Por Miguel Ángel Rojas Pizarro / Profesor de Historia – Psicólogo Educacional – Psicopedagogo. / psmiguel.rojas@hotmail.com
Las vacaciones no son sólo un descanso del calendario escolar; son, sobre todo, una oportunidad para reencontrarnos con la familia o con nosotros mismos. La lectura ocupa un lugar privilegiado. Leer en vacaciones no responde a una exigencia académica, sino a una necesidad profunda: la de volver a narrarnos el mundo con calma, sin prisa y sin evaluaciones. En ese contexto, pocos libros resultan tan pertinentes para lectores adultos, niños y jóvenes como Miguel Strogoff, la inolvidable novela de aventuras de Jules Verne.
Publicada en 1876, Miguel Strogoff es, en apariencia, un relato épico clásico: un correo del zar debe atravesar la inmensa Rusia para cumplir una misión decisiva en medio de una rebelión que amenaza la unidad del imperio. Sin embargo, reducirla a una historia de acción sería injusto. Verne construye una novela donde la aventura funciona como soporte para valores universales: la lealtad, el coraje, la disciplina interior, el sacrificio y la fidelidad a la palabra dada. Valores que, en tiempos marcados por la inmediatez, la fragmentación y la sobreestimulación digital, resultan especialmente necesarios tanto para adultos como para niños.
Para el lector adulto, Miguel Strogoff ofrece mucho más que entretenimiento. La travesía del protagonista puede leerse como una metáfora de la resistencia ética. Strogoff no es un héroe grandilocuente ni un personaje extraordinario; es un hombre común enfrentado a circunstancias extremas, obligado a sostener su misión incluso cuando todo parece perdido. En ese sentido, la novela dialoga con nuestra experiencia contemporánea: la necesidad de perseverar, de mantener convicciones en contextos adversos y de avanzar aun cuando el camino se vuelve incierto. Leer esta obra en vacaciones permite, paradójicamente, detenerse a pensar en el sentido del deber, del compromiso y de la dignidad personal.
Para niños y jóvenes, en cambio, Miguel Strogoff funciona como una puerta de entrada privilegiada al mundo de los clásicos. Su estructura clara, su ritmo narrativo ágil y sus paisajes exóticos capturan la imaginación sin necesidad de artificios modernos. Existen además ediciones adaptadas que respetan el espíritu del texto original, facilitando la comprensión sin empobrecer la historia. A través de Strogoff, los lectores jóvenes descubren que la lectura puede ser una aventura tan intensa como cualquier serie o videojuego, pero con una diferencia esencial: aquí la imaginación trabaja activamente, construyendo mundos propios, personajes y emociones que no vienen prefabricados.
Un aspecto especialmente valioso de esta novela es su potencial como lectura compartida. Leer Miguel Strogoff en familia —padres, madres, hijos— abre espacios de conversación intergeneracional que hoy no siempre resultan fáciles de generar. La historia permite hablar de historia, geografía, ética, emociones y decisiones morales sin que el diálogo se sienta forzado. Preguntas como “¿qué habrías hecho tú en su lugar?” o “¿por qué siguió adelante a pesar de todo?” surgen de manera natural, y con ellas aparece la reflexión, el intercambio de miradas y el aprendizaje mutuo.
En un tiempo donde la lectura suele asociarse al rendimiento escolar, a la productividad o al cumplimiento de objetivos, las vacaciones nos recuerdan que leer también es un acto de placer. Miguel Strogoff no exige conocimientos previos ni interpretaciones complejas; se deja leer con gusto, con curiosidad y con asombro. Esa es una de sus grandes virtudes: demuestra que la buena literatura puede ser profunda sin ser inaccesible, formativa sin ser moralizante y entretenida sin ser superficial.
Cerrar esta recomendación implica subrayar una idea central: Miguel Strogoff no es una excepción, sino un excelente ejemplo de un tipo de lectura que hoy sigue siendo plenamente vigente. Las novelas clásicas de aventuras, lejos de ser textos “antiguos” o superados, continúan ofreciendo relatos sólidos, personajes memorables y conflictos humanos que dialogan con lectores de todas las edades. Leer clásicos en vacaciones no es un gesto nostálgico, sino una elección consciente por historias que resisten el paso del tiempo y que siguen formando imaginación, criterio y sensibilidad.
Como Miguel Strogoff, existen muchas otras obras que cumplen esta doble función: entretener y formar, acompañar tanto a adultos como a niños y jóvenes, y permitir lecturas compartidas. A modo de invitación final, aquí van cinco clásicos universales especialmente recomendables para el período de vacaciones: La isla del tesoro, una historia de piratas, mapas y traiciones que despierta el gusto por la aventura y el descubrimiento. Las aventuras de Tom Sawyer, donde el humor y la infancia se combinan con una mirada crítica y entrañable sobre crecer. Veinte mil leguas de viaje submarino, una obra que une ciencia, imaginación y reflexión ética bajo el mar. El llamado de la selva, un relato breve e intenso sobre supervivencia, instinto y adaptación.
Estas obras, como Miguel Strogoff, nos recuerdan que la buena literatura no caduca. En vacaciones, cuando el tiempo se expande y la mente se aquieta, los clásicos vuelven a ocupar su lugar natural: el de ser compañía, refugio y viaje compartido. Leerlos es, en definitiva, regalarse y regalar a otros una experiencia que permanece mucho más allá del verano.
“Quien no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido cinco mil”. Umberto Eco.
Histats.com © 2005-201