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La soledad silenciosa de los hombres / OPINIÓN

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Por Philippe Quesada Jassoud

No podemos dejar pasar el Dia del Padre, sin tener un pensamiento para estos padres que sufren día tras día de un mal de nuestra sociedad: la soledad. Pero de una soledad de la que se habla poco. No es la de quien vive aislado o carece de compañía. Es una soledad más profunda, más discreta y, quizás por ello, más dolorosa: la soledad que muchos hombres llevan dentro.

Desde muy jóvenes, a muchos se nos enseñó que ser hombre significaba ser fuerte, resistir, resolver problemas y proteger a los demás. Aprendimos a ocultar nuestras heridas, a guardar nuestros temores y a seguir adelante aun cuando el corazón estuviera cansado. Con el tiempo, nos convertimos en expertos en sostener a otros, en el trabajo, en la casa, en la familia… pero no necesariamente en pedir ayuda cuando la necesitábamos.

La paradoja es que muchos hombres están rodeados de personas y, sin embargo, se sienten solos. Son padres, esposos, hermanos, amigos o líderes. Escuchan, aconsejan y apoyan. Pero pocas veces encuentran un espacio donde puedan expresar libremente sus propias dudas, tristezas o preocupaciones. La verdadera soledad no consiste en estar sin gente alrededor, consiste en sentir que nadie conoce realmente lo que ocurre en nuestro interior.

Con los años, esta sensación puede hacerse más evidente. Los hijos construyen sus propios caminos, los amigos se vuelven menos frecuentes, los padres parten y las responsabilidades cambian. Entonces surge una pregunta difícil: ¿quién soy cuando ya no soy necesario para todos los demás?

Vivimos además en una época extraña. Estamos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, más solos. Tenemos cientos de contactos, pero pocas conversaciones profundas. Compartimos imágenes y opiniones, pero rara vez mostramos nuestras vulnerabilidades.

Sin embargo, reconocer esta realidad no es una muestra de debilidad. Al contrario, requiere valentía. La verdadera fortaleza no consiste en aparentar invulnerabilidad, sino en aceptar nuestra humanidad. Necesitamos amistad, afecto, escucha y fraternidad. Necesitamos recordar que no estamos llamados únicamente a sostener a los demás, sino también a dejarnos sostener cuando la vida pesa demasiado.

Quizás una de las grandes lecciones de la madurez sea comprender que el valor de un hombre no depende únicamente de lo que produce, construye o aporta, sino también de su capacidad de amar, de compartir y de crear vínculos sinceros.

Porque al final, más allá de los logros y las dificultades, lo que realmente nos salva de la soledad son los lazos humanos que construimos. Y en un mundo donde tantos hombres sufren en silencio, tender una mano, escuchar y acompañar puede convertirse en uno de los actos más profundos de fraternidad y de amor.

Quizás la mayor victoria de un ser humano no sea vencer la soledad, sino encontrar el valor de abrir su corazón para que otros puedan acompañar su camino.

Philippe Quesada Jassoud

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