombardeados y barrios arrasados circulan por todos los medios globales en tiempo real, y aun así, la maquinaria internacional avanza con la misma lentitud crónica.
Solidaridad y llamado a la acción: cuando la esperanza navega y el odio amenaza
La Flotilla Sumud representa, en definitiva, un gesto modesto si se compara con la magnitud de intervención necesaria para frenar el genocidio en Gaza. Pero su valor simbólico es inmenso: es un clamor de solidaridad y amor al prójimo frente a la injusticia. Barcos cargados de alimentos, medicinas y dignidad que desafían el bloqueo y la indiferencia internacional, dejando al descubierto la hipocresía de quienes insisten en fórmulas diplomáticas vacías mientras miles de personas mueren.
Hoy es Palestina, pero mañana podría ser cualquier otro país, cualquier otra comunidad. La normalización de esta violencia extrema abre la puerta a que cualquier grupo social, por el simple hecho de sostener una identidad, creencia o forma de vida distinta a las personas que estén en el poder de turno, aunque no represente ninguna amenaza, pueda ser sometido a una persecución sistemática sin consecuencias. La impunidad con que se perpetúa esta matanza sienta un precedente peligroso: que el exterminio de civiles pueda ocurrir ante los ojos del mundo sin que nadie lo detenga. Esto queda en total evidencia con declaraciones como las de Santiago Abascal, líder del partido Vox, quien ha pedido públicamente el hundimiento de embarcaciones humanitarias como la de Open Arms, calificándolas de “barcos de negreros”. Aunque no se refirió directamente a la Flotilla Sumud, sus recientes declaraciones revelan el clima de hostilidad que enfrentan quienes se atreven a actuar desde la compasión.
Lo preocupante es que este tipo de discursos están encontrando apoyo en sectores de la sociedad que comparten una visión xenófoba, supremasista y belicista. Si se normaliza la idea de que rescatar vidas es una amenaza, y se celebran propuestas que violan derechos humanos, el odio se convierte en regla. Así, los gestos humanitarios pasan de ser actos de solidaridad a objetivos políticos.
No podemos mirar hacia otro lado. Cuando una parte de la familia humana sufre en vivo y en directo, tenemos el deber social de alzar la voz. La pregunta final es clara y urgente: si no lo hacemos ahora, ¿cuándo lo haremos?
por Bárbara Balbo
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