El año sabático como búsqueda de sentido y decisión vocacional en un mundo que cambia.
Cada año, tras la rendición de la PAES, miles de jóvenes enfrentan una pregunta que parece simple, pero que en realidad es profundamente compleja: ¿qué voy a estudiar? La presión social, familiar y económica empuja a responder rápido, como si postergar la decisión fuese sinónimo de fracaso o flojera. Sin embargo, en un mundo marcado por la aceleración tecnológica, la automatización y la inteligencia artificial, quizás la verdadera irresponsabilidad no sea detenerse un año, sino avanzar sin sentido hacia un futuro que ya está cambiando.
Tomarse un año sabático después de la PAES, cuando no existe claridad vocacional, sigue siendo visto con desconfianza. Se le asocia al atraso, a la pérdida de ritmo o al riesgo de “no volver a estudiar”. Pero esta mirada responde a una lógica antigua, propia de un mundo más estable, donde las profesiones se heredaban casi intactas y el futuro era relativamente predecible. Hoy ese mundo ya no existe.
Aquí resulta especialmente iluminador analizar el libro. En busca de sentido. Frankl, psiquiatra y sobreviviente de los campos de concentración, sostuvo que el motor fundamental del ser humano no es el éxito ni el placer, sino la búsqueda de sentido. Cuando ese sentido falta, aparece el vacío existencial: una vida funcional por fuera, pero vacía por dentro. Elegir una carrera sólo por puntaje, prestigio o presión externa puede llevar precisamente a ese escenario: trayectorias académicas aparentemente exitosas, pero profundamente desconectadas del propósito personal.
Desde esta perspectiva, un año sabático no es una huida, sino una pausa reflexiva necesaria. Es el espacio donde la pregunta correcta deja de ser “¿qué carrera da más dinero?” y pasa a ser “¿para qué quiero estudiar?, ¿qué problema humano quiero abordar con mi trabajo?”. Frankl fue claro: el sentido no se inventa, se descubre en la vida concreta, en la experiencia y en la responsabilidad asumida frente al mundo.
Ahora bien, esta afirmación exige una precisión fundamental: un año sabático sólo tiene valor si está estructurado. No es un año para permanecer acostado, levantarse al mediodía y dejar que el tiempo pase sin dirección. Un año vivido así no es búsqueda, es evasión. El año sabático, para cumplir su función formativa, debe tener plan, hábitos y exigencia personal.
Eso implica establecer rutinas claras: horarios, responsabilidades, metas mensuales. Implica trabajo, aunque no sea el trabajo de medio tiempo; el trabajo enseña límites, esfuerzo, trato con otros y valoración del tiempo. Implica también actividad física o deporte, no como adorno, sino como disciplina del cuerpo y la mente. El hábito del movimiento estructura la jornada, fortalece la voluntad y ordena la vida cotidiana. Sin hábitos, no hay reflexión profunda; solo deriva.
Este énfasis en el camino vivido dialoga de manera notable con El Alquimista. En la novela de Coelho, el protagonista, Santiago comprende que su tesoro no se encuentra solo al final del viaje, sino en todo lo que aprende mientras camina. Trabaja, se equivoca, pierde dinero, se adapta y persevera. Nada le llega por quedarse inmóvil. El mensaje es claro: no hay vocación sin recorrido, ni identidad sin esfuerzo sostenido.
Esto invita a replantear la idea de “perder un año”. Trabajar, asumir rutinas, hacer deporte, equivocarse y conocer realidades distintas aporta muchas veces más madurez vocacional que entrar apresuradamente a una carrera que luego se abandona. Descubrir lo que no se quiere, en un contexto de disciplina y acción, es parte central del aprendizaje.
Pero hay un elemento nuevo que vuelve esta reflexión aún más urgente: la inteligencia artificial. Pensar la vocación hoy sin proyectar el mundo a 10 o 15 años es una forma de negación. La IA no es una moda pasajera; es una transformación estructural del trabajo. Tareas administrativas repetitivas, análisis básicos, traducciones literales, diseño genérico, programación rutinaria e incluso ciertos modelos de docencia centrados solo en la transmisión de contenidos están siendo automatizados o profundamente redefinidos.
Esto no significa que las profesiones desaparezcan, sino que cambian. En este escenario, estudiar varios años una carrera sin diferenciar el aporte humano que se ofrecerá es un riesgo real. La pregunta vocacional ya no puede limitarse a “¿qué me gusta?”, sino que debe ampliarse a “¿qué valor humano aportaré que no pueda ser reemplazado por una máquina?”.
Aquí el año sabático cumple una función decisiva: permite observar el mundo real, no el folleto universitario. Ver qué trabajos resisten, cuáles se precarizan y dónde el factor humano sigue siendo central. Profesiones vinculadas a la salud mental, la educación crítica, el liderazgo ético, la creatividad profunda, la mediación y el trabajo con otros seres humanos tienden a fortalecerse, no porque ignoren la tecnología, sino porque la integran sin perder su núcleo humano.
Tomarse un año sabático, entonces, no es quedarse fuera del sistema, sino mirarlo con mayor lucidez. Es comprender que la PAES mide rendimientos, pero no mide sentido; que el éxito académico sin propósito es frágil; y que elegir carrera hoy exige más reflexión que nunca.
Quizás el mayor error educativo de nuestro tiempo sea empujar a los jóvenes a decidir rápido en un mundo que cambia aceleradamente. Detenerse un año con plan, hábitos, trabajo y movimiento no es atraso: es madurez. Como diría Frankl, quien tiene un “para qué” puede soportar casi cualquier “cómo”. Y como enseña El Alquimista, el camino solo se revela cuando uno se atreve a caminarlo, despierto y en acción.
En tiempos de incertidumbre, elegir con sentido no es un lujo. Es una necesidad.
Miguel Ángel Rojas Pizarro: Es columnista y escritor, Psicólogo educacional, profesor de Historia y Geografía. Psicopedagogo. Postítulo en Orientación Vocacional. Con estudios de doctorado en educación y magíster en educación. Académico universitario, coach educacional y supervisor técnico-pedagógico, reflexiona habitualmente sobre educación, vocación, sentido y transformaciones sociales en tiempos de incertidumbre, articulando experiencia profesional, mirada humanista y análisis del presente.
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