PABLO BARATINI DESDE VALPARAÍSO CHILE
PABLO BARATINI DESDE VALPARAÍSO CHILE
Hace poco reflexioné sobre un par de palabras repetitivas en los planes educativos “experiencia significativa”, muchos se hacen bolas pensando no en lo que esto significa, más bien en lo que se puede hacer para que tenga significado. Meditando esto y con un poco de estrés por sacar adelante el trabajo de planear, recordé una experiencia significativa.
Era el Colima de 1986, no era la primera experiencia que tenía dentro de un aula, ya había pasado por ese trauma de iniciación años atrás. Como todo niño, los ojos se cierran aún más cuando es hora de levantarse para ir a la escuela, en mi caso no era la excepción, de forma automática me dolían las manos de tanto pensar que escribiría. Sólo de imaginarme que la maestra Bertha ya había regresado de su glorioso permiso, me provocaba una temblorina en las piernas y un vacío aún más grande en el estómago, pues no había poder humano que lograra entenderla, mucho menos controlarla.
Con ella aprendí que gritar, es el mejor método para que te escuchen, también aprendía que un reglazo de vez en cuando te hace recordar mejor, eran aprendizajes muy básicos que difícilmente podía poner en práctica, ya que nadie quería jugar a la escuelita, mejor jugar a la pelota soñando ser Maradona en el campo de juego, pero, las niñas no podíamos hacer eso, así que mejor jugábamos a las comiditas porque el dolor era menos y el significado era más. Recuerdo que recitaba el abecedario sin respirar y de un solo tirón, y contaba del 1 al 50 como todo un profesional ¿para qué me serviría? ¿quién sabe?, decían que en la tiendita cuando comprara sabría contar el cambio, pero jamás llevaba ni un quinto en el bolsillo, contar es para ricos pensé, así que le daba gusto a la maestra Bertha y a mis padres repitiendo como perica lo que había aprendido en la escuela.
Uno de esos tantos días que llegaba rayando en el horario de entrada (porque cabe mencionar que era de las últimas en llegar) intentaba aplacarme los cabellos y limpiarme el moco cuando noté algo, no había niños correteando como de costumbre, así que pensé ahora si que llegué verdaderamente tarde, ¿qué hago? Si me dirijo a mi salón es seguro que los gritos de la maestra Bertha se escucharan hasta la dirección, y que pena que grite, no por mí, sino porque cuando grita los ojos se le desorbitan de sus cuencas y es el terror, después hace una especie de viscos que era difícil aguantarse la risa sin hacerla gritar nuevamente y, que decir si tenía la lapicera cerca o el borrador, de seguro que volaba hasta aterrizar en alguna parte del cuerpo, suerte que los libros los cargaba en una bolsa y me los colgaba en la espalda, la reacción de todos al ver eso era darse la vuelta para truncar el trayecto del objeto con los libros, sí que era efectivo, puesse evitaban posibles lesiones. Yo no sé exactamente dónde fue formada la maestra, pero me daba la impresión que era discípula de algún pelotón que había participado en la revolución mexicana, y no lo digo por lo grande que se miraba, lo digo porque siempre hablaba de Don Francisco Villa y Don Emiliano Zapata, y eso sí que era interesante.
Volvamos al momento en que me di cuenta que no había niños jugueteando, con el corazón acelerado decidí acercarme al salón, de repente me acercaba un poco pero luego las piernas ya no respondían y me quedaba tiesa, inmóvil como zarigüeya, total, después de un rato de intentarlo el conserje acudió a mi ayuda, sabía qué me costaba trabajo llegar al salón así que me ayudó a llegar a él de forma muy rápida y, cuando estaba ahí parada en la puerta, mis ojos no daban crédito a lo que sucedía. Un grupo de hombres y mujeres habían domado a la maestra Bertha, ella me miró y sonrío de tal forma que no sabía si era una sonrisa sincera o amenazadora o un engaño, pues jamás se la había visto, después de esa enorme sonrisa, una palabra salió de lo que no creo que haya sido su voz verdadera -¡pásate mi niña!- las piernas no me respondía, y creo que todos observaban mi cara de asombro y horror al mismo tiempo, porque el grupo de adultos se hecho a reír, entré con los cabellos enmarañados y el moco a medio salir; mis ojos aún se abrieron más, cuando observé que a todos nos brindaron un bote de cartón que contenía leche sabor chocolate, y un pan dulce que se encontraba en un canasto en el centro del salón, fue el momento más feliz de mi año escolar, comprendí que todo este tiempo la maestra Bertha llegaba de mal humor porque no tomaba leche sabor chocolate y tampoco comía pan, la mayaría de nosotros ya estábamos acostumbrados, sabíamos controlar nuestro temperamento permaneciendo callados en nuestros asientos, sin ganas de correr, con la mirada perdida y sin deseos de preguntar nada, por eso el salón era tranquilo, la única que no sabía qué hacer con su hambre era la maestra.
Los tres días restantes abrí los ojos muy temprano esperando llegar a la escuela y encontrar nuevamente al grupo de hombres y mujeres que habían llevado la leche y el pan mágicos, pero como sucede en la mayoría de las historias, jamás regresaron, la maestra volvió a sus gritos habituales pero, nosotros, habíamos cambiado, conocíamos la fórmula, ya no agachábamos la cabeza mirando al mesabanco, ahora nos sentábamos erguidos asomándonos por la ventana, esperando que en una de esas llegara la leche sabor chocolate y el pan que cambiaría el mal humor de la maestra y, de paso, llenara nuestros estómagos.
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Comentarios
muy muy bueno!!!!
«CAMBIAMOS NOSOTROS»
Agradezco a Artemisa Lacoreta que con su narrativa nos haya recordado aquellos maravillosos días en que el IMPI nos hacía felices con sus DESAYUNOS ESCOLARES.