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Hace algunos días en Lima, circuló en las noticias, algo insólito e inquietante. Un joven cliente enfurecido atacó a golpes a dos barberos, porque no le agradó el corte de cabello que le habían realizado. No se limitó a reclamar. Golpeó a uno de los trabajadores y su furia arreció contra el segundo, utilizó un ventilador y un secador de cabello, provocó destrozos en el local y dejó a uno de los barberos con lesiones de consideración en el hospital.

La pregunta surge de inmediato: ¿qué puede llevar a una persona a reaccionar de manera tan desproporcionada por algo tan trivial?

No se trata de un caso aislado. Basta observar cualquier ciudad. Dos automovilistas rozan sus vehículos y en cuestión de segundos la discusión escala a insultos, amenazas o incluso agresiones físicas. Jaime pierde la paciencia en una fila. Robert enfrenta a un trabajador, porque el vuelo se retrasó. Situaciones pequeñas producen reacciones gigantescas.

El problema no parece estar en el corte de cabello ni en el roce de los automóviles. Como suele ocurrir, la causa profunda se encuentra en otro lugar.

Vivimos una época marcada por la ansiedad, la incertidumbre y la sobrecarga emocional. El cerebro humano no fue diseñado para procesar la cantidad de estímulos que recibe diariamente. Sin embargo, cada mañana abrimos los ojos y antes de levantarnos ya estamos revisando WhatsApp, Facebook, TikTok, Instagram, X o alguna de las nuevas aplicaciones que aparecen casi semanalmente.

Hubo un tiempo en que Quelo necesitaba resolver una duda y acudía a los tomos de la Enciclopedia Temática, la Enciclopedia ´Lo sé todo´ o al Diccionario Larrouse. La información llegaba lentamente. Había que buscarla, leerla y reflexionarla.

Hoy, Jonnyr despierta y en menos de diez minutos ha consumido más información que la que una persona promedio recibía en varios días hace apenas unas décadas. Noticias, videos, opiniones, rumores, publicidad, escándalos, recomendaciones, alertas y mensajes compiten simultáneamente por su atención.

La paradoja es sorprendente: nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, nunca había sido tan fácil estar desinformados.

Titi escucha a sus nietos hablar de ChatGPT, Gemini, Claude, DeepSeek o Perplexity. Apenas comienza a familiarizarse con una tecnología cuando ya aparece otra. Muchas personas sienten que el mundo corre delante de ellas. No porque carezcan de capacidad intelectual, sino porque la velocidad del cambio supera la capacidad humana de adaptación.

A ello se suma un problema aún más serio. Gran parte de la información que circula carece de filtros rigurosos. Antes, un libro pasaba por editores, correctores y especialistas. Hoy, cualquiera puede grabar un video de treinta segundos y presentarse como experto en medicina, economía, política o psicología.

Luchito abre una red social para distraerse unos minutos. Encuentra un supuesto especialista que afirma que el café es perjudicial para la salud. Minutos después otro asegura exactamente lo contrario. Más tarde, aparece un tercero que sostiene que ambos forman parte de una conspiración internacional. Después de media hora, Luchito termina más confundido que informado.

La lectura también ha cambiado. Leemos titulares, fragmentos, frases aisladas y comentarios breves. Escaneamos contenidos en lugar de profundizar en ellos. Sabemos muchas cosas superficialmente, pero comprendemos pocas con verdadera profundidad.

Las consecuencias se reflejan en nuestras conversaciones. Cada vez resulta más difícil escuchar argumentos distintos sin reaccionar emocionalmente. Víctor comparte una noticia convencido de que es cierta. Días después aparecen evidencias contundentes que demuestran que era falsa. Sin embargo, continúa defendiéndola. No necesariamente por mala fe. El cerebro humano tiende a aferrarse a las ideas que refuerzan sus creencias previas y rechaza aquello que las contradice.

Cambiar de opinión exige algo que escasea en estos tiempos: humildad intelectual.

La situación se agrava cuando observamos el escenario social. La mentira pública ya no parece generar el rechazo que producía antes. Los eufemismos sustituyen a las palabras directas. Un error grave se convierte en una simple "falta". Una falsedad evidente pasa a llamarse "otra narrativa". Los hechos se relativizan y las certezas se vuelven borrosas.

Todo ello genera una sensación permanente de inseguridad. Y la incertidumbre es uno de los mayores generadores de ansiedad que conoce el cerebro humano.

Quizá el hombre que golpeó a los barberos no reaccionó únicamente por un mal corte de cabello. Tal vez, llevaba consigo preocupaciones económicas, tensiones familiares, frustraciones laborales, miedos acumulados y una mente saturada por miles de estímulos que jamás encontró tiempo para procesar. Nada de ello justifica la violencia. Pero, sí ayuda a comprender el contexto en que vivimos.

La verdadera pregunta no es qué le ocurrió a aquel cliente enfurecido. La pregunta es qué nos está ocurriendo como sociedad.

Hemos aprendido a producir información a velocidades extraordinarias. Hemos creado tecnologías capaces de responder preguntas en segundos. Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta.

Pero, todavía no aprendemos algo mucho más importante: cómo convivir con semejante abundancia de información sin sacrificar nuestra serenidad, nuestra capacidad de reflexión y nuestra salud mental.

Quizá el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea acceder a más datos, sino recuperar la pausa. Porque una sociedad que recibe millones de mensajes cada día, pero que rara vez encuentra tiempo para pensar sobre ellos, corre el riesgo de saber cada vez más y entender cada vez menos.

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