Miguel Angel Rojas Pizarro / Psicólogo – Profesor de Historia – Psicopedagogo.
Vivimos una época fascinante y, al mismo tiempo, profundamente inquietante. La humanidad avanza a velocidades nunca antes vistas. Cada día aparecen nuevas herramientas de inteligencia artificial (IA) capaces de escribir textos, crear imágenes, traducir idiomas, diagnosticar enfermedades e incluso imitar conversaciones humanas con una precisión que hace apenas unos años parecía ciencia ficción.
Muchos observan este fenómeno con entusiasmo. Otros, con temor. Y probablemente ambos tengan algo de razón. La historia humana siempre ha estado marcada por grandes revoluciones tecnológicas que cambiaron nuestra manera de vivir, trabajar y comprender el mundo. La imprenta democratizó el conocimiento y permitió que las ideas viajaran más allá de las élites. La Revolución Industrial transformó la economía y modificó para siempre la relación entre el ser humano y el trabajo. Internet derribó fronteras y convirtió al planeta en una gigantesca red de información instantánea.
Ahora la inteligencia artificial parece inaugurar un nuevo capítulo de esa historia. Sin embargo, cuando observamos con atención el pasado, descubrimos que cada avance tecnológico ha traído también profundas tensiones humanas. La imprenta permitió educar pueblos enteros, pero igualmente difundió fanatismos y propaganda. La Revolución Industrial produjo riqueza y modernización, aunque también explotación laboral, desigualdad y deshumanización. Internet conectó al mundo, pero paradójicamente aumentó la sensación de soledad, ansiedad y fragmentación social. Y hoy, frente a la inteligencia artificial, vuelve a aparecer la misma pregunta que atraviesa silenciosamente toda la historia humana: ¿Qué ocurrirá con nuestra dignidad?
En este contexto, la reciente encíclica de León XIV aparece como una reflexión profundamente necesaria. Lejos de rechazar la tecnología o asumir posturas apocalípticas, el Papa propone una mirada humana, ética y espiritual sobre el tiempo que estamos viviendo. La encíclica recuerda algo esencial: la tecnología jamás puede transformarse en el centro absoluto de la vida humana.
Y esta advertencia no es menor. Porqué lentamente estamos entrando en una cultura donde el valor de las personas comienza a medirse por: productividad, eficiencia, rendimiento, rapidez, capacidad de adaptación o dominio tecnológico. Las plataformas digitales, los algoritmos y la lógica del mercado corren el riesgo de convertir a las personas en datos, consumidores o simples recursos productivos. El problema no es la inteligencia artificial en sí misma, sino la posibilidad de olvidar aquello que nos hace profundamente humanos.
La encíclica utiliza una imagen bíblica muy potente: la Torre de Babel. Allí, la humanidad busca alcanzar el cielo mediante el poder y la autosuficiencia, pero termina fragmentándose y perdiendo la capacidad de comprenderse mutuamente. El Papa advierte que hoy podríamos estar construyendo una nueva Babel tecnológica: una civilización obsesionada con el control, la eficiencia y el dominio, pero cada vez más vacía de sentido humano.
Esta inquietud sobre la inteligencia artificial no es nueva. Ya en 1968, el director Stanley Kubrick imaginó en la película 2001: A Space Odyssey una de las representaciones más inquietantes de la relación entre el ser humano y la tecnología. Allí aparece HAL 9000, una inteligencia artificial diseñada para asistir y proteger a la tripulación espacial. Sin embargo, en la medida en que HAL comienza a interpretar la realidad desde una lógica puramente racional y de autoconservación, termina desconectándose emocionalmente de la humanidad y convirtiéndose en una amenaza para los propios seres humanos que debía servir. La película no muestra solamente una máquina que falla. Muestra algo mucho más profundo: el riesgo de crear inteligencias extremadamente poderosas sin una conciencia ética, emocional o espiritual que las oriente. Kubrick parecía advertirnos, décadas antes del auge de la IA contemporánea, que el verdadero peligro tecnológico aparece cuando la inteligencia deja de estar acompañada por la sabiduría y la compasión humanas.
Vivimos además una curiosa paradoja. Nunca habíamos estado tan conectados digitalmente y, sin embargo, muchas veces nos sentimos más solos que nunca. Como advertía Zygmunt Bauman, habitamos una modernidad líquida donde las relaciones se vuelven frágiles, rápidas y desechables. El amor líquido, la amistad líquida y la identidad líquida terminan debilitando los vínculos humanos.
La IA puede imitar emociones, pero no sentirlas. Puede procesar millones de datos, pero no experimentar esperanza. Puede generar discursos sobre humanidad, pero no vivir el sufrimiento humano. Y quizás allí radica la gran diferencia entre inteligencia y sabiduría.
En Chile, esta discusión se vuelve aún más urgente. Nuestras escuelas y comunidades ya comienzan a vivir los efectos de esta transformación. Observamos estudiantes hiperconectados pero emocionalmente agotados; docentes sobrecargados por plataformas digitales y burocracia tecnológica; familias cada vez más absorbidas por pantallas y ritmos acelerados.
Por eso el gran desafío educativo del siglo XXI no consiste solamente en enseñar herramientas digitales o inteligencia artificial. El verdadero desafío será enseñar humanidad. Necesitamos escuelas capaces de formar personas con: pensamiento crítico, conciencia ética, empatía, capacidad de diálogo, sensibilidad social y sentido de comunidad. Porque el riesgo más grande no es que las máquinas piensen como humanos. El verdadero peligro es que los humanos terminemos pensando y viviendo como máquinas.
La encíclica de León XIV no es solamente un documento religioso. Es también una invitación cultural y filosófica a detenernos en medio de la velocidad del mundo contemporáneo para preguntarnos qué tipo de civilización estamos construyendo. Quizás todavía estamos a tiempo de elegir entre dos caminos: construir una nueva Babel tecnológica centrada en el poder y el control o reconstruir un nuevo Edén, humano basado en la dignidad, la solidaridad y el bien común.
Y en medio de esta revolución tecnológica que promete cambiarlo todo, quizás la pregunta más antigua sigue siendo la más importante: ¿Puede realmente el ser humano vivir sin Dios?